El viejo nabateo, pensativo, la miró. Entonces asintió y Simún creyó poder respirar tranquila.
– Cinco partes de cada cien -dijo el hombre.
Simún sacudió la cabeza con impaciencia.
– ¿Cuánto queda?
– Cinco partes de cada cien.
– No podéis ocultarnos el camino. -Señaló a la abubilla, cuyo penacho se mecía arriba y abajo-. El rey de los jinn me lo desvelará.
El viejo se besó el pulgar con temor y se inclinó ante ella como dándole la razón. Los demás hombres de su tribu mascullaron algo y se dieron pequeños codazos mientras señalaban a Simún y al ave, que desplegó su plumaje aseado.
– Cinco partes de cada cien -repitió el viejo-. Ahora y por toda la eternidad entre vosotros y nosotros.
Los jinn eran una cosa, y sólo un loco podía no tenerles miedo, pero los negocios eran otra cosa muy diferente.
Simún suspiró. No había querido comprometerse a una parte fija. En todas sus negociaciones había logrado evitarlo, más al sur siempre lo había conseguido. Sin embargo, no se perfilaba con claridad ninguna otra forma de salir del laberinto nabateo. Sopesó brevemente las ventajas y los inconvenientes de llegar a un acuerdo que duraría generaciones y generaciones y con el que se cubrirían las espaldas en el norte de Arabia. Inspiró hondo.
– Cinco partes de cada cien -concedió.
El viejo sonrió, alargó las dos manos hacia la de ella, le dio la vuelta y le posó un beso en el pulso. Simún sintió el arañazo de sus labios sobre la piel y forzó una sonrisa.
– Cinco días -dijo entonces el hombre.
– Pero si ya he dicho que… -empezó a decir Simún cuando sólo había oído el «cinco».
Tardó un momento en darse cuenta de que no había vuelto a repetir lo mismo.
– ¿Cinco días? -preguntó, por si acaso.
¿Tan cerca ya? ¿Era eso posible?
El hombre lo corroboró con su semblante resplandeciente. Después se puso en pie con una agilidad tal como Simún no habría creído posible en él. La puerta se abrió, la luz del sol iluminó la neblina de incienso del interior. Entró un hombre tirando de una cabra blanca que llevaba atada de un cordel para que sus señores dictaminaran si era lo bastante buena para dejar su vida en el altar de sacrificios y sellar, así, el acuerdo.
El anciano le palpó las ubres, le tiró del pelo, metió los dedos en las orejas del animal y en el morro, que las manos de su asistente mantenían abierto, antes de apretarla contra sus piernas y toquetearla con fuerza. Apoyándose en su bastón salió fuera, donde las hogueras ya se habían encendido y hacían centellear la luz vespertina que se posaba cálida sobre las rocas rojizas. Señaló con la vara al camino que llevaba al norte.
– No muy lejos -dijo-, y sin peligros. Es tierra de campesinos. -Escupió en el suelo. Después se volvió hacia ella y la miró con ojos brillantes-. Si quieres -dijo-, dentro de cinco días todos vosotros estaréis ante el gran mago.
CAPÍTULO 43
Simún recordó esas palabras cuando, pasados cinco días, tuvo ante sí las puertas de Jerusalén. Enseguida intentó convencerse de que no era más que otra ciudad como las que había conocido: rodeada de murallas, erigida sobre una colina y con vistas a verdes oasis. Sin embargo, esas murallas eran más altas, la colina más escarpada y los oasis, mayores de los que había visto al contemplar Marib por primera vez. ¡Sobre todo los oasis!
Simún no lograba abandonar la costumbre de llamar así a aquellas tierras de cultivo, aunque durante los últimos días había comprendido con claridad que ya no eran meras islas en el mar de arena, pues no parecían tener principio ni final. Un campo seguía al otro, un bosque al otro, colinas enteras cubiertas de árboles sin que pudiera verse dónde acababan. Sí había encontrado una línea entre el desierto y aquella vegetación, pero de pronto las dunas habían desaparecido y a su alrededor todo era verde.
