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De repente pensó cómo lo habría hecho Shams. Según le habían descrito con gran detalle, exactamente así se había arrodillado ante Dhiban. También ella se había ofrecido así a un hombre, pero nunca a él. Con una ira repentina tiró de la muchacha hacia sí y la penetró con toda su fuerza.

– Te gusta, ¿eh? -masculló con los dientes apretados mientras ella gemía.

Mujzen se movía con brutalidad y no podía parar de murmurar obscenidades. Hundió los dedos en sus rizos y los asió con fuerza, la odió por que no fueran las sedosas trenzas de Shams. Sentía una mezcla de vergüenza y triunfo que le resultaba irresistible, lanzó la cabeza hacia atrás con un grito y no vio la sonrisa insondable del rostro de la mujer que estaba arrodillada ante él.

– Dudas. -La voz de Dhahab no era más que un cálido susurro.

Se desperezó entre sus almohadones y se incorporó un poco, con lo que el vestido le resbaló y dejó al descubierto su hombro, que asomó pálido y vulnerable bajo el peso de sus rizos negros. Se apoyó en un codo y se inclinó hacia delante.

– Puedo entenderlo -ronroneó-. Es algo que debe considerarse con calma.

Su mano, llena de pesados anillos, se llegó hasta los cordones que aún sostenían el vestido y fueron deshaciendo un nudo tras otro.

– Aunque ya una vez lo hiciste -siguió diciendo con voz lisonjera-. ¿O acaso no?

Deshizo el último nudo y el vestido cayó lo suficiente hombros abajo para mostrar sus pechos, que eran turgentes y tersos como los de una joven. Los delicados pezones, casi del color de la granada, se irguieron al librarse del tejido. Dhahab sonrió al ver su mirada ardorosa. Alargó una mano hacia la mesa, hundió las yemas de los dedos en la miel y se dejó caer en el escote una gota que fue resbalando perezosamente por su piel y se acercó con excitante lentitud a su pezón, que no tardaría en quedar rodeado de oro.

Con alivio vio que su tardío invitado seguía el dulce rastro como si hubiera quedado hipnotizado por él. La gota pendía de su pezón, cada vez más pesada. Enseguida caería en un hilo largo y resplandeciente. El joven tragó saliva.

– Hazlo -susurró Dhahab, y volvió a inclinarse hacia él, que yacía en sus almohadones como si lo tuvieran atado-. Hazlo otra vez. Por mí.

Acercó su rostro al de él hasta que casi se tocaron y, despacio, lamió con su rojísima lengua las temblorosas comisuras de los labios de Yada, el jardinero.

– ¿Qué ha sido eso?

Shams alzó la cabeza, sobresaltada, y miró a la noche de fuera por la entrada de la tienda. Ya era tarde, pero las luces de Jerusalén seguían titilando en la colina. Junto al templo, que todo lo dominaba, distinguió los contornos del palacio, e incluso la silueta de la torre en la que se alojaba Simún desde hacía días. El grito había sonado a lamento de mujer.

– Un ave nocturna -gruñó Marub sin alzar la cabeza de su plato de carne.

¿Le habría leído el pensamiento? ¿Vería él lo que creía ver ella? Shams se sonrojó sin querer. Era la primera noche, ambos lo sabían aunque no hubieran cruzado una palabra al respecto. No podían sacudirse de encima esa idea, era como si el cuerpo desnudo de Simún se retorciera provocadoramente entre ambos. Su inquietud aumentó, pues no veía que hubiese música, ni danzas, ni una alegre comitiva nupcial a cuyo bullicio pudiera uno unirse mientras las ancianas cuidaban del destino del vellón blanco. ¿Conocerían esa costumbre en Jerusalén? Por un momento Shams tuvo unas visiones que hicieron que se le salieran los colores a la cara. No hacía más que mover los talones con nerviosismo de aquí para allá, pero sólo encontraba el cálido centellear del fuego y el aroma de la fuente llena de gachas de mijo que había entre Marub y ella.

– No tengas miedo -añadió Marub sin esperar mucho tras su última frase.

Shams le dirigió una rauda mirada y vio que él la contemplaba de reojo. Le sonrió. El guerrero enseguida volvió a mirar a su cuenco y hundió la cuchara en él.

– No tengo miedo -dijo Shams con cierto ardor-. Gracias -dijo al cabo de un rato.

