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La puerta por la que habían entrado seguía cerrada con llave, pero a lado y lado de la sala había sendos cortinajes que separaban una serie de habitaciones a las que sí se podía acceder. Algunas tenían artísticos frentes de celosía de madera tallada que daban al pasillo que Simún había recorrido poco antes. Las jaulas de pájaros, supo entonces, formaban parte de un gran complejo que por lo visto sólo estaba habitado por mujeres y que se distribuía alrededor de una serie de patios interiores. Por lo visto, Salomón dejaba muy a sabiendas que ellas mismas se rigieran y llegaran a sus arreglos; solo la salida al exterior estaba estrictamente regulada.

Simún encontró una estancia aceptable que daba al exterior. Quedaba bastante lejos de los patios más solicitados y sus refrescantes estanques, pero le gustó porque tenía una ventana desde la que se veían las alas occidentales del complejo del palacio. Por encima de almenas y piedras veía al menos un pedazo de cielo. Bajo él, entre los edificios y la muralla de la fortificación, se veía incluso un jardín desde el que, con el frescor de la tarde, subía hasta ella el dulce aroma del jazmín.

Unas sirvientas le proporcionaron agua, vino y panes. También le llevaron mantas, y un arcón que parecía lleno de vestidos y que Simún no tocó siquiera. Generosamente permitió a las mujeres que se apretaban con curiosidad en la entrada abrirlo y admirar su contenido, lo cual hicieron con entusiasmo. De allí sacaron túnicas que fueron pasándose de mano en mano. Discutieron sobre colores, comprobaron con ojo crítico la calidad de los bordados y comentaron la delicadeza de los tejidos. Variedad, calidad y cantidad, todo ello era indicio de la grandeza del favor real que había suscitado ese obsequio de bienvenida. Simún contemplaba su actividad con tediosa diversión. Vio que la hija del faraón no se tenía en mucho para arrebatarle de las manos una vaporosa túnica verde Nilo a una compañera y echársela sobre el pecho antes de ir en busca de un espejo. Un vestido color púrpura con pequeños discos de oro cosidos, que tintineaban y resonaban y causaron furor, dejó a Simún completamente fría. Qué le importaban los vestidos. Se había asegurado el favor del rey gracias a cincuenta sacos llenos de resinas olorosas que en ese momento se encontraban en los almacenes del templo y la seductora perspectiva de recibir un año tras otro la visita de una caravana de Saba llena de riquezas semejantes, además de una parte de las ventas realizadas en el Mar Grande. Para el mundo, Jerusalén sería la puerta hacia los aromas de Arabia. Era una oferta que no podía pagarse con vestidos.

Le regaló un pañuelo de anchas bandas blancas y doradas a la chiquilla de ojos grandes, que ladeó la cabeza, juguetona. Después dejó a Tefnut desconcertada dedicándole un dadivoso gesto cuando ésta iba a devolver al arcón el vestido verde Nilo.

– De todas formas a ti no te habría sentado bien -le susurró a Shams, que suspiró con cierto desaliento al ver que la feliz hija del faraón aferraba el vestido contra sí y desaparecía con él.

Al instante se vio que su generosidad había valido la pena.

Tefnut envió a una criada para invitar formalmente a Simún a visitarla. No tardó en formarse un gran corro de mujeres que charlaban y reían juntas en el patio interior mientras mecían a pequeños en el regazo, amamantaban a niños de pecho, cosían prendas, jugaban con los gatos que corrían por allí y escuchaban los relatos de las Cuentacuentos. Tefnut había olvidado gran parte de sus reparos y hablaba con soltura de su tierra. La pregunta de Simún de si se parecía a su padre no fue capaz de responderla. La última vez que viera al faraón era una niña de cuatro años. Le habían permitido verlo durante una de sus visitas a la casa de las mujeres, y sólo recordaba una gran figura imprecisa con corona.

– Tiene tantas esposas que les ha construido una casa aparte -explicó con su voz estridente-. La mayoría son obsequios de vecinos sometidos, o llegan como sello de un tratado de paz. No las ha escogido él, y tampoco las tiene cerca de sí. La casa de las mujeres ni siquiera está en la misma ciudad que su palacio.

