Pasaba el tiempo entre su casa y los establos, que seguía administrando con un rigor que era recibido con afabilidad. De todos era sabido que era un buen conocedor de su trabajo y un buen muchacho. A veces esa apática simpatía con que reaccionaban a su severidad sacaba a Mujzen de quicio. Cómo le habría gustado que una vez, sólo una vez, alguien lo hubiera temido. Hasta que cayó en la cuenta de que probablemente Shams sí le tenía miedo, y entonces regresó toda su pena.
Shams lo había abandonado, había atravesado toda Arabia para llegar a esa Jerusalén, o como quiera que se llamara aquella ciudad que él no era capaz de imaginar. A veces se quedaba de pie ante la puerta del aposento que, según le confió a regañadientes una criada de cabello rizado y unos ojos extrañamente claros a la que preguntó, había ocupado su mujer. Allí estaba su lecho. Las arrugas de aquella manta quizá fueran todavía las que había provocado su cuerpo.
Ella había estado allí, él estaba allí también, pero entre sus dos presencias el tiempo se extendía como un mar. Alargó entonces una mano con cautela para sentir si las sábanas retenían aún su calidez. Un disparate, bien lo sabía. La tela estaba fría, naturalmente. Sin embargo, olía a ella, había rozado su piel y había cubierto sus caderas.
Al mismo tiempo que la familiar imagen de su mujer llegó el recuerdo de su infidelidad. Dhiban le sonrió con burla desde el tejido. Mujzen se puso en pie de súbito y salió corriendo de allí. Recorrió pasillos y más pasillos a toda prisa y torció varias veces hasta que ya no supo dónde estaba. Al ver una puerta abierta tras la que relucía la luz del sol, la cruzó y se encontró de pronto en un jardín.
Las palmeras susurraban por encima de su cabeza, se oía el borboteo del agua y los silbidos de un hombre que trabajaba. Mujzen apartó con curiosidad las ramas de un arbusto de jazmín y se encontró ante un joven que no parecía haberse percatado de su presencia, pues estaba completamente absorto cavando un hoyo en la tierra. Su torso desnudo relucía de sudor y de sus largos rizos caían gotas cada vez que se volvía para echar la tierra a un montón.
– ¡Perdón!
El extraño, que no lo había visto entrar, dio media vuelta. Su rostro esbozó sentimientos contradictorios en silencio.
– Esperabas a otra persona -dijo Mujzen sin querer. No sabía por qué había dicho eso.
El otro se encogió de hombros y volvió a emplear la pala.
– Sólo soy el jardinero -dijo-. Yada -añadió, sucinto, al ver que Mujzen no tenía intención de irse.
– Yo soy Mujzen. -Se irguió un poco-. Responsable de los establos reales y consejero de la reina.
El jardinero asintió con vaguedad e hizo ademán de volver a su trabajo, pero entonces pareció cambiar de opinión y se detuvo. Se apoyó en el mango de la pala, se secó la frente sudada con el antebrazo y miró a Mujzen a los ojos.
– Entonces, ¿la conoces bien? -preguntó.
Mujzen creció medio palmo.
– Una vez le salvé la vida -anunció.
Yada ladeó un poco su cabeza de largos rizos.
– Bueno, fue hace tiempo, en el desierto -añadió Mujzen, tartamudeando.
El jardinero seguía mirándolo con detenimiento.
De nuevo intentó el muchacho demostrar su superioridad.
– Lo cierto es que -informó- debía sacrificarla a Afrit. En realidad eso fue lo que… -Enmudeció buscando las palabras adecuadas.
Entonces se sentó en el borde del estanque y se miró las rodillas.
– Ella me dejó sin diente -dijo en voz baja, y se señaló la boca con el dedo-. Y nunca me ha pedido perdón por ello.
Se estremeció al sentir las apaciguadoras palmadas de la mano de Yada en el hombro. «No te lo tomes a mal», parecía decir ese gesto. Mujzen sonrió con amargura.
– No es una mujer fácil -dijo el joven.
Mujzen alzó la mirada.
– ¿También a ti te ha…? -empezó a preguntar, pero dejó el interrogante a medio camino.
Yada sólo sonrió y se señaló a sí mismo.
