– Marub es un hombre honorable -dijo.
Mujzen asintió en cuanto oyó esas palabras.
– Es el mejor guerrero de Saba-añadió-. Y Simún no podría tener a un hombre mejor a su lado.
El silencio que siguió a esas palabras cayó como un peso. Mujzen se espantó.
– Quiero decir que… Bueno -tartamudeó, y miró a Incienso de reojo. Carraspeó y siguió enseguida-: Siempre ha sido así, todos se enamoran de ella, incluso Tubba, en el fondo. Aunque… No os preocupéis, ella nunca ha tenido… De verdad… En eso es un poco difícil -siguió balbuciendo, y tuvo la sensación de estarse me tiendo en un buen lío-. Supongo que todo se debe a su mal, en fin, a ese… -Señaló hacia abajo y calló, agradecido de poder poner fin a su verborrea.
– Pie -terminó de decir Yada en su lugar y para gran sorpresa de Mujzen-. Pie, pie, pie. -Repitió la palabra con tal imperiosidad que el joven beduino se estremeció, y cada vez que lo decía clavaba la pala en la tierra con todas sus fuerzas.
– Hmmm-hizo Mujzen.
– ¿Jardinero? ¡Jardinero! -El grito, alto y claro, procedía de la terraza.
Mujzen, desconcertado aún por el arrebato de ira de Yada, vio cómo se erguía, respiraba hondo un par de veces y luego atravesaba el jardín con expresión hermética y subía los escalones. Una vez en la terraza, lo hicieron pasar al interior; la oscuridad de las puertas se lo tragó.
– ¡Bah! -La voz de Incienso parecía cargada de odio-. Parece que no a todo el mundo le molesta servirle.
Mujzen, sin salir de su asombro, seguía mirando al lugar por donde había desaparecido Yada. Si era cierto lo que pensaba, lo que creía… Pero se le confundían las ideas.
– A la señora no le gustaría.
– Pero, quiero decir… Que él… Me parece… -Mujzen se interrumpió y sacudió la cabeza. Yada la había llamado por su nombre, pensó entonces. No «señora», ni «reina», sino simplemente «Simún»-. Entonces… -empezó a decir, pero volvió a callar.
Incienso se le acercó tanto que él percibió el aroma a madera de sándalo de su piel. ¿O acaso crecía allí, en el jardín? Miró en derredor con inseguridad.
– ¿Te ha explicado Marub que encontramos una serpiente venenosa en su aposento?
Mujzen negó con la cabeza. No sabía nada de eso.
Incienso asintió con elocuencia.
– Entró desde el jardín. Hasta su lecho.
– ¿De verdad? -Mujzen rió con timidez. La mención de la serpiente le recordó los momentos más desagradables de su juventud-. Simún no les tiene miedo a las serpientes -dijo-. No te preocupes.
Incienso sonrió -¿había desprecio en esa sonrisa?- y retrocedió un paso. Mujzen respiró con alivio y quiso regresar a casa. Cuanto antes dejara atrás ese extraño jardín, mejor.
– Marub dice que te aprecia.
Ese último comentario de Incienso hizo que se volviera una vez más.
– Que eres un buen hombre, y leal a la señora. -Sonrió-. Como él mismo.
– Me esfuerzo. -Mujzen tragó, tenía la garganta seca.
Incienso asintió.
– Marub está desfigurado -siguió diciendo la muchacha, como para sí. Sus dedos hicieron un gesto que Mujzen conocía bien: un leve tamborileo con el dedo en el rabillo del ojo. La chica lo miró y alzó la barbilla con orgullo-. Pero hay mujeres a quienes eso no les importa.
Mujzen asintió y, como no tenía contestación para ese comentario, se volvió y echó a andar. Sólo al cabo de unos pasos empezó a comprender el doble sentido. ¿De veras estaba hablando de ella misma, o se refería… -el vello de los brazos se le erizó al pensarlo-… se referiría a Shams? Los celos se encendieron enseguida en sus entrañas, apretó el paso. Entonces se detuvo bruscamente. Recordó los ojos de Incienso, que tenían un brillo extraño, y pensó algo nuevo. A lo mejor lo que había querido decir era algo muy diferente a lo que él había entendido en un principio: ¿no podía haber hablado de ella misma y de hombres desfigurados… como él?
