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Lo oyó jadear al ver su tara. «Lo mismo da -pensó aún-, no tiene ninguna trascendencia.» Entonces sintió la presión de sus dedos, que se cerraron sobre su pie deforme con tanta fuerza que casi le hizo daño. Dos veces intentó zafarse disimuladamente de sus manos, pero no lo consiguió. Inflexibles y trémulos de avidez, los dedos de Salomón palpaban su deformidad. Simún se contagió de su temblor; el miedo y la repulsión le subieron por la pierna y la sacudieron con tal fuerza que tuvo que sostenerse con ambas manos en los brazos del trono. El hechizo no se rompió hasta que, aunando todas sus fuerzas, carraspeó.

– Mi rey… -logró susurrar.

La acústica de la sala llevó sus palabras hasta las filas de los espectadores, que las aplaudieron y las contestaron con gritos de júbilo. Por fin la soltó Salomón. Simún, que seguía con la mirada gacha, no oyó más que el frufrú de su vestimenta cuando pasó junto a ella para regresar a su trono.

La joven esclava nerviosa le sonrió y se retiró con su paño cuando Simún hizo que no con la cabeza, casi imperceptiblemente, y volvió a calzarse las sandalias. Bajó los escalones caminando hacia atrás y, con numerosas reverencias, desapareció entre la muchedumbre que aplaudía.

La gente estaba contenta. Su rey había demostrado ser verdaderamente grande. Había confirmado la belleza y el amor de sus referentes, los poderes eternos, que eran aún más fuertes que los tronos. Con un pequeño gesto había creado una historia que sería cantada. Definitivamente, aquel encuentro era algo más que un acuerdo. ¡Qué fútil el incienso, qué nimio el hecho de que Salomón fuera a disfrutar pronto de todo el cuerpo de la reina frente a eso gesto de romanticismo!

Simún vio a Shams derramar lágrimas de alivio en el hombro de Marub, que fruncía el ceño. Esta vez fue ella quien lo miró imperturbable.

Se levantó y, con el resto de la corte, descendió en una reverencia. La mano de Salomón la levantó. Junto a él bajó los escalones del trono, recorrió el pasillo formado por la servidumbre y salió de la sala. Mirando por encima del hombro, vio que Marub y Shams se hacían cada vez más pequeños entre todas aquellas personas.

Unas puertas se abrían, otras se cerraban, unos pasillos desembocaban en otros, las manos de los sirvientes los invitaban a pasar. Simún dejó que todo se sucediera sin esfuerzo ante sus ojos cansados. Se esforzó por no pensar en el hombre que caminaba en silencio junto a ella. «Lo he logrado -se dijo-He llegado al destino de mi viaje. He visto al rey de los jinn. He cerrado mi pacto.» Algo rió en su interior con fuertes y burlonas carcajadas. «Así pues, ¿esto era? ¿Era esto lo que yo quería?»

Mientras cruzaban una serie de salones separados entre sí por celosías de madera, Simún comprendió claramente que se acercaban al ala de las mujeres. Las celosías tenían cortinajes, pero casi todos estaban descorridos y dejaban ver con comodidad el interior de estancias llenas de almohadones y lechos, patios interiores con estanques y bandadas de sirvientas. Algunas mujeres se acercaban a las celosías y los seguían con la mirada.

A Simún le recordaron a jaulas de pájaros, pero todo aquello ya no le importaba lo más mínimo. Estaba allí para cumplir el último punto del protocolo, eso era todo. Era absurdo seguir pensando en las esperanzas que había puesto en ese viaje. Una puerta de doble batiente se abrió ante ellos para dejarlos pasar. Era una sala pequeña, íntima, con un amplio lecho y el aire preñado de incontables aromas.

Oyó que los pasos del séquito quedaban atrás, sintió la presencia de una sola persona tras de sí y se volvió resuelta hacia él. Aquél no era Shamr, fuera no la esperaba su padre y en el cinto no ocultaba ninguna daga. Sin embargo, todavía no se había conformado con la situación. Diría algo, haría algo, como había hecho siempre en su vida. Nunca había aceptado nada como irrevocable. Todavía no había sucedido.

