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Salomón se sentaba por encima de todo lo demás, estaba tan alto que Simún tuvo que mirar hacia arriba al acercarse. Su solio quedaba oculto por una cortina, de modo que todavía no veía a su persona. A derecha e izquierda de ella formaban un pasillo sendas hileras de niños con recipientes de bronce que emanaban perfumados aromas en las manos. Dos leones de bronce de tamaño natural tendidos al pie del trono despedían sahumerios por sus fauces. Tras los niños había guerreros armados con lanzas, y detrás de éstos se apretaban los asistentes que más asombraron a Simún: mujeres, mujeres enjoyadísimas y con unas coronas de grandes lirios en la cabeza que hacían que se parecieran unas a otras. Soltaban risillas, se empujaban y miraban con curiosidad a los extraños huéspedes. Se oía una música que procedía de algún lugar y un coro invisible llenaba el aire con sus voces.

– ¿Alguna vez habíais visto a tantas mujeres juntas? -preguntó Marub.

Parecía tan turbado que Simún no pudo reprimir una sonrisa.

– Ni siquiera en los baños -respondió ella-. ¿Serán todas suyas?

Lo dijo a modo de chanza, pero aun así sintió un ligero malestar.

La música cesó, habían llegado al pie del trono, entre los leones. La cortina azul y dorada se descorrió ante ellos y allí, sentado, apareció Salomón, rey de reyes.

«Qué viejo es», pensó Simún, pues fue para ella una conmoción. El rostro del rey casi parecía esculpido, tenía arrugas pronunciadas y unos ojos hundidos que daban la impresión de haberlo visto ya todo. No mostró ninguna emoción mientras la miraba. Simún no pudo por menos de recordar las historias que le habían explicado de él. Que había hecho matar sin dudarlo a parientes de su propia sangre para asegurarse el trono. Que, no obstante, también era un juez sabio e incluso un poeta que plasmaba sus sentencias con el estilete. Simún, tensa, contempló su rostro llena de esperanza y pudo imaginar las dos cosas, tanto lo bueno como lo malo, llevadas a cabo en ambos casos con resolución por un espíritu orgulloso que estaba muy seguro de sí mismo. Ella había estado dispuesta a aceptar ambas cosas. Lo primero en lo que pensó mientras sus esperanzas se hundían, no obstante, fue en una tumba. Aquel hombre parecía irradiar una frialdad material.

Alguien le dio un leve empujón; Simún recordó con trabajo los acuerdos a los que habían llegado y realizó una profunda reverencia. Los presentes suspiraron en toda la sala.

– ¿Reconoces tu trono?

A Simún le costó interpretar lo que decía aquella voz. Demasiadas imágenes le daban vueltas en la cabeza, jinn y dragones y criaturas mágicas con los que había tenido trato en su imaginación desde niña, ideas románticas de la grandeza con las que había soñado y que en ese momento luchaban con la conmoción que le había supuesto la visión que ofrecía ese rey. Lo rodeaba una gran pompa, Simún estaba impresionada. Igual que un viejo lagarto con escamas de oro y ojos de ónice, insondable, capaz de todo. Demasiado desconcertada para sentir decepción, demasiado enredada en sus ilusiones para ver con claridad y apresada por cierto temor, alzó lentamente la cabeza y dirigió la mirada al objeto por el que le habían preguntado.

La butaca, naturalmente. Los negociadores le habían preguntado por su trono, algo que para ellos parecía ser muy importante, y, tras haber visto el de Salomón, Simún supo por qué. Había recordado entonces con bochorno el montón de almohadones cubiertos de pieles y había decidido fantasear y describirles a los emisarios un sillón con acabados de marfil y recubierto de oro, con garras de león en las patas y cabezas de toro en los brazos. Pestañeó un momento: allí lo tenía, frente a sí.

Los artesanos de Salomón habían realizado el trabajo en un tiempo brevísimo.

– Lo he hecho aparecer aquí desde tu lejano reino -informó Salomón entre los suspiros de admiración de sus súbditos.

Su voz era cansada; no, apática. Como si ya no tuviera la capacidad de quedarse perplejo ante nada desde hacía tiempo.

Simún asintió con obediencia y se sentó en el suntuoso trono, que descansaba sobre una tarima de la altura de medio hombre, por debajo del de Salomón. Así, inmóviles, observaron uno junto al otro la procesión de criados que exhibían sobre bandejas de plata una selección de los «obsequios» que la reina del sur había traído consigo para gloria de Salomón y de ella misma. Había oro, también marfil, canela y casia, bálsamo e incienso, mirra y clavo, esmeraldas y ágatas. El murmullo de admiración de la sala que acompañaba a la pequeña procesión no disminuía.

– La reina del sur no ha venido sólo para traer ofrendas -anunció un vocero-. También desea poner a prueba la sabiduría de nuestro señor.

Simún oyó la voz del pregonero y la respuesta de Salomón, y entonces dejó sus consideraciones íntimas para concentrarse en su papel. También esa parte del programa había sido acordada, Simún le había dictado sus preguntas a un escriba israelita. Eran acertijos como los que abundaban en su tierra para pasar el rato durante las largas tardes, como los que los Cuentacuentos planteaban en el mercado y los prohombres en los baños. Las muchachas de la tribu solían divertirse con ellos durante las largas y calurosas horas del mediodía. Hamyim y su hermana habían sido siempre las que llevaban la voz cantante. Como severas juezas determinaban qué respuestas se daban por válidas y cuáles no. Con qué furtivo placer les planteaban siempre los acertijos más novedosos… Y cómo se enfadaban cuando Simún, casi siempre antes de que hubieran terminado de recitarlos, se encogía de hombros y proclamaba la respuesta.

– Eso no vale -había replicado al final un día Mahdab, y le había quitado el turno de palabra.

Ella se había tumbado de espaldas, mascando una brizna de hierba, y había fastidiado a las demás con su sonrisa de listilla.

Oh, sí, Simún tenía un riquísimo acervo de esas preguntas y estaba encantada con la perspectiva de poder ser el centro de atención. Tenía curiosidad por ver si encontraría en Salomón a un buen rival. Había imaginado una conversación animada, un duelo en el que las respuestas se lanzarían como proyectiles, raudas e hirientes, aunque la verdadera diversión no residiría en lo que se decía, sino en descubrir a tientas a un alma gemela y luchar en silencio contra el arrobamiento del atractivo contrario.

Sin embargo, sonrió con cierta amargura al recordar las negociaciones en las que los consejeros de Salomón habían exigido conocer con antelación todos los acertijos. También le habían dictado otras preguntas que, según afirmaban los emisarios, el rey deseaba que le plantease. Simún había hecho que se las declamaran y las había aprendido de memoria, entusiasmada por el momento en que recibiría las respuestas, que le permitirían comprenderlas. Hasta ese momento había esperado encontrar en ellas un significado oculto incluso para ella misma. Sin embargo, Salomón y ella seguían sentados de manera que no podían mirarse a los ojos y empezaron a declamar como actores ante el pueblo que los escuchaba. Simún comprendió en ese momento que el teatro se representaba únicamente para ese público. Ella no era más que una comparsa, el duelo sólo era un ritual, ¿sería el hombre que tenía tras ella verdaderamente el hombre esperado? Un vacío sin fondo se abrió en su interior mientras se preparaba para hacer sus preguntas.

– El Señor me inspirará sabiduría, conocimiento y razón. -La voz de Salomón sonó entonces más viva que antes. Fuerte y clara resonó en la sala.