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Al mediodía, el legado papal convocó a los nobles principales en el pabellón de Nevers. Había que acordar el almacenaje, racionamiento y procura de suministros para un asedio que prometía ser largo, y también la estrategia de asalto, ya que Béziers difícilmente sería vencida por hambre y, dada la proximidad del río que discurría a los pies de los muros oeste de la villa, tampoco por sed.

– La única zona vulnerable es la oeste -afirmó el conde de Nevers. Y un murmullo aprobatorio demostró el acuerdo unánime-. En todos los demás puntos la altura es tanta que nuestras máquinas de asalto y arqueros estarían muy en desventaja frente a sus ballestas, catapultas y petrarias.

– Debiéramos construir unas empalizadas detrás del riachuelo de San Antonio para proteger el campamento -comentó el conde de Saint Pol.

– Pues yo pienso que, en lugar de fortificarnos temiendo sus ataques, debiéramos ser nosotros quienes iniciáramos el primer asalto mañana mismo, una vez esté el campamento montado -argumentó Simón de Montfort-. Cada día que pase será una victoria suya.

Después de un largo debate, los nobles acordaron proteger con empalizada sólo a las máquinas de guerra, que el día siguiente se montarían frente a la ciudad, e iniciar el primer asalto lo antes posible usando a los ribaldos y mercenarios como fuerza de choque.

Los primos habían logrado colarse en la reunión, tras Simón de Montfort, temiendo en un principio que los grandes nobles cuestionaran su presencia. Como nadie les llamó la atención, se iban sintiendo más y más satisfechos, ya que establecían el derecho a participar en los consejos de guerra futuros al igual que los caballeros importantes. Pero no tentaron su suerte hablando a la asamblea; no tenían prestigio para ello y esa audacia les hubiera costado la expulsión. Lo observaban todo con grandes ojos, pero disimularon su entusiasmo. Guillermo se fijó en el conde de Tolosa. No intervenía en el debate y se preguntó cómo se debía de sentir aquel individuo, recuperándose aún de los azotes que un mes antes recibió en sus espaldas, guiando a los cruzados a través de las tierras de su sobrino, contra sus propias gentes.

– El obispo Reginald de Béziers les ofreció a los biterrois salvar sus vidas si abrían las puertas de la ciudad y nos entregaban a los herejes -dijo Arnaldo, el abad del Císter, levantándose de pronto cuando el debate decaía.

Hasta aquel momento no había dicho nada y aparentaba no importarle las discusiones militares. Estaba sumido en sus pensamientos y al hablar lo hizo con voz potente. Su tono e inflexiones eran proféticos.

– Se negaron a recibir la caridad de la Iglesia de Roma, burlándose de su obispo. No respetan el mensaje de Cristo y yo digo que hay que darles una lección para que todos en Occitania aprendan. Quien se resista a nuestra cruzada sucumbirá.

El silencio era total y Arnaldo calló mientras recorría con su mirada los rostros de los nobles principales. Nadie habló.

– Cuando tomemos la ciudad, se pasará por la espada a todos sus habitantes. ¡Dios lo quiere! -hizo otra pausa-. Así aprenderán los orgullosos occitanos a rendir sus ciudades sin resistencia al negotium pacis et fidei. Ciudad que se resista será exterminada.

– Pero, abad -objetó el duque de Borgoña-, nos consta que la gran mayoría de los biterrois son buenos católicos.

– Es imposible distinguir católicos de herejes -dijo el conde de Nevers.

– Matadlos a todos -repuso de inmediato Arnaldo-. Dios sabrá escoger a los suyos en el cielo.

Un denso silencio rubricó sus palabras.

23

«Ar'aujatz que fazian aquesta gens vilana, ab lors penoncels blancs que agro de vil tela van corren per la ost cridan en auta aleña.»

[(«Escuchad lo que aquellos villanos hicieron,

pues con pendones blancos hechos de basta tela,

corriendo y gritando a acometer a la hueste salieron.»)]

Cantar de la cruzada, 11-18

Béziers, 22 de junio, día de la Magdalena

Nunca olvidaré el día de nuestra muerte. Esas imágenes ensangrentadas vuelven, regresan una y otra vez. El asalto, la barbarie, los gritos…, los gritos resuenan aún en mis pesadillas, y cuando las luces de aquel día ignominioso se apagaron, Bruna de Béziers y su padre habían dejado de existir. Junto a ellos murió un mundo de flores, de música, de canto y una hermosa ciudad, con todos sus habitantes masacrados en su interior.

– ¡Mirad, mirad cómo los nuestros les dan su merecido a los franceses! -gritó un mozalbete.

Nuestra casa se elevaba por encima de los muros de la villa y al oír los gritos me precipité a una de las ventanas desde donde se veía el riachuelo de San Antón y, pasado éste, el llano donde los trancos plantaban su amenazante enjambre de miles de tiendas.

Sobre el puente que cruza el arroyo y conduce a la puerta principal de Béziers, unos muchachos de la ciudad golpeaban a un par de aquellos zarrapastrosos descalzos de la chusma franca.

– ¡Dadles, dadles! -azuzaba el gritón desde los parapetos de los muros de la villa-. ¡Así sabrán quiénes somos!

¡Qué locos!, pensé. Hasta yo podía comprender que aquello no traería nada bueno. ¿Cómo osaban salir aquellos jovenzuelos? Seguro que mi padre lo ignoraba, él lo hubiera impedido y maldije a los indisciplinados y arrogantes burgueses de la ciudad. Pero los muros se llenaron de gente que vitoreaba y azuzaba a los de abajo.

– ¡Regresad! -enseguida identifiqué la voz de mi padre, que avanzaba por la cimera de la muralla, imponiéndose al tumulto-. ¡De inmediato! ¡Nos ponéis a todos en peligro!

Aquellos sucios provocadores francos, mostrando sus traseros y a base de los insultos más soeces, habían logrado lo que las buenas palabras del obispo, primero, y sus amenazas de muerte, después, no consiguieron: abrir las puertas. Con su arrogancia estúpida un grupo de nuestros jóvenes habían decidido dar un escarmiento a los fanfarrones del otro campo y salieron a todo correr a por ellos, con unos pendones blancos que improvisaron con tela basta, lanzas y palos, mientras aullaban a todo pulmón, creyendo así asustarlos como a gorriones en los labrantíos.

Aquellos locos, acercándose peligrosamente al campo cruzado, alcanzaron a un par de ribaldos y, animados por el griterío de la gente desde los muros de la ciudad, vapulearon a los infelices lanzándoles al arroyo. Pero cuando se percataron del movimiento de la chusma en la otra orilla, ya era tarde. El llamado Rey Ribaldo, que quizá lo había planeado todo, azuzaba a sus huestes al ataque. A todo correr, una masa ingente de hombres descalzos, harapientos y medio desnudos, armados sólo de cachiporras y palos afilados a modo de lanza, se lanzó a toda velocidad sobre el puente. Pero había muchos más escondidos entre las matas de las márgenes del arroyo que surgieron vociferando. Nuestros muchachos empezaron a correr hacia la puerta entreabierta buscando su salvación.