– Si llegamos a tiempo de encontrar a uno vivo -repuso Guillermo.
Se dieron prisa y al llegar a la puerta de Saint Guilhem lograron franquearse el paso entre los infantes gracias a que, espoleando los caballos, éstos se pusieron a dos manos, intimidando a los de a pie. Sus escuderos les seguían con dificultad, pero los peones de su mesnada, capitaneados por los sargentos, quedaron atrás entre la soldadesca que a empellones intentaba entrar.
– ¡Al castillo del vizconde! -les ordenó Amaury de Montfort antes de dejar atrás a los suyos.
Nadie les acosaba desde las almenas de la muralla y las señales de la batalla con la que se forzó la entrada estaban a la vista. Los cadáveres se amontonaban, sólo cruzar el umbral de la ciudad, en medio de la calle, impidiendo la total apertura de las puertas, sin que nadie se hubiera preocupado de apartarlos del paso. Los de los ribaldos se distinguían por su miserable indumento y muchos estaban erizados de saetas, mientras que los cadáveres defensores lucían ropas caras y aparecían machacados por las garrotas de sus burdos vencedores.
– ¡Vamos, vamos! -gritaba Amaury-. Debemos llegar a la casa fortaleza del senescal antes que estos haraganes.
Conforme se adentraban en las calles, vieron los primeros pillajes. Grupos de ribaldos se habían desentendido del trabajo pendiente para saquear las ricas casas de los mercaderes. Un grupo discutía por unas valiosas piezas de tela mientras que otros habían sacado unas barricas a la calle y se alegraban trasgueando vino.
Aún se resistía en algunas de las casas de la siguiente bocacalle. Un grupo usaba unas vigas de madera a guisa de ariete para derribar la puerta de un caserón mientras que desde las ventanas unas mujeres arrojaban piedras y enseres sobre los asaltantes. Éstos gritaban que las quemarían por herejes y alguno aullaba de dolor al ser alcanzado por un objeto. El chasquido de la madera quebrándose anunciaba el principio del fin de la resistencia, mientras una de las mujeres, alcanzada por un dardo de los asaltantes, chillaba, ocultándose en el interior.
Determinados a conseguir las cabezas que el abad del Císter tanto deseaba, los primos continuaron sin que les importara el final anunciado de ese lance, aunque no pudieron eludir tirar del freno de sus monturas en la siguiente escena.
Primero creyeron ver algo cayendo desde el segundo piso de una de las viviendas de aquel tramo de calle. La turba había formado corro y coreaban una canción obscena mientras desde dentro se oían chillidos de desgarro. Al aproximarse, el llanto de un bebé, al ser lanzado por la ventana, destacó por encima del bullicio. Guillermo no pudo evitar sentir un escalofrío cuando el impacto contra el suelo terminó con los lloros del pequeño. Vieron que en el espacio abierto por la chusma yacían ya varios defenestrados. Los hombres de abajo aullaron cuando en una de las ventanas se perfiló el cuerpo joven y desnudo de una muchacha. Sería la madre y gritaba que dejaran en paz a un chiquillo de unos dos años, descompuesto en llanto de terror, al que pretendía amparar. Su cuerpo blanco y redondeado demostraba que vivía protegida del sol y bien alimentada, al contrario que las caras curtidas de los ribaldos que la acosaban. Guillermo se sintió muy cercano a la muchacha, que le recordaba a su hermana, y sus tripas se retorcieron en odio y asco hacia los desarrapados que la hostigaban.
¡Cómo se atrevían aquellos miserables! Para el muchacho aquello era subvertir el orden divino de las castas; ni en una guerra se podía permitir que la chusma atacara a sus superiores. Ni aun siendo herejes.
La lucha arriba se decidió inevitablemente cuando un tipo de risa desdentada lanzó al crío, chillando, al vacío. Y de inmediato, sin que la pudieran detener, la hermosa mujer desnuda, sin duda la madre, saltó en pos del niño, como queriendo alcanzarlo en su vuelo, protegerlo en su último instante.
Guillermo de Montmorency se santiguó y murmuró una plegaria, mientras las lágrimas inundaban sus ojos. Su corazón de guerrero se había encogido y apenas podía contener los sollozos. Y cuando oyó a la chusma especular, en su miserable argot que destrozaba la lengua de oíl, si los de arriba habrían tenido tiempo de violar a la muchacha o si ésta se les habría escapado intocada, sintió deseos de cargar contra ellos a mandobles.
– Vamos, antes de que se nos escape la Dama Ruiseñor -le dijo a su primo Amaury, para evitar la tentación.
Éste contemplaba, desde la altura que le aseguraba su montura, fascinado, los cuerpos en el suelo. Guillermo evitó mirarle a los ojos para no delatar su emoción, pero quiso dejarle algo claro:
– Cuando la matemos, será a golpe de espada. Sin humillación, con respeto.
– ¿No quedaría mejor si la degollamos con una daga? -interrogó su primo.
– No lo sé -repuso Guillermo dubitativo-. Nunca me enseñaron cómo se asesina a una dama.
25
«Li borzes de la vila viro.ls crozatz venir,
e lo rei deis arlotz que los vai envazir
e.ls truans els fossatz de totas pertz salhir.»
[(«Los burgueses de la villa ya ven los cruzados llegar
y al Rey Ribaldo que les viene a invadir
y a los truhanes, por todos lados, los fosos saltar.»)]
Cantar de la cruzada, II-20
El espectáculo desde la torre era aterrador. Los defensores de la puerta de Saint Guilhem habían sido superados y los asaltantes, miles de ellos, como un gigantesco ejército de hormigas, se lanzaban a los fosos, trepaban por las murallas, venían por todos los lados a la vez.
Supe que la ciudad estaba perdida y también sus habitantes. Abrazada a mi prima, sollozando, comprendí que los augurios de Sara se cumplirían. Y recordé las enigmáticas palabras que me susurró al oído mientras mi ama tiraba de mí, la última vez que nos vimos: «Cortad vuestro pelo, vestiros de acero».
Ahora comprendía lo que días antes fui incapaz de entender; «como un muchacho», pensé entonces, y me dije que si fuera un chico estaría luchando al lado de mi padre, la persona a quien yo más quería.
Mi único hermano murió a los trece años de una mala caída de su montura. Quizá por eso mi padre me trataba a veces como al hijo que perdió. Siempre estuvimos muy unidos y, al ser el jefe militar de Béziers, jugaba conmigo frecuentemente con armas. También le acompañaba a cazar y él insistía en que fuera yo misma quien preparara mi montura y cuidara del caballo. Sentí unos deseos incontenibles de verle por última vez, abrazarle antes de morir, de hacerme perdonar mis impertinencias, de estar con él cuando la turba cayera sobre nosotros.
Bajé corriendo de la torre y me encontré que mi ama nos esperaba, retorciéndose las manos angustiada.