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Allí estaba ella, los gritos se hicieron más fuertes: la reina del sur en persona, la mujer mágica. También sobre ella habían llegado ya rumores. Que el rey la había llamado con su abubilla y ella había acudido para probar su sabiduría y someterse a su dios. Sin embargo, ¿era concebible que aquella mujer inclinara alguna vez la cabeza? Con un escalofrío agradable la admiraban los jerosolimitanos mientras ella erguía la cabeza, orgullosa y sin cubrirse, sin pañuelos ni velos. La melena le caía a lado y lado de la cara recogida en sus habituales trenzas y llegaba hasta la silla, donde sus extremos sedosos se movían al ritmo del paso del camello.

– Como un telón sagrado -murmuró un hombre, que recibió un empujoncito de su vecino por la blasfemia.

Su boca era como un gajo de granada, jugosa y de un rojo reluciente, sus ojos grandes e inquietos, palomas negras, las cejas como alas que se alzaban con orgullo. Su rostro y sus manos eran morenos como los de un hombre, y se sentaba en la silla segura y derecha, balanceándose como un depredador, cuya agilidad poseía su cuerpo.

Con deleite imaginaron que aquella joya habría de acatar a su rey. Su vestimenta rozaría con un susurro el suelo de su palacio cuando caminara hacia él, el pelo le caería sobre las caderas y, cuando se inclinara, encerraría sus pies hasta que él la hiciera levantarse para darle su bendición. El alborozo brotaba en las calles al pensar en todo eso. Sí, aquella reina del lejano sur que de pronto estaba tan cerca les gustó. La dicha y el miedo se mezclaban con la expectación de ver a esa extranjera aceptar a su rey. Alguno que otro la abrazó con la imaginación y se vio sobrecogido por un profundo respeto ante su poder.

Aunque a los ciudadanos les pareciera que la caravana había aparecido de la nada, salida directamente de la seductora lejanía, la entrada de los sabeos había sido muy bien planificada. Casi tres días habían pasado en una arboleda que había cerca de un manantial mientras los emisarios iban de aquí para allá llevando los deseos de unos y otros y preparando el encuentro de ambos reyes. Salomón no quería llevarse ninguna sorpresa ante sus súbditos, y a Simún le pareció bien no entrar en la ciudad con incertidumbre. De modo que las condiciones fueron negociadas bajo los árboles por parte de representantes que establecieron la participación y las ganancias de cada cual y que finalmente proyectaron también la escenificación con la que todo ello sería comunicado al pueblo para agrado de éste.

Al final se decidió que la caravana, en contra de lo acostumbrado, no permaneciera acampada en la explanada habitual, fuera de la ciudad; debía ser conducida en toda su extensión por las calles para llevar sus mercancías, que en su totalidad serían declaradas obsequios para el gran rey, directamente al templo, donde serían consagradas en nombre de la alianza con el dios de los israelitas. Acamparían y descargarían ante los ojos de todos en el patio de los gentiles, que solía estar repleto de mercaderes.

Así fue que el primer animal asomó la cabeza por la sombra del arco de la puerta y pisó la explanada del templo, inundada de sol. Recorrieron el lado sur de la construcción, que se erigía toda ella sobre un podio al cual se subía por grandes escalones. Tras la fachada estructurada en medias columnas de los muros exteriores, Simún entrevió la construcción alargada del templo en sí, que volvía a estar más elevado y cuyos coloridos frisos refulgían al sol. El oro relucía en sus muros y en las fachadas de mármol a las que, sin embargo, no llegaría.

Después de haber pasado junto a la puerta de la Leña, la puerta del Primogénito y la puerta del Agua, en el costado del templo, llegaron a la entrada oriental. Unos pequeños muretes delimitaban la zona permitida a quienes no eran judíos, y los sabeos condujeron a los camellos hasta allí para hacerlos descansar. A sus espaldas se abría la alta puerta de doble batiente del templo, que permitía ver el primer patio interior con su suelo de colores, desde el que una escalinata semicircular llevaba a la segunda puerta, que se abría al verdadero templo. Era el patio de las mujeres, y la cuestión de si Simún llegaría a pisarlo o no había sido uno de los puntos más duramente peleados del protocolo.

