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– ¡Eaaa! -El grito recorrió la caravana, que, camello a camello, se puso en movimiento.

Las sombras los rodearon al cabo de pocos pasos, una frialdad que olía a polvo y que habría podido ser agradable si no hubiesen estado tan absolutamente tensos. Por encima de sus cabezas, en la luz del sol, de la que estaban excluidos, los pájaros volaban como flechas de un agujero de la roca a otro. Su aguda llamada era recogida y lanzada de nuevo por la piedra. Las cabezas de los sabeos miraban hacia arriba, inclinándose a izquierda y derecha, pero no se veía a ningún atacante ni amenaza alguna. Habían entrado en una tierra de maravillas.

En su interior, la garganta volvía a ensancharse y mostraba salientes de suaves contornos redondeados y paredes que, en la escasa luz del sol que entraba hasta allí, relucían con cálidos e increíbles tonos terrosos. Una pared brillaba como si fuera de leche y miel, otra de color ámbar, una tercera de un melancólico rosáceo como el vino claro.

– Ciudad rosada -murmuró Marub cuando pasaron junto a una escarpada pared con franjas de todos los tonos del rosa, y evitó la mirada de sorpresa de Simún-. Quiero decir que así llamarán alguna vez a esto los poetas.

Aquí y allá aparecía un saliente tallado por el hombre, la entrada ampliada a una gruta; sus formas cuadrangulares contrastaban con la suave arenisca y las ondas de los coloridos estratos que las recorrían.

– Qué lugar… -le susurró a Marub.

– Sí, creo que aquí traen a sus muertos -repuso él, y señaló a unos enormes cubos de roca que parecían esculpidos por el hombre, fachadas labradas que imitaban impresionantes columnas con unas losas desproporcionadas por techo, todo tallado en el bloque de roca.

Shams, cuya litera iba junto a ellos, se besó los pulgares asustada, haciendo un gesto para alejar el mal, como si temiera que aquél fuera a convertirse también en el lugar de su último descanso. Sin embargo, de los numerosos orificios y las entradas de las grutas, igual que antes, sólo salían volando pájaros con la suave luz de la tarde bajo las alas.

– Si este lugar fuera mío, no se lo dejaría a los muertos -dijo Simún, que seguía paseando la mirada por doquier-. Haría excavar toda una ciudad en la roca, sería una fortaleza.

Ya imaginaba las ostentosas y coloridas fachadas que nacerían de la piedra.

– Más arriba tienen un asentamiento, por lo que yo sé.

Apenas hubo dicho eso Marub, la estrechez de la garganta se abrió y dejó ver entre los colores de la roca un grupo de casas que ascendían en pequeños escalones hasta una altura en la que se veía un corte que les indicó que la ruta del incienso abandonaba allí el valle de los nabateos. En las cumbres que se alzaban a derecha e izquierda había atalayas labradas; vieron a hombres armados con lanzas de pie ante las entradas abiertas en la roca.

– Una aduana natural como ninguna otra -constató Marub, no sin envidia.

– ¿Eso quiere decir que pararemos aquí? -preguntó Shams.

Su guía ya había alzado un brazo.

– Eso quiere decir -confirmó Simún, y ordenó a su animal que se sentara.

Se dejó caer de la silla, rígida, y se estiró. Había contado con un ataque armado, así que aquello no era más que una pequeña catástrofe.

– Otra ronda de negociaciones -dijo con un suspiro, volvió los ojos hacia Marub y siguió la señal del guía hacia la más grande de las modestas casas que se apiñaban en aquellas paredes de roca-. Si no he vuelto antes del alba, cavadme una tumba en esa pared roja de ahí arriba. Me gusta. Rosada… -añadió, citando a su guardia, que le sonrió sin entusiasmo.

Simún sonrió también, le guiñó un ojo a Shams y echó a andar.

Unas horas más tarde ya no sonreía. Cansada y exhausta de las interminables negociaciones, apenas si logró reprimir un bostezo pertinaz. El incienso cargaba tanto el ambiente de la sala que casi no veía a los hombres que estaban acuclillados frente a ella en la calurosa penumbra. Querían tapar así la transpiración de muchas personas, pero lo dejaban a uno sin aliento. Todos tenían sudor en la frente; se jugaban mucho en esa conversación.

