El ataque había desconcertado a la pequeña tropa y Hugo ordenó que se buscara el documento. La lucha se había extendido por alguno de los corredores laterales de la plazoleta subterránea donde fueron asaltados y la mayoría estaban aún bajo la impresión, desorientados.
– Siento la vibración, la energía del rito -dijo David Quimhi. Y señaló-: íbamos en esa dirección.
Efectivamente, un rumor profundo iba llenando los túneles y parecía aumentar paulatinamente.
– Tenemos que apresurarnos -insistió el rabino-. No podemos llegar tarde.
– ¡Aquí está! -gritó uno de los hombres de edad mostrando un pergamino.
Y sin esperar más, emprendieron la marcha a paso rápido. Al poco sintieron crecer la energía, que parecía llegar a ellos en el aire a modo de olas vibrantes, mientras oían a murmullos las voces a coro declamando las frases secretas.
– Estamos llegando -musitó Benjamín.
– Preparaos para combatir a esos seres -advirtió Hugo.
Pero no toparon con ninguno de aquellos entes tenebrosos. Pronto vieron claridad y en el siguiente recodo irrumpieron en una sala que daba a otra mayor, iluminada por teas, y en ella, a sus pies, todo un ejército formado de espaldas.
– Hemos llegado al corazón del laberinto -dijo el rabino-. Ahora es cuando debemos demostrar nuestro valor. ¡Que Adonai nos ayude!
Aquellas figuras en formación estaban poseídas de un extraño temblor y en el otro extremo, en una sala parecida, también elevada sobre la mayor y a la misma altura que la suya, vieron un altar y una cruz con una mujer desnuda en ella. Un grupo de hombres recitaban a coro, a cuatro tiempos, con una fuerza y un poder extraordinarios, una salmodia en hebreo antiguo. Frente al altar, estaba el arzobispo con su casulla de pedrerías y los brazos en cruz.
– ¡Quiera el Señor que no sea demasiado tarde! -exclamó el rabino.
Los más ancianos se agruparon y David Quimhi, después de escuchar con atención a los del otro lado, se puso a recitar rítmicamente otras invocaciones incomprensibles para Hugo. Enseguida se le unieron, a coro, los demás. Sus voces empezaron a subir en volumen y hacían contrapunto a los cuatro tiempos de los contrarios. Pronto, aquel ámbito subterráneo se llenó de resonancias cruzadas y la vibración se hizo insoportable. Los soldados de barro se sacudían más aún, de forma espasmódica, como si un terrible sufrimiento les aquejara.
– ¡Dios mío! -exclamó Hugo, que, preocupado en colocar a su pequeña tropa para la defensa, no se había fijado al llegar en lo que ocurría en la sala más lejana-. ¡Están crucificando a Bruna!
– ¡No vayáis! -dijo Benjamín sujetándolo del codo-. ¡Tenéis que quedaros aquí!
– ¡Venid, ayudadme a rescatar a mi dama! -repuso Hugo sacudiéndose de encima su mano.
– ¿Pero no veis lo que ocurre? -le advirtió el joven Benjamín-. Es el verbo contra el verbo. Es el poder de la creación en lucha. Estamos impidiendo el conjuro, estamos frenando a las almas a punto de poseer los cuerpos. ¡Debemos proteger a los ancianos, que no se les interrumpa! Si fracasamos, la peor de las catástrofes caerá sobre el mundo.
– ¡A mí sólo me importa mi dama!
– ¡Deteneos! Si impedimos los planes del arzobispo, tendréis a vuestra dama. Si triunfa, ella también estará perdida.
Y señalando al otro lado, Benjamín dijo:
– Fijaos.
Berenguer notó de inmediato la disrupción, el contrapunto destructivo que los recién llegados conferían a su cadencia áurea y dio instrucciones a Elie. Éste tomó a la mayor parte de la guardia y corrieron hacia el grupo del rabino David. Los muchachos, con Hugo al frente, se enfrentaron a las tropas del arzobispo mientras los mayores declamaban aquellas terribles frases de fuerza inusitada.
