Sin embargo, no le hablaba a ella.
– Decidme, pues -empezó a decir Simún sin emoción alguna-. Siete fuera y nueve dentro, dos mezclan y uno bebe. ¿Qué es?
El respondió presto tras ella:
– Siete fuera, eso son los días del flujo. Nueve dentro… Nueve meses dura la preñez. Dos pechos de la mujer mezclan la leche, y el que bebe es el recién nacido.
Por algún motivo, Simún se sintió desnuda al recibir la respuesta. Era como si Salomón la hubiera desvestido y exhibiera sus interioridades. ¿Acaso existía un grado de significado más profundo que aquel en el que bregaban? A punto estuvo de volver la cabeza hacia él, pero se dominó, se aclaró un momento la voz y pronunció la siguiente pregunta:
– ¿Qué es? Mientras vive, se mueve y, cuando le cortan la cabeza, también se mueve.
Él respondió:
– Es el mascarón de una embarcación en el agua.
– ¿Quién bebe desde abajo? -dijo, presentándole el siguiente acertijo sin dejarlo descansar.
Era uno antiguo, se lo había enseñado su abuelo, sentados junto al fuego esperando a que el té estuviera listo. ¿Cómo era que se había acordado de él, después de tanto tiempo?
Creyó sentir que Salomón sonreía antes de responder y, así, casi establecía un lazo entre ambos.
– Es la mecha de una vela.
Simún preguntó con más vivacidad:
– ¿Cuál es la casa que tiene diez puertas, de las que sólo una está abierta, aunque cuando las demás se abren, la primera se cierra?
Y él contestó:
– Es la persona, que tiene diez entradas: los ojos, las orejas, los orificios de la nariz, la boca, las salidas de sus tripas y el ombligo. En el vientre materno sólo el ombligo está abierto. En cuanto el niño nace, no obstante, se abren todas las demás entradas y la del ombligo se cierra.
Simún dio una palmada para que se acercaran dos figuras cubiertas con velos. En la sala creció la expectación, y la reina sintió también tras de sí una presencia nerviosa. Contuvo una sonrisa de satisfacción. Naturalmente, esa pregunta no estaba incluida en el protocolo. Sin embargo, al menos a ésa debía responder el rey por sus propios medios. A ésa y también a la otra, la principal, la no pronunciada: «¿Eres tú al que siempre he buscado?»
– Decidme, oh, rey -empezó a decir, y entonces se volvió hacia él y lo miró al fin a los ojos, contenta de poder moverse y tomar la iniciativa-. Decidme: ¿quién es el hombre y quién la mujer? -Señaló a los dos objetos de la prueba y los miró entonces con mayor detenimiento.
Lo que vio la tranquilizó. Los velos eran tan gruesos que ella misma, a esa distancia, no habría podido decidir mientras no se movieran. De nuevo se dirigió a Salomón llena de expectación. También el rey mostraba entusiasmo.
Se inclinó hacia delante, apoyó el codo en una rodilla y estudió las dos figuras largo rato. «He despertado su interés -pensó Simún-. Le entretengo, ha comprendido el reto.» El corazón empezó a acelerársele un tanto.
Salomón se acarició la barba aceitada, después sonrió e hizo una señal con la cabeza. Una criada desconcertada se acercó enseguida con una bandeja de nueces tostadas y pastelitos de miel y los ofreció, vacilante, a los personajes velados. Simún lo observaba todo con suspense. La primera figura alcanzó la fuente y se sirvió en abundancia. Se le vio la muñeca desnuda. La segunda aceptó el ofrecimiento con humildad y cuidó de mantener sus manos ocultas. Salomón la señaló:
– Esa es la mujer -afirmó con seguridad-. Y ése es el hombre. -Con evidente satisfacción en la voz volvió a reclinarse en el respaldo.
Simún sintió que le lanzaba una mirada triunfal.
Las dos figuras se quitaron los velos, mostraron sus resplandecientes rostros ocultos, que estaban cubiertos de sudor, y se inclinaron en profundas reverencias.
Shams miró a Marub como preguntándole algo.
– Está visto que las mujeres de aquí se cubren más -susurró éste, respondiendo a la pregunta no formulada.
– Yo lo habría reconocido a él porque estaba con las piernas más separadas -dijo ella, también en voz baja.
