– Eres muy buen ayudante para tu abuelo -dijo para alabarlo.
Él le sonrió, aunque parecía dudarlo. Shams le acarició el pelo para infundirle ánimo.
– ¿Es verdad -espetó el muchacho con una voz clara- que en vuestra tierra todas las mujeres tienen pies de cabra?
Shams se sobresaltó y dejó caer la mano con que le había acariciado la cabeza.
– ¡Aarón! -exclamó su abuelo, réprobo, y chascó la lengua.
Shams sacudió deprisa la cabeza. El pequeño no sabía nada, sólo repetía lo que sin duda se decía en las calles. Se preguntó cómo habría llegado el rumor hasta aquel callejón y pensó en los graznidos que había oído mientras esperaban entre la gente que se apartaba de ellos ante las puertas de la ciudad. ¿Habría sido ése, pues, el sentido de sus palabras?
Se dominó y volvió a ofrecerle una sonrisa al niño.
– No -dijo, y se sorprendió de la seguridad de su voz-. ¿O acaso ves una pezuña en alguna parte?
Volvió a alzarse las faldas y movió las piernas con consciente coquetería. El pequeño se ruborizó mucho y dijo que no con la cabeza. Su abuelo, después de haberlo mandado a otra parte, le dedicó a Shams una mirada larga y meditabunda.
Ella intentó zanjar la embarazosa situación levantándose enseguida.
– Todavía hay muchos que esperan vuestra ayuda. -Señaló a los pacientes para disculpar su apresuramiento-. ¿Qué os debo?
El anciano sacudió la cabeza.
– Sois huéspedes de la ciudad -dijo, y se llevó una mano al corazón-. Huéspedes de mi casa.
Shams bajó la cabeza con timidez para despedirse, su acompañante hizo igual que ella y se volvieron para marcharse. Intentó avanzar deprisa entre la fila de pacientes y no mirar a ninguno directamente a la cara. Sin embargo, de pronto algo hizo que se detuviera. Shams se arrodilló y alcanzó la mano de una chiquilla que, por miedo a la extranjera, estaba arrimada contra su madre y ocultaba el rostro.
– ¿Qué es eso? -susurró, y palpó los dedos de la pequeña, que formaban una extraña garra.
Con manos temblorosas intentó separar sus frágiles dedos, pero estaban unidos entre sí. Unos surcos de piel extrañamente lisa y azulada, con una ligera muesca donde debieran separarse los dedos, unían el anular, el corazón y el índice.
El anciano, que la había seguido, tomó la mano de la niña con delicadeza entre las suyas y volvió a dejarla sobre el pecho de la pequeña, que con un gesto rápido y experto la hizo desaparecer en la manga, más larga de lo habitual.
Shams alzó la mirada.
– ¿Podéis curarlo? -preguntó Shams. Casi contuvo la respiración.
El viejo sanador asintió.
– Un corte aquí, otro aquí. -Lo señaló en su propia mano, que había alzado con los dedos unidos. De pronto los abrió-. Y todo volverá a estar bien. -La madre de la niña le sonrió, llena de esperanza-. Quedarán cicatrices. -El anciano se encogió de hombros-. Pero ya no…
– … parecerá un monstruo -terminó de decir Shams.
Todavía de rodillas, se volvió hacia el sanador. De repente creyó comprender cuál había sido el significado oculto del deseo de Simún de que explorase la ciudad. Puede que su amiga no hubiese sido consciente de ello, que no lo hubiera imaginado siquiera, pero seguro que así estaba predestinado. Almaqh la había inspirado, y ella, Shams, por fin no se quedaría allí de pie con su cuchillo romo.
– Os ofrezco oro -dijo apresuradamente-. Esmeraldas. -Intentó recordar qué más quedaba en la caja que Simún había llevado para las negociaciones-. No podréis negaros.
El anciano se limitó a sonreírle con indulgencia.
Shams estaba cada vez más entusiasmada, pensaba febrilmente. Llamó a su acompañante con una señal y le ordenó que fuera al campamento, no, que corriera al campamento a buscar la caja, a buscar oro de los fardos del templo que vigilaba Marub, si había de ser. O incienso.
– ¿No le negaréis vuestra ayuda a una enferma? -De repente se detuvo.
Una idea espantosa le vino a la cabeza. Lo había olvidado por completo; jamás lo conseguiría. Miró al suelo con abatimiento. El guerrero, molesto por su repentina inmovilidad, preguntó si de todas formas tenía que ir al campamento, y ella le dijo que sí con gestos impacientes. Una sonrisa asomó a su semblante cuando al fin tuvo la idea salvadora.
Estrechó las manos del sanador, las volvió entre las suyas, las examinó y las sostuvo con fuerza.
– ¿Sabríais -empezó a preguntar, mirándolo ya con un resplandor en los ojos- caminar con las piernas castamente juntas?
CAPÍTULO 48
Marub había insistido en acompañar a Shams en su misión. A grandes pasos avanzaba tras las dos figuras femeninas cubiertas que caminaban por delante de él con cortos pasitos de garbosa premura, seguidas por un Aarón nervioso, pálido de inquietud, que llevaba una caja de madera.
– Semejante idea -bufó el gigante-. Con esto conseguirás que nos maten a todos.
Shams se volvió hacia él con brusquedad y, deprisa como iban, lo obligó a frenar repentinamente. El rostro del hombre no quedaba a más de un palmo del de ella cuando le preguntó:
– Si pudieras volver a tener el ojo que te falta, ¿no querrías hacerlo?
Marub se llevó sin querer la mano hacia su ojo malo y se dio unos golpecitos contra el párpado. Su boca se abrió y se cerró con impotencia. Shams esperó un momento con los brazos cruzados y, al no recibir respuesta, se volvió para seguir avanzando.
– Por aquí -le indicó a la otra figura cubierta de recios velos que caminaba muy pegada a ella y que alargó una mano para tranquilizarla con una caricia en el brazo-. Y mantened las manos ocultas -le advirtió entonces Shams, nerviosa-. Aquí, sólo con eso, os reconocerán enseguida.
– Tendrías que haberle afeitado el vello de esos enormes dedos de los pies -refunfuñó Marub desde atrás, lo cual hizo que Shams bajara enseguida la mirada.
Sin embargo, no vio más que dos pies delicados, calzados en unas sandalias que no desvelaban nada de quien las llevaba. Siseó con acaloramiento y esbozó un gesto despreciativo con la mano, lo cual hizo que Aarón soltara una risilla que cesó en cuanto el ojo sano de Marub se clavó en él. Siguieron recorriendo los pasillos en silencio.
– Las criadas de la reina de Saba desean presentarse ante su señora.
Simún oyó la frase con vaguedad desde el otro lado de la puerta Le extrañó reconocer la voz de Shams y oyó que el guardián se hacía a un lado y descorría el sonoro cerrojo. Se le aceleró el corazón, pero contuvo la alegría de oír la voz familiar. Se habían despedido peleadas, y la orden de que no fuera a visitarla allí había sido inequívoca. ¿Por qué iba Shams a verla, no obstante? ¿Acaso quería recrearse en su miseria? ¿Y qué era aquello de «criadas», en plural?
Simún se puso de brazos cruzados para esperar a su amiga con la cabeza bien erguida. Febrilmente intentó pensar en una frase que fuera majestuosa y denotara distanciamiento para recibirla. Sin embargo, no fue capaz de pronunciarla.
Detrás de Shams entró otra mujer a la que no había visto nunca, seguida de un joven al que el guardián quiso detener del brazo, lo cual Marub comentó desde fuera con las siguientes palabras:
– Pero si no tiene ni doce años…
Se produjo un intercambio de palabras, breve aunque vehemente, y después Simún quedó en compañía de tres personas. Shams jadeaba como si hubiese corrido para llegar allí; tenía las mejillas sonrosadas, los ojos le brillaban como Simún no se los había visto desde la separación con Mujzen. Antes de que pudiera preguntar nada, la segunda persona se quitó el velo.
– Pero ¿qué…? -tartamudeó la reina.
No sabía qué le desconcertaba más de su desconocida visitadora, si sus ojos azul celeste o la resplandeciente barba blanca que le llegaba hasta el pecho.
– ¡Es un hombre! -espetó Simún con ligero apuro.
– Un sanador -corrigió Shams. Se acercó a su amiga y le estrechó ambas manos-. Simún, dice que puede curarte el pie.
El silencio se apoderó unos instantes de la estancia. Simún se dejó caer en el lecho y se cubrió el rostro con las manos. Durante largo rato, todos la miraron. ¿Reía? ¿Lloraba? ¿Acaso no los creía? ¿Estaría al borde de un arrebato de cólera? A Shams le habría gustado acercarse a ella para pasarle un brazo por sus delgados hombros, pero dudó. Cuando por fin se atrevió a dar el primer paso, Simún levantó repentinamente la cabeza.
– ¿Cómo? -preguntó, sucinta.
El anciano miró en derredor. Vio entonces un pequeño taburete como el que tenía en su casa, lo acercó ceremoniosamente, se sentó a los pies de Simún y, bajo los gestos aprobatorios de Shams, se dispuso a arremangarle el vestido. Al dejarle el pie al descubierto, lo sostuvo en alto, lo posó en su rodilla y lo examinó un rato sin decir nada.
Simún sintió sus dedos ligeros y secos, tragó saliva. Aún recordaba con viveza cómo el rey, la noche anterior, se había puesto el pie desnudo de ella sobre el pecho antes del acto para alcanzar la excitación necesaria. Sus ojos habían centelleado al llevárselo a la boca y posar en él un beso.
En los ojos azules del viejo no había más que una afable indiferencia. Su nieto, sin embargo, estaba arrodillado junto a él sin dejar de mirar una y otra vez, inquieto, del pie de Simún a su bello rostro. A la reina se le salieron los colores. El niño preguntó algo con su voz aguda y clara.
«Simún, sopla y levántame la falda.» El lejano recuerdo infantil volvía a estar de pronto muy cerca. Casi retiró el pie.
El anciano asintió como si todo fuera tal como había esperado. Alzó un dedo y señaló:
– Un corte aquí, otro aquí. Y aquí. -Le sonrió con amabilidad-. No serán los dedos de los pies más bonitos del mundo… -Dejó la frase sin terminar.
– Pero ¿será un pie normal? -Simún no se hacía a la idea.
¿Tan sencillo iba a ser? ¿Todo se arreglaría? ¡Un pequeño corte con un cuchillo! Instintivamente extendió el pie hacia él. «Hazlo aquí mismo -quería gritar-. Hazlo ya.» Se aclaró la voz. «No seas infantil -se reprendió-. Tendrá que hacer algunos preparativos.»
– ¿Cuándo? -preguntó con cierta duda, y volvió a carraspear-. ¿Cuándo creéis que podríais intentarlo?
El anciano le soltó el pie y alcanzó la caja.
– Vuestra amiga me ha dicho que lo mejor era hacerlo enseguida. ¿Si os parece bien? -Ya hurgaba entre sus herramientas.
Shams le cogió una mano y la apretó contra su ardiente mejilla. Simún le acarició la cara con espontaneidad.
– No llores -susurró, y entonces se le saltaron también a ella las lágrimas-. Ahora mismo me parece bien -dijo entonces, subiendo algo la voz, y se secó el rostro con la mano que tenía libre.
– De todos modos será un poco doloroso -le advirtió el sanador, con el cuchillo ya en la mano.
Simún lo miró y asintió despacio. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre los de Shams. Después lanzó bruscamente la cabeza hacia atrás; su cuerpo se estremeció. El viejo judío se detuvo, sobresaltado. Sin embargo, la reina del sur reía, reía a carcajadas.