– ¿Es que no cohabita con ellas? -preguntó una exuberante morena con ojos de pesados párpados que se ganó por ello una mirada de desprecio de Tefnut.

– Ésa es Naama -le susurró alguien a Simún-, no es más que una amonita, pero una vez gustó mucho a Salomón. La recibió dos veces.

Simún asintió con vaguedad.

– A veces, cuando le son entregadas -repuso Tefnut-. Pero una vez llegan a la casa de las mujeres, normalmente nunca más. Son tantas que, si todas ellas tuvieran hijos, habría demasiados pretendientes al trono. Alguien podría servirse de los derechos de los niños para pretender sus propias ambiciones de poder, y eso no sería bueno. -Asintió, denotando sabiduría, y se detuvo a escoger un higo que partió con las puntas de los dedos-. Naturalmente, de todas formas siempre hay intrigas en danza -explicó después de haber sorbido la pulpa del fruto-. Los primogénitos, sobre todo, suelen vivir poco. Algunas mujeres se alían con algún dignatario ambicioso y son condenadas cuando todo se descubre. -Se encogió de hombros-. Pero la mayoría tienen una vida completamente anodina.

– ¿Qué hacen, entonces, todo el santo día? -preguntó Simún, que no era capaz de imaginar la desolación de esa existencia.

– Tejen -respondió Tefnut, y arrugó las cejas. La expresión de su rostro daba claramente a entender que ella misma se veía como alguien que había ascendido de categoría, aunque el recuerdo parecía perseguirla aún-. Tejemos -repitió en voz baja-. El faraón desea que su colmena de mujeres, todas las cuales comen y beben y gastan, produzca. Desea que se costeen su sustento. De modo que todas estábamos ocupadas como abejas, tejiendo todo el día.

Las demás, prorrumpiendo en fuertes graznidos, se compadecieron de Tefnut, que no parecía muy segura de si debía disfrutar de su compasión o sentirse herida en su orgullo. Qué espantoso, comentaban las mujeres, tener que trabajar. Sobre todo, además, sin la compañía de un hombre durante sus mejores años.

Simún las escuchaba con educación, pero no acababa de comprender en qué se diferenciaba su existencia en aquel lugar, que a ella no le parecía menos horrible, con su ociosidad y sus constantes celos por quién sería la siguiente a la que Salomón concedería su favor, de aquel otro de Egipto. Ella, comoquiera que fuese, habría preferido tener algo que hacer a pasar el día sentada sin cometido alguno, como hacían todas. El que hubiera intentado ofrecerle un telar, pensó con rabia, habría acabado estrangulado por la urdimbre.

Ninguna quiso creerla cuando, a la pregunta de cómo era su hogar, contestó que ella era la soberana.

– ¿Quieres decir en nombre de tu hijo? -preguntó una.

Simún negó con la cabeza.

– ¿Y quién toma las decisiones?

– Pues yo -repuso Simún con sorpresa.

Pensó en el consejo y no pudo evitar sonreír. No, no había reparo que ponerle a su respuesta.

– Entonces es tu nombre el que aparece en los decretos, ¿no? -preguntó Tefnut con el tono de quien se sabe conocedor de los decretos y sus autores.

– En mis decretos aparece todo lo que digo, pienso y deseo -contestó Simún-. Y justamente eso es lo que sucede después.

– ¿Y si deseas granadas recién cogidas?

– Me las traen. Y si quiero que haya guerra, la hay. Y cuando ordeno la construcción de un templo, los hombres van a la cantera a extraer piedras para construirlo. -Simún miró a la que le había preguntado, que sacudía la cabeza con alegre incredulidad, sorprendida ante su respuesta.

Respondió aún algunas curiosidades más sobre cómo era su palacio y si habitaba en él sola o qué hacía cuando quería salir.

– Salgo -respondió Simún simplemente-. Monto en un camello y cabalgo a donde quiero.