– Pero lo peor es… -dijo Simún de repente, y se enderezó.
Sus ojos miraban fijamente a Shams, como si vieran algo horripilante.
– ¿Qué? -preguntó ésta con delicadeza.
Simún la acercó hacia sí. Febril, le susurró a su amiga al oído:
– … que le gusta mi pie.
– Sí, pero… -Shams, atónita, buscó en el rostro de su amiga un indicio sobre cómo debía interpretar aquello-. Pero ¿no es eso una gran alegría? -probó a decir entonces.
– No -replicó Simún con vehemencia. Ay, dioses, qué poco comprendían las personas unas de otras. ¿Qué tenía de alegría, cómo podía soportarse siquiera, que alguien lo amara a uno por algo que uno mismo detestaba?-. Eso sería como si a Mujzen ahora le gustara abrazarte porque te creyera una fresca -añadió sin compasión-. Y para sentir sobre tu piel el sudor de otros.
– Oh -suspiró Shams, herida.
Se quedó impávida por un momento, se volvió hacia los cortinajes y salió.
Simún jamás se había sentido tan sola como en ese momento.
CAPÍTULO 46
– Te instalarás en unos aposentos reservados sólo para ti. Si lo deseas, Marub podrá hablar contigo a través de una ventana de celosía. El rey te visitará durante siete días seguidos. -Shams hizo una pausa, pero Simún la apremió a continuar hablando con un nervioso gesto. Su amiga extendió un cuarto dedo y lo sujetó con la otra mano-. Después serás libre. El niño, cuando haya nacido y crecido, deberá visitar la corte del rey en su decimosegundo cumpleaños y quedarse a vivir aquí, como garantía viviente de vuestra alianza. -Lo recitó tan de carrerilla como se lo había enseñado Marub, que, siguiendo órdenes de Simún, había proseguido con las negociaciones. El quinto dedo. ¿Qué quedaba aún?-. Y tus sirvientas pueden moverse libremente por la ciudad. Como era tu deseo.
Miró a Simún, expectante, pero ésta seguía sin hacer ningún comentario. En la puerta esperaban ya los esclavos dispuestos a acompañarla, con sus pocas pertenencias, a los nuevos aposentos. Ninguna de las otras mujeres pasó a despedirse de ella. Demasiado extraña les resultaba esa reina de Saba, o eso pensó Simún, que bufó con desdén. En algún lugar se movió un cortinaje.
Cuando Shams se disponía ya a seguirla, ella alzó la mano.
– Ya lo has oído. Mis sirvientas pueden moverse libremente por la ciudad. De modo que ve.
Shams se sonrojó de súbito.
– ¿No quieres que te acompañe? -preguntó.
Simún hizo que no con la mano. No quería que nadie presenciara los siguientes siete días. No debía existir ningún vínculo entre ellos y su vida, para que después le resultara más fácil fingir que nunca habían sido. Sin embargo, no dijo nada de eso. Sólo se encogió de hombros y miró a Shams, que se alejaba entre los criados con la cabeza gacha.
«Siete noches no son nada», se dijo, asomada ya a una ventana de sus nuevos aposentos. Estaba rodeada de muros, pero tras ellos intuía libres cadenas montañosas y creyó oír los lejanos sonidos de cencerros que regresaban tarde a casa. Al cabo de siete días nada más, ella misma partiría de nuevo con su caravana. «Hacia mi vieja vida -pensó con amargura-, de la que vine huyendo. ¿Adonde iré después? ¿Acaso he de vagar por toda la eternidad con mi caravana sobre la faz de la Tierra, cargada con incienso y secretos, como una esfinge nómada?»
Apoyó los codos en el alféizar. También bajo su nuevo dormitorio había un jardín. ¿Sería el mismo que había visto desde la otra ventana? Inspiró hondo para disfrutar de los aromas. ¿No era eso la fragancia de una higuera, tentadora y veleidosa? Estiró el cuello y descubrió el pequeño árbol cerca de la tapia, apenas una silueta en el crepúsculo que ya fundía el verde del jardín con el azul de la noche y no permitía distinguir ningún detalle.
Sin embargo, de pronto oyó un sonido extraño, cadencioso como las campanillas y más fuerte que el canto de las cigarras. Más dulce también, y más cautivador. Simún se asomó todo lo que pudo para ver de dónde procedía. El cabello le resbaló por el cuello y cayó contra el muro. Bajo ella había un hombre joven con la espalda recostada contra la piedra cálida, tocando una flauta. Su melodía sonaba tan ensimismada y soñadora como parecía su imagen; no había reparado en la mujer que se asomaba hacia él desde lo alto.
Simún contempló su negro pelo de largos rizos y sus hombros desnudos, cuya piel iluminaba el último resplandor del crepúsculo. Sus enseres, el cubo y el rastrillo, aguardaban en la hierba sin ser usados.
– Yada -susurró.
De súbito se le saltaron las lágrimas. Entonces oyó la puerta tras de sí. «Sólo siete noches», pensó, y se irguió para saludar a Salomón, que acababa de entrar.
El joven de allí abajo sintió una gota sobre la piel. Alzó la mano para ver si llovía. Al levantar la cabeza, sólo encontró una ventana vacía.
– Mi rey. -Simún tragó saliva.
– Siéntate en el lecho.
La voz de Salomón sonaba igual de cansada y falta de emoción que en la sala del trono. Simún se espantó al oír esa frialdad, pero después obedeció. «Es incluso mejor así», pensó. No habría sabido cómo enfrentarse a un arrebato de pasión por su parte. Su indiferencia le permitió no tener que ocultar tampoco la de ella. Con docilidad se sentó en el borde y luego, a un gesto del rey, se dejó caer hacia atrás.
– Levanta las piernas.
Simún separó las rodillas y se arremangó las faldas. Su mirada se paseó ausente por el artesonado de madera. «Sí que tienen árboles aquí», oyó comentar a Marub de nuevo, y se propuso recordarle que tenían que negociar la compra de maderas nobles. A Salomón sólo lo percibía con el rabillo del ojo y, al darse cuenta de que se tiraba de la ropa, volvió la cabeza a un lado.
Yacía ante él medio descubierta, pero el hombre apenas si la tocó. No había entre ellos confianza para una caricia, o un beso siquiera. Ojalá se diera prisa. Como no sucedía nada y por los muslos empezaba a subirle un frío desagradable, Simún alzó la cabeza. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué era ese nervioso toqueteo entre los pliegues de su vestimenta, por qué gemía el rey con tanto esfuerzo? De repente y sin previo aviso, la mano del hombre le asió una pierna.
Simún sintió que sus manos secas de anciano recorrían crepitantes su piel. Se le puso la carne de gallina. Salomón acarició el largo arco de sus muslos desnudos como un entendido ante una bella escultura. Sus dedos llegaron finalmente al pie de la joven y lo asieron. De nuevo sintió Simún ese jadeo que le había oído ya cuando le lavó los pies; y de nuevo intentó, invadida por la vergüenza y la repulsión, ocultarle su extremidad deforme. Sin embargo, el rey la aferraba con más fuerza de la que Simún le había supuesto a su frágil figura. Salomón apretó los dedos más aún, se le aceleró la respiración.
– ¡Ay! -protestó Simún-. Me hacéis daño.
Quería rebelarse, zafarse de él.
Como si su resistencia hubiese sido la señal que estaba esperando, Salomón se echó sus reacios muslos bajo las axilas, la agarró de las caderas para tirar de ella hacia sí y la penetró con una embestida.
– Estate quieta -susurró.
Simún, paralizada por la idea de que aquello estaba sucediendo realmente, obedeció.
– Vuélvete-jadeó Mujzen, impaciente de deseo, y ayudó a aligerar los apáticos movimientos de la muchacha.
Contempló boquiabierto cómo las nalgas de Incienso se curvaban ante él, incitantes a la luz de la lámpara. Recorrió con la mano su espalda arqueada, arriba y abajo; era tan hermosa, tan oscura y esbelta… La levantó de la cintura, su peso apenas si se notaba. Y cómo se entregaba, sin oponer resistencia alguna… ¿Era la lascivia o la indiferencia lo que hacía que se mostrara tan impúdica? ¿Cómo era que lo había invitado a visitarla, precisamente a él? Aquello ocultaba un secreto que le provocaba inseguridad y lo excitaba a partes iguales. Incienso, que sintió su vacilación, empezó a mover las caderas en círculos.