Simún comprendió que aquel rey no conocía a Afrit ni a Athtar. La sequía y el calor no amenazaban su poder. «Debe de tener otros enemigos», pensó al contemplar las formidables murallas de la ciudad. Enemigos peligrosos, con armas, a los que sólo esos muros lograban contener. Había oído decir que Egipto y Asiria se disputaban esa tierra y, ahora que conocía su verde riqueza, comprendía por qué. Sin embargo, Egipto y Asiria no eran para ella más que nombres, ecos lejanos. Aquella ciudad la tenía delante, era sólida, se defendía desde hacía años en nombre de Salomón y de su dios. Y con éxito, además.
Los nabateos se lo habían confirmado: el rey dominaba la costa y la flota fenicia de Tarsis, que pertenecía al rey Hiram, quien acataba sus órdenes. No cabía duda de que era a Salomón a quien buscaba.
No, no tenía dudas. A pesar de que las palabras del viejo nabateo resonaban una y otra vez en su cabeza: «Si quieres.» ¿Acaso no lo había querido desde siempre? ¿No era la abubilla una señal? Se le aceleró el corazón al cruzar las puertas y ascender por las estrechas y empinadas callejuelas. Ancestrales y misteriosas le parecieron las fachadas de caliza amarillenta, tan diferente de la de su hogar, que brillaba blanca al sol. En Saba todo era desnudo y cegador; allí había matices y colores, los árboles inclinaban sus copas en medio de las calles, la vida parecía más colorida y rica, no tan humildemente oculta ante el sol, pero también más antigua, compuesta de numerosos sedimentos que se habían aposentado con calma, no como en Saba, donde cada generación volvía a arrebatar del suelo la supervivencia misma. En Saba todo parecía nuevo, incluso lo antiguo, oasis fugaces en el pasar del tiempo. En Jerusalén incluso lo nuevo parecía viejo, como si descansara sobre un secreto transmitido en un pasado gris.
«Tampoco Shams tiene aquí poder», pensó, y llevó la mirada hasta el punto más alto de la ciudad, donde el templo se alzaba a la luz del sol sobre su plataforma rectangular.
Salomón lo había hecho construir, decían, para guardar en él el arcón que contenía las tablas de la ley que un dios le había dado a su pueblo. Qué extraño que un dios no viviera en la tierra, en el agua, en un árbol, en una estrella o una piedra, sino en una palabra, en una frase. Sin embargo, ¿acaso no había nacido ella misma de una palabra, de una frase, de una historia? ¿De un cuento que había empezado a explicar su abuelo y que ella había seguido escribiendo? Sin querer oyó un susurro: «Eso era antes.»
La calle subía serpenteando y desembocaba en una rampa de piedra. Simún vio aparecer ante sí el arco doblemente amurallado de la puerta del templo. Lo único que veía eran altos muros que encerraban una gran mole, y esperó que un pueblo que veneraba leyes fuera un buen socio comercial.
Los habitantes de Jerusalén se quedaron boquiabiertos ante los extraños visitantes que avanzaban por sus calles como salidos de un cuento lejano. Ante el centenar de camellos que, engalanados con cintas de colores, caminaban cabeza con cola por sus estrechas calles entre el claro tintineo de cascabeles de plata, con paso oscilante, como seres de fábula. Con la cabeza golpeaban los toldos de las tiendas, sus pesados cuerpos rozaban las vasijas de barro de los puestos y sus blandos pies pisoteaban los restos de verduras del suelo de los mercados. Nadie quiso protestar por ello, todos los miraban embelesados. A ellos y a los hombres de largos rizos negros y ojos perfilados con kohl que se balanceaban con desenvoltura sobre sus sillas. A las fajas y las dagas, las mantas con dibujos de antílopes y las pieles de león. A los sacos que desprendían aromas a canela y clavo, mirra y bálsamo. Eran tantos que no se podían contar.
Algunos de los sacos debían de contener también oro, eso se oía decir, quizás aquellos que parecían tan repletos. Y esmeraldas más verdes que los ojos de Lilith, cofrecillos llenos de ellas en los que uno podía hundir las manos. Y ónice y ágatas, oscuras y brillantes como la mirada de los animales salvajes, como la mirada de esos hombres que venían del sur. El sur, esa palabra jamás había tenido un sonido tan misterioso y nostálgico.