Con curiosidad, Mujzen contempló en todo detalle el rostro que tenía delante; ese Yada era un hombre de gran apostura. Sacudió la cabeza, decepcionado.
– A ti no parece que te haya dejado heridas visibles. Tienes suerte.
– Suerte -repitió Yada, pensativo-. No sé, la verdad, yo…
Se vio interrumpido por un portazo. Una mujer seguida de dos criadas salió al jardín. Era escultóricamente hermosa, aunque se ayudaba quizá de demasiados cosméticos. Mujzen se percató de ello aun desde aquella distancia. Sus expresivos ojos, casi demasiado grandes, estaban perfilados por gruesas líneas de kohl, sus párpados relucían de un verde reptil. Las granadas de sus mejillas resplandecían a porfía con sus labios, y en sus orejas se balanceaban largos pendientes con esmeraldas que parecían incendiarse con los demás colores. Su ostentoso esplendor, con todo, no lograba cubrir la amargura de sus rasgos.
Yada se volvió bruscamente de espaldas en cuanto apareció la bella extraña. Cuando Mujzen se dirigió a él para preguntar quién era esa mujer, lo encontró del todo ocupado trasplantando esquejes en el surco que había cavado. Con ambas manos cogía la tierra húmeda, ensuciándose hasta los codos.
– Es su madre, Dhahab -dijo, respondiendo a la pregunta de Mujzen por encima del hombro.
– ¿La que nunca se deja ver?
A Mujzen se le despertó la curiosidad. Se levantó y fue hacia la fuente para ver mejor la terraza desde allí.
– Aquí sí se deja ver -fue la respuesta-. Desde que Simún no está, sale a menudo.
– Ah. -Mujzen se ocultó tras un arbusto de jazmín para contemplar la escena de allá arriba sin ser visto, pero entonces se dio cuenta de que había alguien más escondido. Silbó en voz baja y con malicia al darse cuenta de que era una muchacha-. Eh, Yada -exclamó-, tienes visita.
Yada se enderezó con sorpresa y miró por encima del hombro mientras la joven se veía obligada a salir de su escondite.
– Es Incienso -dijo en un tono poco romántico, y siguió trabajando.
Incienso se quitó una flor marchita de jazmín de su pelo rizado.
– Me escondía de ella -explicó, y alzó la barbilla con obstinación mientras con la mano señalaba a la terraza, donde las criadas preparaban un lecho de almohadones para Dhahab-. A cada momento me envía a hacer recados.
Mujzen alzó las manos en actitud defensiva.
– Por favor, por mí no tienes que justificarte.
Aquella muchacha tenía algo extraño. ¿Sería el contraste entre su piel oscura y esos ojos sorprendentemente claros? ¿O quizá su extrema delgadez? Toda ella parecía larga y ligera y, aunque no se la veía demacrada ni enjuta, era como uno de esos argénteos pedazos de madera blanqueados por el sol. Mujzen pensó en los extraños árboles silvestres de incienso que había visto en los altos valles. Sí, pensó que el nombre le sentaba bien.
– Incienso -dijo, a modo de saludo-. Tú eres su criada, ¿verdad? Marub me ha hablado de ti alguna vez.
Algo se encendió en la mirada de la joven al oír el nombre del guardián. Lo miró con nuevo interés.
– Será mejor que no pronuncies aquí su nombre -susurró, y su voz sonó burlona. Señaló a Yada con su pequeña barbilla algo puntiaguda-. Si no, le entrará miedo.
Mujzen pensó que seguramente se había equivocado en su sospecha romántica en cuanto al jardinero y la criada de Simún. Miró con sorpresa a Yada, que se sacudió la tierra de las manos y alcanzó entonces el siguiente plantón.
– Marub no peleará conmigo hasta que no tenga un arma en mis manos -dijo con ecuanimidad.
– Lo cual seguramente no sucederá nunca -siseó Incienso con malicia.
– ¿Para qué, si con una pala puedo vencerle? -replicó Yada con una sonrisa.
– ¡Un momento! -A Mujzen le caía simpático el jardinero, pero una ofensa a la fama guerrera de Marub no podía dejarse pasar como si nada.
Yada zanjó el tema con un gesto bienintencionado de la mano