Los oradores del verbo recitaban, como en éxtasis, indiferentes al peligro, mientras que los soldados de Berenguer intentaban matarles y los jóvenes hebreos, con más valor que habilidad, protegerles. De cuando en cuando, uno de los sicarios llegaba a ellos y les hería, incluso derribaba a alguno sobre un charco de su propia sangre, pero, impávidos, los supervivientes continuaban entonando el verbo como si su vida no importara. Hugo vio que tenían las de perder; era el primer combate para la mayoría de aquellos chicos, no aguantarían. Y decidió que, al igual que a los golems, a aquel enemigo había que golpearle en la nuca. Así que gritó:
– ¡A por el arzobispo!
Y empujando a su rival, se abrió paso a golpes de espada, saltó al suelo de la sala mayor y fue corriendo en busca de Berenguer. Elie se dio cuenta del peligro y ordenó a varios de los suyos que le acompañaran en la persecución de Hugo. El plan había funcionado y de momento la lucha en la zona de David y sus rabinos quedó igualada.
94
«Sabed bien que si ellos le vidiessen non escapara de muort.»
[(«Sabed que si ellos le vieran, no saldría vivo.»)]
Poema de Mío Cid
Sumidos en la oscuridad, Guillermo, Renard y Pelet intentaban cubrirse de los golpes que los incansables «hombres oscuros» asestaban. El de Montmorency comprendió que era inútil devolver los tajos, puesto que nunca les alcanzarían donde eran vulnerables, mientras que ellos les podían herir o matar en cualquier envite. Reparó entonces en que ninguno de aquellos engendros había hablado y supuso, por el desacierto de sus golpes, que tampoco veían en la oscuridad. Serían mudos y quizá también sordos. Y si oían, no tenían por qué entender una lengua extranjera como lo era la de oíl.
Así que Guillermo decidió correr el riesgo: -Enfundemos las espadas, que de nada nos sirven, y salgamos de aquí a gatas, con el escudo en la espalda, rápidos para confundirlos, evitando que nos hieran.
– ¿En qué dirección? -preguntó Pelet-. Estoy desorientado.
– En la mía -repuso Renard-. Era la que llevábamos. Encontrémonos a cuarenta pasos de aquí.
Guillermo supo de inmediato que los entes sí oían, puesto que un chorro de chispas muy cercano a su cabeza confirmó que la espada, que había chocado contra un pedernal del muro contra el que se protegía, le buscaba.
El tenue destello le dejo ver que otro de aquellos seres, a la derecha, levantaba su arma para herirle. Rápido, protegido de nuevo por las tinieblas, se lanzó al suelo y esquivó el golpe que, a juzgar por el sonido, debió de impactar en su atacante de la izquierda. Gateando en la dirección en que había oído a Renard e intentando protegerse la espalda con el escudo, dedujo por el estruendo que sus dos agresores se habían enzarzado en una muda, pero estrepitosa batalla entre ellos, creyendo que era a él a quien atacaban. En su carrera a gatas, dio con lo que le parecieron unos pies y rápidamente se hizo a un lado continuando su huida. El sonido casi inmediato del metal contra la piedra del pavimento le indicó que había chocado con otro de los «hombres oscuros». Su carrera se truncó al golpearse contra un muro con tanto vigor que casi, a pesar del casco robado al carcelero, estuvo a punto de perder el conocimiento. Juzgando que el peligro más inmediato había pasado, se levantó consciente de que aquélla era la dirección en la que había oído a Renard. Tanteando la pared, reconoció la orientación del pasadizo y la siguió cauteloso por treinta pasos. Por el barullo que oía atrás, pensó que aquellos seres continuaban con su trifulca y, cubriéndose con su escudo y con su brazo derecho extendido, fue palpando el muro en silencio hasta que topó con algo que se movía. Dando un salto hacia atrás y protegiéndose con su defensa, susurró: