Esa contestación desencadenó sacudidas de cabeza. La idea les resultaba tan extraña que las mujeres no podían asimilarla.
Sólo Naama, la amonita, la escuchaba con ojos soñadores.
– En nuestro pueblo, antes, yo solía recorrer a menudo los campos -comentó con un tenue suspiro-. Y me reunía con las demás en el pozo.
Tefnut apartó la mirada frunciendo los labios. Esos recuerdos de muchacha de pueblo no eran dignos de ella.
– ¿Y si te gusta un hombre? -preguntó una joven que tenía los ojos verdes y muy juntos.
Por primera vez vaciló Simún.
– Bueno, no sé, supongo que…
Se sintió aliviada al ver que la conversación se interrumpía a causa de los pasos de una pequeña procesión de criados que entraron entonces. Llevaban bandejas de cordero asado y numerosos cuencos para servir el ágape de bienvenida a la reina de Saba, según anunciaron. Con ellos iba el vocero al que Simún conocía ya. Tefnut, con la boca llena de carne, se inclinó hacia ella y masculló:
– El es quien se lleva a la favorita de la noche. Lo hace siempre. La elegida cena con el rey. Allí la comida es considerablemente mejor que aquí. -Se limpió la salsa de la boca y ocultó tras la espalda sus dedos grasientos con el hueso de cordero cuando la impasible mirada del hombre pasó por ella.
Simún se levantó para marchar con los criados. Se alisó el vestido y le dirigió a Shams una sonrisa nerviosa, aunque más para tranquilizarse a sí misma. Ya sólo quedaba la última parte del protocolo por cumplir.
– Naama, la amonita.
Simún se quedó de piedra al oír el nombre, pero no había duda posible. El vocero ya había dado media vuelta, dispuesto a marchar. Lo siguió con la mirada. Se sintió absurda. Era la única que estaba de pie, era imposible no verla entre las demás mujeres que habían sido rechazadas. ¿Qué clase de teatro estaba representando el rey? Vio que la boca de Tefnut se torcía en una alegre sonrisa conmiserativa, apretó los puños y apartó su rostro furioso.
Shams se levantó y le acarició el pelo, un gesto que nunca se había permitido con ella.
– Pero, niña… -dijo en voz baja-. Naturalmente esperará a que sangres. Sólo quiere…
– … que el hijo sea suyo -terminó de decir Simún con un siseo, y la apartó para salir corriendo hacia su aposento.
Allí se lanzó sobre el lecho, intentando con todas sus fuerzas no llorar. Aquél no era el primer cuento que se hacía realidad convertido en horror. Poco a poco debería hacerse a la idea.
Shams, siempre atenta, fue tras ella y corrió el cortinaje de la entrada. Simún sintió que el lecho se hundía del lado en el que se sentó su amiga. Shams le puso entonces la mano en el hombro.
– Creía que lo sabías -dijo, en voz baja para que las mujeres que festejaban fuera no las oyeran-. Estuviste tan serena cuando la petición cayó sobre la mesa de negociaciones… Todo sea dicho, me sorprendí mucho. A fin de cuentas, a otro rey lo decapitaste por esa misma pretensión.
Shams siguió acariciando la espalda de Simún. No le dijo que había visto cómo presentaba la cabeza de Shamr a los sabeos, ni que a veces soñaba aún con esa escena. Tampoco le explicó nada de Dhiban ni del pequeño e indecoroso sentimiento de satisfacción que se había apoderado de ella al saber que también Simún iba a entregarse a alguien para sacar algún provecho. «No está bien pensar así», se reprendió al instante. No era propio de una amiga. Además, el pecado de Simún de todas formas no era tan grave, en realidad no era tal, pues tan sólo seguía la usanza del lugar, y con ello no engañaba a nadie. Sin embargo, no podía evitarlo, se sentía más cerca de su amiga que nunca. Siguió acariciándole el pelo.
– Reaccionaste como si ya hubieras contado con ello.
– Ay, ¿sabes? -Se sorbió la nariz y se incorporó-. No puedo afirmar que no hubiera sospechado lo que me esperaba. -Intentó esbozar una sonrisa, pero no acabó de lograrlo-. Sin embargo, la mayor parte del tiempo esperaba poder enviarte a ti.
Shams le alcanzó un pañuelo para que se enjugara el rostro lleno de lágrimas.
– De modo que por eso también yo estoy aquí -repuso, siguiendo la chanza.
– ¿Qué creías? -Simún rió con un sonido que más bien pareció un sollozo.
Ocultó su rostro como pudo con el pañuelo. No era mentira, de veras había contado con la petición de sellar el acuerdo mediante la unión de sus cuerpos. Incluso le había parecido que Yada se lo tenía bien merecido. Renunciaría al jardinero y se entregaría al rey. Para que viera cuál era su lugar. Para que comprendiera a qué aspiraba ella: a algo grande, excepcional.
Sin embargo, enseguida volvía a parecerle sencillamente irreal, algo que la aguardaba en un lugar muy lejano. Mientras cruzaba el ardor de las dunas de arena y la niebla de las colinas no había pensado ni una sola vez en ello, pero de pronto había aparecido la abubilla y había hecho que la unión pareciera dictada por los designios del destino, como si fuera la culminación de todos sus deseos de niñez.
Desde que Arik, su abuelo, le hablara del príncipe jinni que fuera su padre, Simún había esperado que fuera a buscarla y se la llevara a su mundo, al mundo de ella, allí donde debía estar. Pues, en todos los demás lugares en los que había vivido, en las tiendas de la tribu y en los palacios de Marib, nunca había encontrado verdaderamente su lugar.
Cierto era que Yita, su padre, la había encontrado -Simún se avergonzó al no pensar nada mejor de él-, pero, por muy buena persona que fuera, nadie podía confundirlo con un jinni. Había sido ciertamente valeroso en la batalla y astuto en el consejo. Sin embargo, el extraordinario destino que le habían prometido no había llegado a cumplirse con él. Su padre había vivido sometido a su esposa, adoraba el vino y la buena vida, quizá demasiado, y se angustiaba por lo que pensaran de él. Cierto, la había querido, pero en el fondo Simún también contaba eso entre sus debilidades.
De Salomón, por el contrario, afirmaban en honor a la verdad que era el príncipe de los jinn, y la aparición de la abubilla prometía que no acabara siendo sólo un cuento. Ella habría estado dispuesta a perdonarlo en caso de que no hubiera sabido obrar magia. Habría renunciado a montar en dragones y a surcar el cielo junto a él, sólo con que hubiese logrado hechizarla.
Había creído que sería grande y orgulloso, poderoso y astuto, y que la boda con él no sería más que la meta de su viaje. Por eso había accedido a la petición de sus emisarios sin poner ningún pretexto. Aún recordaba que había mandado salir a Marub para no tener que soportar su mirada de asombro. Así de segura se había sentido.
– Estaba convencida de que sería capaz -dijo en voz alta.
Aquello era, como poco, un eufemismo; pocas horas antes había esperado aún con impaciencia ese instante. Se sonrojó de súbito al pensarlo. Hasta el momento en que vio a Salomón por primera vez, se había sentido talmente como una novia enamorada. Y aún había intentado enderezar sus ilusiones un par de veces, pero eso no cambiaba nada, y ella lo sabía.
– Es que no pensé que…
Dudó al ir a decirlo en voz alta. Era demasiado bochornoso, aunque así era. Todos sus sueños se habían visto truncados por esa única circunstancia ridícula.
– … fuera a ser tan viejo -terminó de decir Shams por ella.
Simún sacudió la cabeza con ímpetu y hundió otra vez la cara entre los almohadones. Con todas sus fuerzas intentó no pensar que en su imaginación el abrazo de aquel rey había sido igual que aquel otro que experimentara en el lecho de la cabaña del jardinero.
– Qué ridículo…
Shams se mordió los labios mientras su amiga lloraba con fuertes sollozos. No se le ocurría cómo aliviar su pena. Se sintió igual de impotente que aquella otra vez, cuando, estando Simún prisionera, le había dado un cuchillo romo. De nuevo volvía a estar presa, y ella volvía a sentirse demasiado débil para cambiar nada.