Estuvo a punto de dar media vuelta; con una rauda certeza supo que su delgada figura seguiría de pie en el camino, tras él. Entonces se oyó un fuerte ruido: una risa de mujer. Mujzen se estremeció como si hubiese recibido un golpe. No sabía decir de donde provenía, si de lo alto de la terraza o de Incienso, que seguía miran dolo. La carcajada volvió a sonar, fuerte y maligna.
– No es más que un ave nocturna -murmuró Mujzen, tembloroso-. El crepúsculo la ha despertado.
No se atrevió a volverse para mirar. Todo lo deprisa que pudo casi corriendo, salió del jardín.
CAPÍTULO 42
Simún miró con desconfianza la estrecha entrada de la garganta y se volvió en la silla hacia el guía nabateo que el príncipe Yata les había concedido tras largas negociaciones.
– ¿De verdad tenemos que pasar por aquí?
El hombre se llevó la mano al corazón e hizo una profunda reverencia.
– ¿Os he guiado mal alguna vez?
Simún resopló y se guardó la mala contestación que tenía en la punta de la lengua. Desde que se habían encontrado con los nabateos en Hedshra y se habían dejado guiar por ellos, habían recorrido extraños caminos, habían dado oscuros rodeos por el desierto a pesar de que la montaña era cada vez menos escarpada y parecía muy transitable. Descendían hacia la costa y luego se alejaban del mar para, tres días después, llegar a un lugar desde el que volvía a verse el agua y que casi se confundía con el primero. Realizaban marchas nocturnas sin motivo, pues a la mañana siguiente llegaban a oasis con pozos.
Más de una vez había comentado con Marub y con el jefe de la caravana que creía que la tribu intentaba ocultar sus propias rutas y los estaba haciendo dar vueltas innecesarias. En cierto momento se le acabó la paciencia y envió en secreto a un guerrero para corroborar sus sospechas. Sharar tenía que intentar regresar por el camino directo al pozo que habían dejado el día anterior y que Simún intuía simplemente al otro lado de unas colinas. El hombre no había regresado.
Era peligroso apartarse del buen camino, según le había explicado el guía con pesar, muy peligroso, por desgracia. Estaban los numerosos animales salvajes, el sol y las terribles moscas cuya picadura hacía que le salieran a uno pústulas en todas las extremidades hasta que caía muerto del camello. Ellos mismos podían verlo.
Simún lo miró con desconfianza. Habían perdido a tres de los suyos a causa de la enfermedad de las pústulas, eso tenía que admitirlo. Pero no a Sharar. Lo habría jurado por cualquier cosa. En su opinión, el guerrero yacía muerto en la arena con una lanza nabatea en la espalda. Ya podían jurar los guías todo lo que quisieran por Dai, Nuhai y Atarquruma.
También el sacerdote que viajaba con los sabeos hacía desconfiar a los nabateos, y con razón, pues su cometido era dejar constancia del transcurso del viaje en varas de madera.
– ¿Qué escribe ahí? -había preguntado el guía dando un paso en dirección al hombre, que estaba sentado, inclinado sobre la madera con el estilete.
– Escribe oraciones -había respondido Marub, y había dado a entender que también podía haber maldiciones entre ellas.
Simún esperaba que fueran lo bastante fuertes para protegerlos de todo lo que hubiera entre esas paredes de roca. Eran grises y amarillentas, estaban manchadas de un verde árido, y ascendían tan juntas que el camino que tenían por delante quedaba siempre oculto por las sombras. Irguió la cabeza para mirar algo más allá, pero la garganta doblaba al cabo de poco y no dejaba ver ninguno de sus secretos.
Marub, que cabalgaba junto a ella, le hizo una señal con la cabeza; Simún sabía que significaba que todos sus hombres tenían las armas en la mano. En caso de que cayeran repentinamente en una emboscada, venderían muy cara su vida. Intentó no pensar en los arqueros que podían aguardar escondidos en el interior de aquellas paredes. También ella se llevó la mano a la daga y se pegó al guía nabateo. En caso de ataque, él sería el primero en morir. Entonces respondió al gesto de Marub e hizo andar a su animal.