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Se quedaron inmóviles, pero de nada les valió, ya que aquellos seres empezaron a acercarse amenazantes mientras desenfundaban espadas.

– ¡Salgamos de aquí! -chilló Pelet.

– Idos sólo si queréis y veremos cómo os apañáis cuando los volváis a encontrar en vuestro camino -repuso Guillermo-. Nos enfrentaremos a ellos juntos y venceremos.

El franco ya tenía encima a uno de aquellos seres, que le embistió espada en ristre. No le fue difícil protegerse del golpe, que devolvió para tantear al rival. Mientras, Renard se defendía de la acometida del segundo con la lanza corta del carcelero y Pelet los observaba a la retaguardia sosteniendo el candil que el franco le había pasado. Le era difícil al ribaldo mantener a raya a su enemigo, mejor armado que él, por lo que perdía un terreno que aquel ser le robaba sin que le quedara más opción que recular. Decidió que debía arriesgarse y, haciendo una finta con su lanza, consiguió que el guerrero descubriera su guardia y le hundió la azcona en el pecho. Pero aquel cuerpo, en lugar de derrumbarse malherido, sorprendió a Renard con un mandoble que apenas pudo esquivar, mientras trataba de recuperar su lanza desclavándola de lo que, por su consistencia, casi parecía un pedazo de madera.

– ¡No sienten las heridas! -vociferó el ribaldo.

– Hay que golpearles en los huesos del cuello o borrarles la primera letra de la izquierda en la palabra escrita en sus frentes -le contestó Guillermo.

– ¿Quién se atreve a tocarle la frente a uno de esos monstruos? -se lamentó el ribaldo.

Pelet se dijo que poco podía hacer con sólo una daga frente a aquellas cosas torpes, pero de tal constitución que las heridas parecían no afectarles. Pero también que, si él no entraba en acción, tenían las de perder. Entonces, jugándoselo todo a un envite, dejó la lámpara en el suelo y tomó carrerilla para lanzarse, por el espacio que dejaban sus compañeros, a los pies del rival de Guillermo, de forma que al perder éste el equilibrio cayera hacia delante, encima del propio Pelet. Tuvo éxito en su propósito y la nuca del ser quedó a la vista del de Montmorency, que le descargó un tajo con todas sus fuerzas. Para su sorpresa, el enemigo se desmoronó como un saco de tierra.

No se entretuvieron en averiguaciones, puesto que el ribaldo estaba en una situación crítica, tratando de contener con su azcona a un enemigo inmune a ella. Aquel ente extraño no reaccionó para defender su espalda al oír el grito de triunfo de Guillermo, persistiendo en su intento de acabar con su rival. Al no llevar casco, con un solo golpe en el cogote, el franco se libró de él.

Se miraron entre ellos dudando de que aquello fuera real, pero Guillermo, inquieto por Bruna, les dijo perentorio:

– Tomad sus armas y prosigamos. No hay tiempo para charlas.

El francés apresuró el paso del grupo. Deseaba llegar donde su dama estuviera y, cuando aparecieron dos más de aquellos seres al fondo de un corredor, cedió el candil a Pelet, que le seguía, y se enfrentó a los seres, hombro con hombro con Renard. Esta vez iban bien armados.

– Vamos a por ellos. Pelet debe ganarles la espalda mientras nosotros les resistimos de frente.

Pero al entrar en contacto con sus mudos enemigos, Pelet, que se encontraba atrás, gritó:

– ¡Hay otros aquí!

En efecto, atrás habían dejado una bifurcación de tenebrosas galerías y por allí aparecieron un par de aquellos engendros que con su pertinaz determinación atacaron a Pelet. Éste, con el candil en la mano, retrocedió apresurado, intentando cubrirse. Apenas había logrado desenfundar su espada cuando el candil de barro cocido y su vacilante llama se fueron al suelo rompiéndose en pedazos. Y se hizo la oscuridad más profunda.

Guillermo no había previsto aquella eventualidad y pensó que estaban perdidos. Ni las tinieblas detenían a aquellos seres que continuaron golpeando, aunque pronto percibió que lo hacían a ciegas. Sus espadas chocaban tanto contra los escudos como contra las paredes, haciendo saltar chorros de chispas cuando el hierro acertaba en una piedra pedernal. Intentó sólo cubrirse. De nada le servía luchar, si sólo un golpe preciso podía acabar con aquellos engendros incansables. Sin luz era imposible acertar. ¿Cuánto tiempo resistirían antes de sucumbir? Se dijo que jamás saldrían de aquel laberinto tenebroso.

93

«Nuestros enemigos combaten como bestias feroces.»

Yehuda Ha-Levi, 102

Después de su encuentro con los golems, el grupo de Hugo reanudó su marcha, presuroso, en una larga hilera de luces de candil que les asemejaba a una luciérnaga gigante deslizándose por los túneles. Por momentos, aquella vibración subterránea parecía aumentar y eso inquietaba al rabino David, que les decía:

– Deprisa, si llegamos tarde, será una catástrofe.

Pero lo que temían, ocurrió. En una encrucijada se encontraron con varios de aquellos seres de frente, mientras otros les atacaban por los flancos y retaguardia. La lucha se generalizó y las espadas entrechocaban entre gritos de los asaltados, algunos de dolor, otros dándose ánimos e instrucciones, mientras que aquellos entes se movían determinados, como perros de presa pero silenciosos.

En la vanguardia, el de Mataplana envió a cuatro de sus hombres a enfrentarse a otros tantos enemigos y con otros tres hizo una cuña que, infiltrándose entre los combatientes, les ganó la espalda. Aquellos golems, casi invencibles de frente, eran incapaces de protegerse frente a dos enemigos y, uno a uno, fueron cayendo.

Pero el ataque estaba causando estragos en otros lugares y Hugo corrió con sus compañeros a socorrer a los que se encontraban en apuros. Habituados a la torpeza de aquellos seres y conociendo su vulnerabilidad, no era difícil eliminarlos. Cuando el último cayó, no hubo tiempo de recuperar el aliento. Había ayes de heridos, lágrimas y lamentos por los muertos. Uno de los ataques laterales había tomado a los rabinos por sorpresa y tres cayeron bajo los tajos enemigos antes de que pudieran reaccionar ni recibir socorro. Dos muchachos habían muerto combatiendo y había cuatro heridos, de los cuales dos no podrían seguir al grupo. Hugo contó los restos de diez golems y quiso que los rabinos tomaran las armas de aquellos seres para protegerse.

– No podemos permitir que esto nos ocurra de nuevo -les dijo-. En el peor de los casos, debéis estar listos para protegeros de los primeros golpes hasta que os llegue ayuda.

– No nos entretengamos -insistió el rabino David-. Habrá que dejar aquí, junto a los cadáveres, a quien no pueda seguir.

– He perdido mi plano -dijo Benjamín angustiado. Sangraba levemente de un brazo-. Ni siquiera sé en qué dirección íbamos.