– De modo que venís del sur -había dicho su interlocutor para iniciar la ronda-. ¿De dónde del sur?

– Oh, de muy al sur. -Simún sonrió con timidez. El tono de su voz fue vago. Se inclinó hacia delante y miró al hombre a los ojos-. De una tierra custodiada por jinn. -Asintió con alivio al oír un murmullo y prosiguió-: Son tan grandes como dos hombres, tienen cuatro brazos y le arrancan la cabeza de un mordisco a todo el que se acerca a nuestras fronteras. Con los cráneos de los que ya han muerto construyen una muralla alrededor de nuestros bosques de incienso, que llamamos «osarios»: Hadramaut, blanco de huesos.

Esas declaraciones provocaron otro murmullo. Sólo el interlocutor que tenía enfrente permaneció sereno, un hombre tan viejo que Simún no se atrevía a suponerle una edad. Era un tío de Yata, eso había entendido ella, y su árbol genealógico se remontaba hasta alguien a quien los nabateos llamaban Ismael y a quien Simún no conocía. Sin embargo, parecía que se trataba de un antepasado común con el rey al que se había propuesto encontrar.

El anciano, que hasta entonces había estado allí sentado con indiferencia, dando sorbitos de vino, abrió su boca desdentada formando algo que podía ser una sonrisa o una amenaza, no había forma de saberlo. Sus ojos desaparecieron casi en su curtido rostro de ajadas arrugas. Era tan negro como un espíritu.

– Vaya, vaya -lo oyó jadear Simún antes de que le sobreviniera un ataque de tos-. ¿Y queréis ver al rey que manda sobre la flota de Tarsis?

Simún asintió y se inclinó.

– A Salomón, sí. ¿Queda muy lejos?

Su interlocutor meneó la cabeza.

– Salomón gobierna a Hiram de Tarsis -corroboró.

– ¿Queda muy lejos? -volvió a preguntar Simún con obstinación.

La respuesta fue una sonrisa desdentada.

– Ay, lejos, muy lejos al norte. También del gran rey dicen que es señor de los jinn.

Simún sonrió con desdén. Entonces sonó un «bu, bu, bu» por la ventana. Volvió la cabeza y vio una abubilla que se había posado a alisarse el plumaje en la rama espinosa de un arbusto que había delante de la casa. La rama se balanceó con fuerza bajo su peso. Simún iba a hablar de nuevo, pero se dio cuenta de que los nabateos se llevaban las manos unidas a la frente y mascullaban palabras de reverencia inclinados en dirección a la abertura de la ventana. Los miró con desconcierto.

También su interlocutor oraba. Al cabo, terminó sus rezos y alzó la cabeza.

– La abubilla -dijo, y señaló afuera con un dedo huesudo-. Es el pájaro del rey. Sus oídos, su mensajero. Tal vez te llama, escucha bien.

Simún palideció. No había olvidado lo que su abuelo Arik le explicara del día en que la recogió. Había tenido que repetirle la historia muchísimas veces a petición suya: la abubilla acababa de llamar, y entonces vio el viejo a su madre, que la dejó a ella, a Simún, en brazos del hombre. Como si el ave la hubiera anunciado.

Dio un trago de vino para ocultar su turbación. ¿Podía ser que verdaderamente hubiera llegado al final de su búsqueda secreta? ¿Había encontrado al fin a alguien que era como ella… y que la llamaba? Tensó los músculos. Ocultó su temblor interno y se prohibió cualquier pensamiento romántico, que en ese momento estaba de más. Era mejor considerar el asunto con sobriedad. «Debes cerrar un trato, muchacha -se reprendió con sorna-. Si tantas ganas tienes de formar parte de un cuento de jinn, aprovecha al menos la ocasión a tu favor.» Nada de eso enfrió su entusiasmo.

– Lo sé -dijo, no obstante, con arrogancia-, ese mensajero ya vino a verme al sur. Habló conmigo en la ventana de mi palacio y me pidió que viniera. -Simún intentó parecer severa-. De modo que el rey me aguarda -prosiguió en tono de amonestación-, y haríais bien en no retenerme más innecesariamente.