Salomón había decidido que era indispensable que la reina de Saba adoptara su religión. Como judía, tendría permitida la entrada al patio de las mujeres. Eso, precisamente, era algo que Simún había rechazado con insistencia. Ella era Shams, la mujer solar que todos los años aseguraba la perpetuación de su pueblo. Sus hombres no esperaban de ella otra cosa y nada haría cambiar eso. La reina, pues, no entró en el patio, pero hizo correr el rumor de que así era a causa de la humildad que sentía ante ese dios que todavía le era extraño.

A cambio, había cedido en todos los demás puntos. No podía decir que no lo hubiera esperado. Sólo su propia reacción la había sorprendido, a sí misma tanto como a los suyos. Sin embargo, si era sincera, debía admitir que su respuesta estaba ya decidida desde lo sucedido en el asentamiento nabateo de Petra.

Simún pidió enérgicamente a todos y cada uno de sus acompañantes que respetaran los límites del recinto. Por entre las blancas columnatas de mármol que rodeaban el patio los observaban los cambistas y los tratantes de ganado que vendían sus bueyes, ovejas y aves para los sacrificios del templo. Las palomas aleteaban nerviosas en pequeñas jaulas de madera, las ovejas atadas con cuerdas soltaban lastimeros balidos, contagiadas por el barullo generalizado que había provocado la llegada de aquella masa de oscuros guerreros extranjeros, cuya visión hizo que los vendedores y sus clientes sintieran escalofríos por la espalda. Por primera vez se oía el bramido de un camello en la colina del templo de Jerusalén. Por primerísima vez se veía allí tal cantidad de riquezas. Las resinas olorosas que descargaban valían un dineral, los expertos comerciantes lo vieron enseguida. El círculo de curiosos cada vez se apretaba más. Simún tuvo que ordenar a los mozos que tranquilizaran a los camellos, y los sacerdotes del templo y sus asistentes salieron entonces despacio, abriéndose paso entre la muchedumbre, para transportar un saco tras otro de los lomos de los camellos al interior del templo.

Simún dejó hacer su trabajo a los sacerdotes y envió a Marub para que se encargara de atestiguar qué era de las mercancías entregadas. Ella curioseó con tranquilidad y sin atender a las explicaciones del guía que le había sido asignado. Su fuero interno temblaba de impaciencia. No deseaba ver el templo ni al dios, sino al hombre. El señor de los jinn, al que había esperado desde la infancia, se le aparecería al fin y la acogería en un mundo del que ella misma procedía.

CAPÍTULO 44

El teatro del Rey

– Mira qué techos -oyó que susurraba Shams tras ella mientras atravesaban las salas del palacio de Salomón.

Su amiga tenía la cabeza vuelta hacia arriba y, maravillada y boquiabierta, admiraba los artesonados de madera maciza que pendían por encima de ellos, recargados, pesados y oscuros. Variaban de sala en sala, ora decorados con tallas, ora con taraceas, ora con dorados, haciendo ostentación de una riqueza que a los sabeos les era ajena.

– Sí que tienen árboles aquí-murmuró Marub.

– Y qué vasijas. Mira qué ornamentos. Esas mujercillas parecen de verdad. ¿Eso es plata?

– Chsss -logró decir Simún, que temblaba de emoción y apenas si soportaba la charla banal de sus acompañantes.

Entonces se abrió ante ellos el portón de madera de cedro y vieron la sala del trono de Salomón. También el solio era de madera oscura, interrumpida por superficies de mármoles y pórfidos relucientes. Simún pensó en el blanco aposento enjalbegado con una balaustrada que daba al jardín en el que ella recibía al consejo. Solían sentarse en un banco de piedra colmado de almohadones que se extendía a lo largo de la pared semicircular. El lugar de la reina estaba en el centro, marcado por una hornacina con dibujos de racimos de uva y cabezas de toro. Y la piel de león echada sobre su asiento.