– Dios esté con vosotros, hermanos. ¿Qué deseáis?
Guillermo se irguió orgulloso en su caballo.
– Quiero ver al abad de inmediato -repuso también en latín-. Traigo un salvoconducto del abad del Císter y legado papal, Arnaldo Amalric.
Esto pareció impresionar a los del otro lado de la puerta; no en vano, Arnaldo era la máxima autoridad de su Orden.
– Aguardad un momento, por favor.
– ¿Qué deseáis de nosotros, maese Guillermo? -interrogó el abad, servicial pero cauto. Era un hombre de mediana edad, entrado en carnes y que vestía hábito largo como correspondía a su origen noble.
– Estoy buscando unos documentos que vuestro antecesor, en su calidad de legado papal, custodiaba cuando lo asesinaron. Los sicarios se los llevaron.
– ¡La herencia del diablo! -exclamó el abad.
– ¿La herencia del diablo? -se extrañó Guillermo.
– Si, así llamamos a lo que cargaba la séptima mula.
– Y ¿en qué consiste?
– No sé más -repuso el abad-. Sólo conozco detalles de lo ocurrido. Varios de nuestros monjes acompañaban al beato Peyre cuando fue asaltado.
– Quisiera entrevistarles.
– Se remitió un informe a nuestro abad general Arnaldo y otro al Papa.
– Ya los leí. Ahora quiero hablar con ellos.
– El abad Peyre se hizo acompañar por frailes conversos que conocieran el uso de las armas. Son antiguos soldados que apenas entienden algunas palabras en latín. Yo os traduciré.
– Gracias, abad, prefiero que lo haga mi paje; él habla oc. Quiero interrogarles a solas.
Fray Benet no ocultó que antes de «retirarse del siglo» había sido soldado de fortuna, aunque ésta no le hubiera sonreído en demasiadas ocasiones, pero sí las suficientes para conservar su pellejo, y con eso le bastaba. Con casi cuarenta años se sentía bastante mejor en un convento rezando a Dios que en el campo de batalla acuchillando al prójimo, con riesgo de viceversa. Por lo tanto, había escogido una vida santa, pero larga, frente a otra impía y corta. Ya no tenía edad para eso.
Era un tipo aún musculoso, nervudo, un filósofo del pueblo cargado de ironía. Socarrón, acogió con regocijo disimulado a aquel joven que necesitaba un traductor y que blandía un pergamino, en el que el fraile no dudaba pondría cosas muy importantes, aunque él no las supiera leer, lo cual no le preocupaba en absoluto puesto que nadie se dignaba a escribirle.
Cuando supo que le quería interrogar sobre Peyre de Castelnou, repuso que antes rezaría por el alma del santo abad. Sin darnos tiempo a responder, se cubrió la cabeza con la capucha, puso sus rodillas desnudas en el suelo, ya que vestía hábito corto, y recitó por lo bajo unas salmodias ininteligibles. Eso nos obligó a nosotros a bajar la cabeza y a rezar lo primero que se nos ocurrió.
– Ese hombre es un cateto absoluto -comentó sin disimular su desprecio Guillermo cuando el fraile terminó sus plegarias-. Dile que, si el abad es santo, no tenemos que rezar por su alma, ya que estará en el cielo; más bien habrá que pedirle que él interceda por nosotros.
Hice la traducción, sólo de la segunda parte del comentario, y Benet se encogió de hombros con una sonrisa enigmática. Intercambiamos una mirada con Guillermo y le comenté en oíclass="underline"
– Creo que ya sabe eso.
– Luego cuestiona el primer supuesto -concluyó repentinamente interesado el franco-. Dile que nos cuente cómo era el abad.
Pero Benet dijo que llevaba hábito de verano y que sentía frío en el claustro de la abadía hundida en aquel escarpado valle, sin sol ya, y pidió que saliéramos al exterior. Guillermo, que había observado miradas recelosas del fraile, pensó que el temor a ser oído habría contenido la locuacidad del hombre y aceptó encantado.
Subimos por un caminillo serpenteante que nos condujo por la ladera del monte hasta un pinar iluminado por el sol de la tarde. Desde aquella altura se divisaba a nuestros pies, hundida, toda la abadía y, una vez Benet comprobó que estábamos completamente solos, se sentó satisfecho en una piedra. Nosotros le imitamos y, al ver que sin ninguna preocupación el hombre exponía sus partes pudendas, que su corto hábito descubría al calorcillo del sol, decidí discretamente cambiar de asiento.
Estaba escandalizada; los verdaderos frailes, los nobles, apenas mostraban sus manos y cara. Aquel hombre era un impío que quizá buscara provocarnos.
– Dice que quiere saber por qué preguntáis, a quién se lo vais a contar y quién hará uso de lo que él diga -traduje para Guillermo.
Éste me hizo responder que el abad del Císter deseaba encontrar la carga de la séptima mula y que él no tenía por qué repetir a nadie lo que nos dijera.
– Prometedlo por la salvación de vuestras almas -disparó el fraile cuando oyó eso.
Guillermo estaba tan ansioso por saber lo que el hombre nos quería contar que me hizo prometer a mí también cuando él lo hizo.
– El abad Peyre odiaba al conde de Tolosa por las disputas que mantenían a causa de las rentas y beneficios que según él pertenecían al monasterio y que le arrebataba. También decía que el conde era un hereje, que protegía a los judíos y que quería destruir a la Iglesia católica -soltó Benet con las ganas de quien se había contenido por mucho tiempo-. Tenía mal genio y, cuando se enfadaba, descargaba su vara en las espaldas de los frailes conversos.
– Entonces, el conde de Tolosa se cansó de él y lo hizo asesinar -repuso Guillermo-. Defendía a la Iglesia de Roma y murió mártir. Es un santo.
Yo me cuidé bien de traducir con énfasis lo último, sabía que mi amo quería provocar al monje. Yo disfrutaba aquello; allí había gato encerrado y me picaba la curiosidad.
– Si es santo, le harán patrón de los vareadores -repuso Benet con su sorna meridional-. Y su primer milagro sería que precisamente el conde de Tolosa le hiciera mártir a él gracias a verdugos franceses.
– ¿Qué? -exclamó Guillermo.
La sonrisa del monje demostró la satisfacción que le causaba la sorpresa del joven y abrió y cerró las piernas golpeándose las rodillas una con otra, aireando aquello que tanto le gustaba mostrar, en señal de regocijo.
– Que he recorrido Occitania, desde la Aquitania a Montpellier y desde Albí a Narbona, esquilmando a campesinos y arrieros con los impuestos, primero, de nobles, en especial del conde de Tolosa, y después, de obispos y abades, por cuya gracia conseguí este santo retiro y conozco todos los acentos con los que las gentes de aquí se lamentan al pagar. Ellos no eran de los nuestros. Eran francos.