– Yo… -empezó a decir.

Sin embargo, sólo encontró la mirada indiferente de un criado que tiraba con ambas manos de los batientes de la puerta para cerrarlos con un sonoro golpe. El ruido resonó funesto en los oídos de Simún, que dio un raudo paso hacia la puerta y la sacudió; la habían encerrado. Cayó presa del pánico, y de la furia después. ¡Era una trampa! Salomón no había cumplido su acuerdo. Se volvió hacia la estancia en busca de algo que estrellar contra la pared, y entonces se detuvo, pues allí había todo un grupo de mujeres que la miraban, algunas temerosas, otras con animosidad, la mayoría con una curiosidad desmedida.

– ¿Qué ocurre? -bramó Simún-. ¿Qué miráis así?

Sus ojos buscaron alguna herramienta con la que poder hacer saltar el cerrojo, pero no encontró nada. Encendida de ira, golpeteó con los puños contra la madera. La puerta se volvió a abrir entonces sin dificultad. Shams apareció frente a ella.

La muchacha dio un grito de sobresalto al ver a Simún abalanzársele así.

– ¿Qué te sucede? -preguntó al percibir su exaltación.

– Nos ha traicionado -jadeó Simún-. Tengo que volver con los hombres, él… -Quiso dejarla atrás.

– No, no. -Shams intentó sostenerla de los brazos para que la escuchara-. Vengo de donde está Marub, todo va bien, ¿me oyes? -Zarandeó un poco a Simún antes de soltarla.

Con voz calmada respondió a todas sus preguntas y aplacó sus miedos. No, nadie la estaba atacando. No había ninguna emboscada, las tropas seguían acampadas en paz en la explanada del templo. Les habían dado de comer. Su libertad de movimientos no había sido coartada.

Simún, desconcertada, se apartó el pelo de la frente.

– Sí, pero… -empezó a decir, y señaló hacia la puerta, que había vuelto a cerrarse.

Shams puso una sonrisa de superioridad.

– Pero, cielo, él sólo quiere asegurarse de que el hijo sea suyo.

CAPÍTULO 45

El Pacto

Simún se sonrojó de súbito. De repente cobró nuevamente consciencia de su público y se volvió hacia ellas con las mejillas ruborizadas. Sin embargo, a ninguna de las mujeres parecía resultarle especialmente embarazoso lo que acababan de oír.

Simún fue reparando en que muchas tenían niños colgados de las faldas, apretados contra sus piernas o asomándose desde detrás de sus velos. Una niñita con unos enormes ojos negros jugaba con los tintineantes brazaletes de su madre y la miraba de reojo de vez en cuando.

Una de las mujeres dio un paso al frente, muy erguida.

– Soy Tefnut, hija del faraón de Egipto -explicó con el tono de quien no quiere dejar duda alguna de que allí rigen sus reglas.

Simún la contempló con moderado interés. De manera que aquélla era la hija del hombre que le había enviado la esfinge. ¿Se parecería a su padre? Levantó ambas manos a la defensiva.

– No te preocupes -dijo con cierto desprecio-, no voy a ocupar tu lugar. Me iré en cuanto… -Enmudeció sin querer.

Tefnut sacudió la cabeza.

– No es cosa nuestra decidir aquí nada -repuso con mucha dignidad-. Somos todas propiedad del señor. -Bajó la mirada con sumiso pudor. Después, no obstante, fulminó a Simún con sus ojos-. Pero cuidado con usurpar mi rincón, y soy la primera en bañarme por las mañanas. También decido qué interpreta el cantor y…

Tefnut contuvo bruscamente la respiración cuando Simún se le acercó hasta quedar pegada a ella.

– Podría arrancarte los ojos -le dijo, y movió los dedos mostrando las uñas- si quisiera. -Calló un momento y sonrió amenazadoramente-. Pero tus privilegios no me interesan. Shams. -Le hizo una señal a su amiga y, seguida por el grupo de mujeres a una distancia respetuosa, se dispuso a curiosear por su nuevo alojamiento tal como un general inspecciona el campo de batalla.