Ambos bajaron de nuevo la cabeza hacia la comida. Sin embargo, la tirantez no desaparecía. Era como si entre la fortaleza, Marub y ella se hubiera tensado una cuerda vibrante cuyo susurrante zumbido se entremezclara con el canto de las cigarras.

– ¿Más carne?

– No, gracias.

Ambos volvieron a tragar. Después fueron a servirse gachas de mijo al mismo tiempo y sus dedos se rozaron. Los retiraron enseguida. No se dijeron una palabra más, siguieron masticando largamente los bocados correosos y rebeldes.

CAPÍTULO 47

En las calles de Jerusalén

Shams no soportaba más el campamento de los sabeos. En la arboleda, el calor era sofocante a pesar de la sombra. Por las mañanas no soplaba una pizca de brisa que se llevara el aire cargado del sueño. Al despertar de una noche larga e intranquila, olía a almizcle, y la tibia agua del manantial no acababa de quitarle el espeso sudor que se pegaba a su piel. Así, al menos, lo sentía ella.

«Tengo que salir de aquí», se dijo. Además, ¿no había conseguido Simún para ella el privilegio de poder moverse libremente por la ciudad extranjera? La verdad es que no comprendía por qué, a menos que Simún hubiera buscado un pretexto para deshacerse de ella. A fin de cuentas, sabía bien que Shams no se las componía bien en las ciudades. Las calles de Jerusalén le parecían largas y tenebrosas, no muy diferentes de las de Marib, que finalmente había llegado a conocer poco después de llegar desde el desierto. Sin embargo, esta vez su intranquilidad la llevó hacia ellas. Seis días y seis noches ya. El laconismo de Marub la tenía fuera de sí. Los bramidos de los camellos la tenían fuera de sí. No quería seguir pensando qué les pasaría a los demás por la cabeza cuando miraban al palacio. Ni qué pensarían quizá que pensaba ella. Shams necesitaba urgentemente una ocupación.

Aceptó con gratitud la compañía del guerrero que Marub le asignó de entre las filas de sus hombres y partió temprano en dirección a Jerusalén. Llegó a las puertas de la ciudad junto con los carros de los campesinos que se dirigían al mercado. Entre ruedas polvorientas, burros cargados y parlanchinas mujeres de campo con cestos a la espalda y niños de la mano, esperaron hasta que la guardia los dejó pasar. La gente se apartaba un poco a su alrededor. Su vestimenta, su peinado y su forma de hablar los señalaban como extranjeros, y hasta el último de quienes allí aguardaban supo enseguida que pertenecían a la comitiva de la reina del sur.

Con una sonrisa forzada, pero muy intranquila, Shams escuchaba el parloteo que se oía a su alrededor, del que no entendía ni una palabra pero que le parecía hostil. Agradeció entrar en la sombra de la torre de las puertas, atravesó el túnel en el que ya sólo resonaban sus pasos y, al otro lado, se mezcló con el gentío anónimo de las calles.

No quería ir a ningún lugar en concreto y tampoco sabía adonde dirigirse, de modo que se dejó llevar por la decidida muchedumbre que la rodeaba. Se detuvo un momento a admirar las vasijas que giraban en los tornos de los talleres abiertos, curioseó sin demasiado ánimo entre las montañas de telas de un puesto de ropa usada cuyo vendedor anunciaba los precios a voz en grito por encima de sus cabezas y, cuando el estómago empezó a rugirle, llegó a un trato con una mujer que tenía el fogón encendido junto a la calle y preparaba unas tortas que chorreaban grasa.

Siguió adelante masticando, evitó las mayores apreturas para que no le dieran empujones, dobló varias esquinas y acabó, cuidando más de no mancharse con el aceite que de dónde ponía el pie, en una callejuela de pequeñas casitas. Un delgado chorro de agua caía de una gárgola con forma de hocico de toro a un pilón. Shams se lavó los dedos con gusto y se enderezó dando un suspiro de satisfacción. Ante ella, un jazmín se encaramaba por la alta tapia de un jardín, una resplandeciente nube blanca llena de zumbidos de abejas. Por detrás, una palmera ofrecía sombra extendiendo su follaje, que en aquella luz casi brillaba de color plata. El sol caldeaba la caliza amarillenta contra la que se apoyó. Allí se estaba en calma, no había nadie.