Marub sonrió.
– Y yo por el vello de los dedos de esos pies tan grandes. -Bostezó.
Shams le dio un codazo.
– ¿Qué hará Simún ahora?
Simún había abierto la boca, pero no logró pronunciar la siguiente pregunta de su rico acervo. A un gesto apenas perceptible de Salomón empezó a sonar la música que acompañó la salida de las silenciosas figuras y, cuando cesó, el vocero tomó la palabra.
– La reina del sur desea también que el gran Salomón le hable de su dios.
Todos los ojos se volvieron hacia Simún, que seguía sentada en su sillón, muy erguida y sin mover un músculo. Luchó largo rato consigo misma mientras el silencio se condensaba en la sala. Pensó en negarse. «Cobarde», gritó una voz. «Sé razonable -le aconsejó otra-, recuerda el protocolo.» Al fin, tras unos momentos dolorosamente largos, su voz volvió a oírse:
– ¿Quién es el que no ha nacido pero tampoco ha muerto? -pronunció Simún con esmero.
– Es el Señor del mundo -fue la pronta respuesta.
– ¿Y quién nació y no murió? -Su voz sonaba algo molesta.
– Eliyyahu y el Mesías.
De esta forma siguieron aún un rato. Nombres que Simún no conocía siguieron a más nombres, explicaciones tras explicaciones que no le decían nada. Por último calló, había llegado al final de su lista. Había terminado. Miró embriagada en derredor, imbuida aún de sentimientos contradictorios. Entonces llegaron las esclavas para asearla, tal como exigían las normas de la hospitalidad. El viajero que venía de lejos podía pedir que le limpiaran el polvo de las sandalias en los salones del anfitrión. Sería una grata pausa para recobrar aliento.
Cuando las dos hermosas muchachas se acercaron a ella con un barreño de agua en el que flotaban flores de azahar, Simún extendió sus manos con una sonrisa afable, dispuesta a hundirlas en el agua perfumada. Con decepción comprobó entonces que las dos se arrodillaban ante ella, una con el barreño entre los muslos y la otra extendiendo unos paños suaves con las manos, lista para secarle el pie una vez humedecido. Como Simún no se movía, la primera se enderezó con las manos ya extendidas para quitarle la sandalia. La reina se inclinó un poco hacia delante con los pies escondidos bajo el asiento. Toda su postura denotaba tensión, lo cual molestó a los espectadores. Sus manos aferraban con furia las plateadas cabezas de toro. Simún buscó con los ojos a Marub, que la miraba, inexpresivo y tan impotente como Shams, que se había apoyado en él. Al contrario que ésta, el hombre se esforzaba por ocultar su espanto. Simún vio que su amiga se llevaba el puño a la boca y lo mordía. Todavía no sabía qué debía hacer. Sin embargo, cuando sintió los dedos de la esclava en sus tobillos intentando desatar las correas de sus sandalias, instintivamente dio una patada.
La joven cayó hacia atrás con un grito, resbaló hasta dos escalones más abajo y golpeó el barreño, que se balanceó peligrosamente. El agua se movió en círculos, acercándose al borde. A Simún le dio la sensación de que toda la sala contenía la respiración mientras miraba el recipiente, que giraba sobre sí mismo haciendo ruido y que poco a poco se asentaba de nuevo. De pronto el rey se puso en pie. Moviéndose con más rapidez de la que Simún habría esperado, se acercó a ella, se arrodilló y quiso descalzarla. La reina se quedó tan inmovilizada por el pánico como la pequeña esclava que, arrodillada junto a Salomón, le tendía el paño con manos temblorosas, abrumada a todas luces por la cercanía del gobernante y lo insólito de su acción.
Antes de que Simún pudiera ofrecer resistencia, Salomón le había desatado las sandalias y le limpiaba los pies. Ella bajó la mirada para que la sala no pudiera leer nada en ellos. Entonces vio que en los rizos de Salomón aún apuntaba el negro por entre las canas. Qué sucio. La piel de su cuero cabelludo lucía rosada por entre los mechones trenzados y aceitados, llena de manchas de la edad. Arrugada y pálida desaparecía la piel bajo el tejido de su cuello. Era tal y como le había parecido en un primer momento. La emoción del duelo había logrado ocultarlo por poco tiempo. Era un anciano.