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– ¿Quién sois?

– Pelet -repuso éste en un cuchicheo.

– ¿Y Renard?

– Aquí -oyó a distancia de unos pasos.

– Creo que les hemos despistado -musitó Guillermo, y callando unos momentos para escuchar los ruidos distantes en el túnel, continuó-, pero estamos perdidos.

– Yo no -dijo el ribaldo-. Venid a mi lado y después seguidme. A unos treinta pasos a la derecha tiene que haber un pasadizo.

– ¿Cómo podéis estar tan seguro? -inquirió Guillermo.

– Tengo buen sentido de la orientación y siempre me han fascinado los planos. Lo guardo en mi memoria, señor.

En hilera de ciegos, apoyando la mano en el hombro del de delante, se dejaron guiar por el ribaldo, que tanteaba unas paredes que parecían vivas por un tenue temblor creciente que las sacudía, haciendo que todo el pasadizo retumbara.

– ¿Qué será eso? -se preguntaba Renard.

– No lo sé, pero sospecho que es obra de Berenguer -le contestó Guillermo.

Pero la vibración iba en aumento y, en un recodo, el ribaldo se detuvo vacilante.

– ¿Qué ocurre?

– Estoy intentando recordar. Ese giro del pasadizo no me consta. Esperadme aquí.

Y se puso a palpar las paredes mientras Guillermo se debatía entre la impaciencia de encontrar a Bruna, sus oraciones para que estuviera bien y la inquietud de perderse en aquel lugar tenebroso y nunca más ver la luz del día.

– Probemos a la derecha -dijo Renard.

Y la fila de invidentes se puso de nuevo en marcha. Poco a poco, el aire rancio con olor a moho de las galerías empezó a mostrar un aumento de energía que se transmitía por las paredes y crecía en forma de temblor. Guillermo se dijo que iban en la dirección correcta. Aquello debía de proceder del centro del laberinto. Allí estarían Bruna y el arzobispo. ¿La encontraría con vida?

95

«Emet, Meit.»

[«Verdad, Muere.»)]

Conjuro cabalista

Hugo se dio cuenta de que no podrían resistir el ataque de los hombres del arzobispo y decidió acometerle a él directamente. Como al rey del ajedrez, si le hacía mate, la partida estaba ganada. Librándose de sus adversarios y evitando la escalera de piedra, saltó a la sala mayor, cuyo piso estaba más bajo, y corrió hacia Berenguer. Elie, el mayordomo de éste, comprendiendo sus intenciones, abandonó el ataque para seguirle junto a varios de los suyos.

Mientras, otra batalla se libraba a un nivel muy distinto. Las voces de un extremo hacían contrapunto con las del otro en su rítmico lenguaje secreto de poder, origen de la vibración que lo sumía todo. Era la fuerza del verbo y del contraverbo. Al mismo tiempo, en la sala mayor, la del centro, las figuras de aquel ejército naciente se retorcían cual presas de gran dolor.

Al llegar al otro extremo, Hugo vio arriba, detrás del altar, a Bruna en la cruz y, frente a ésta, al arzobispo. Le pareció que la muchacha tenía los ojos entreabiertos y pidió al cielo que estuviera viva. Contemplar a su amada en esa guisa le enfureció, pero tuvo que contenerse cuando vio que Berenguer estaba protegido por dos soldados de guardia y que Elie le seguía junto a un par más. No tendría la menor posibilidad contra cinco.

Decidió atacar a los hombres barbados que recitaban letanías. Quizá pudiera causar estragos en ellos e interrumpir así la nigromancia, aunque, con sus perseguidores pisándole los talones, apenas podría repartir algunos mandobles antes de que le mataran. Pero llegando a ellos la guardia que protegía al arzobispo, situada, al igual que los barbados, en el plano superior de la sala pequeña de aquel extremo, se apresuró a interceptarle el paso. ¡Estaba perdido! No tenía tiempo para pensar, menos aún para lamentarse, pero sintió una gran pena por el triste final que le esperaba a Bruna por su fracaso. Decidió dar la vuelta y enfrentarse a sus perseguidores. Eran tres contra uno, pero si subía al nivel superior, serían cinco.

Se colocó en el desnivel entre salas, en un lugar sin escaleras para evitar que le rodearan, pero, aun así, Elie y los otros dos empezaron a golpearle mientras él trataba de herir al mayordomo con más audacia que esperanza. Entonces comprendió que su fin había llegado.

Cuando la vibración se convirtió en voces, Guillermo supo que llegaban al centro del laberinto. Estaba angustiado, se habían entretenido demasiado con «los hombres oscuros» y rezaba para llegar a tiempo.

Al fin vieron luz y, primero a tientas y después ya seguros, corrieron hacia el lugar de donde todo partía.

El de Montmorency, espada en mano, tuvo que refrenar su primer impulso de lanzarse a la acción para comprender qué estaba pasando. Era una enorme estancia subterránea donde los hachones iluminaban una escena horrible de cientos de seres, mitad persona, mitad estatua, vestidos, armados y en formación como soldados, retorciéndose y gruñendo en lo que parecía un gran dolor. En los dos extremos del recinto había sendas piezas de las mismas proporciones, más elevadas, más pequeñas, colocadas simétricamente. En ambas, grupos de hombres recitaban letanías incomprensibles en dirección a la estancia central con una cadencia muy particular. Aquél era el origen de la vibración, de la fuerza. Habían entrado cercanos a la sala en la que había un altar y tras él Guillermo vio horrorizado a Bruna crucificada. Allí estaba también el arzobispo Berenguer junto a Sara, contemplando a un guerrero que, de espaldas a la pared, se batía contra tres. El franco reconoció a Hugo y su instinto le dijo que era a él a quien debía ayudar y al grito de: «Por la Dama Ruiseñor», se lanzó, seguido por Renard y Pelet, sobre quienes acosaban al de Mataplana.

Los de Guillermo estaban más bregados en batallas que los soldados de Elie y al primer envite mataron a uno. Fue entonces cuando Berenguer, viéndose en peligro, gritó: