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– ¿Pero qué contienen esos documentos?

– La obra del diablo.

– ¿Qué dicen?

– La mayor de las herejías.

– ¿Cátaros?

El abad Arnaldo rió de mala gana.

– ¡No! -exclamó después-. Es mucho más peligrosa; es una variante de la herejía arriana -y el legado bajó la voz para continuar- y esos documentos pretender demostrar, dar legitimidad escrita, a esas ideas diabólicas.

– Los arríanos niegan la consustancialidad del Hijo y el Padre.

– ¡Exacto! -el abad volvió a levantar su voz-. Consideran a Cristo superior a un profeta mortal, pero sin alcanzar la divinidad. Y eso les iguala a judíos y mahometanos. Lo que hace única nuestra fe es la divinidad de Jesucristo, su muerte física en la cruz, su resurrección y ascensión a los cielos. Occitania es tierra de arrianos, siempre lo ha sido. Béziers fue incluso sede de concilio herético. La lucha contra ellos ha sido constante en estos lugares y esa herejía del diablo siempre vuelve a rebrotar. Ése es el verdadero peligro y es por ello que debéis recuperar esos documentos, ya que con ellos Trencavel y los demás conjurados quieren destruir nuestra Iglesia. Id a ver al templario Aymeric y averiguad dónde los oculta. Hacedle entrar en razón. Si no lo hace por las buenas, lo hará muy a su pesar.

– Dejadme unos días para ver el final del sitio -suplicó Guillermo.

– Carcasona caerá muy pronto -afirmó el abad-. Sin el apoyo del rey de Aragón, nada pueden hacer. Cuando tomemos el burgo de San Vicente, nos limitaremos a esperar. Con este calor y sin agua se rendirán en pocos días.

– Cuando caiga el burgo, saldré para Douzens.

– Recordad, Guillermo, cuan importante es vuestra misión -dijo solemnemente el abad-. Os confiaré un secreto.

El legado bajó la voz y Guillermo se acercó para oír la confidencia.

– Aunque la cruzada es contra los cátaros, su fin último es otro. El joven contuvo el aliento a la espera de la revelación. -El objetivo es recuperar esos legajos del diablo y acabar con los nobles y eclesiásticos que están tras ese complot arriano que pretende destruir nuestra Iglesia. Ese peligro es cien veces mayor que el de los cátaros. Id, hablad al templario Aymeric en mi nombre, que es el del Papa, y que os diga dónde están los documentos. Tenéis mi autoridad.

Guillermo se despidió ofreciendo todas las muestras de respeto y sumisión que el legado esperaba, pero se dijo que forzosamente tenía que haber mucho más en aquellos documentos de lo que el abad le contó. Arnaldo continuaba ocultándole información.

Aquella noche no pudo dormir bien. ¡Qué terrible sería la carga de la séptima mula! Recordaba la sangre de Béziers y sabía que la carnicería sólo había empezado. ¿Cuántas muertes se precisaban para acallar al diablo?

43

«Bien salieron den ciento que non parecen mal, en buenos cavallos a cuberturas de cendales e en las manos lancas que pendones traen.»

[(«Cien caballeros partieron que no lucían mal,

portando lanzas que ondeaban sus pendones

en buenos caballos con gualdrapas de cendal.»)]

Poema de Mío Cid

La cabalgata de los cien caballeros engalanados con gallardetes y oriflamas regresó tan triste como el Rey al que escoltaba. La ruta hacia Cataluña se hizo por el camino de Narbona, entre largos silencios.

Pedro lo había intentado todo, traspasando incluso el límite de su propia honra, para salvar a su vasallo, el vizconde, y había fracasado. Su corazón le pidió incluso suplicar: casi lo hizo, pero la convicción de la inutilidad del intento se lo prohibió. Sentía una profunda frustración por no haber podido hacer más por su gentil vasallo, el vizconde Trencavel.

Si bien reprochó en público al vizconde no haber complacido a los legados papales, sabía que la actitud despreocupada y generosa de éste con sus vasallos, incluida la permisividad religiosa, era la propia de su ideal caballeresco. Además, la dureza del legado papal había sido excesiva y desproporcionada en opinión del Rey. Rayaba en el insulto personal. Aunque no debiera haber esperado mucho más de Arnaldo, al que bien conocía del tiempo en que fue abad de Poblet.

Hugo de Mataplana se sentía mucho peor. En las noches, tendido mirando las estrellas, en las nubes del cielo diurno, en el agua del río, en todos los lugares veía los ojos verdes y la melena negra de aquella damita que le enamoró. Recordaba su risa, el tañer de su vihuela, la voz con la que cantaba, su mirada picara, su determinación en hacerle a él su caballero y la audacia con la que lo consiguió.

Si al principio sólo era desdén lo que le producían aquellas gentes altaneras venidas del norte que, luciendo cruces en el pecho, destrozaban la civilización occitana, ese sentimiento se había convertido en algo sólido que le oprimía la boca del estómago, como si se hubiera tragado una piedra y la tuviera clavada justo allí.

Su corazón estaba en duelo por su dama y aquella pena se transmutaba en un odio feroz hacia los cruzados que crecía por momentos. Apretaba los puños con rabia al pensar en ellos, y sus ojos se humedecían al hacerlo en ella. Aquéllos eran motivos más que suficientes para que Hugo consagrara su vida a luchar contra los invasores, pero había más…

La forma en que el abad del Císter trató a su señor, el Rey, la certeza de la ruina de Carcasona y la muerte inevitable de su amigo el vizconde exasperaban hasta el límite ese sentimiento desesperado que le hacía enloquecer de rencor. E impotencia.

Al segundo día de camino, por la mañana, no pudo resistir más. Puso, entonces, su montura junto a la de Pedro II y le abordó sin ningún protocolo, con la confianza de un compañero de armas.

– Formemos un ejército, mi señor -le dijo-. Vayamos al socorro de vuestros vasallos. Entremos en guerra contra los cruzados. Pongo a vuestra disposición mi herencia de Mataplana.

El Rey, que contra su natural expansivo se había mantenido extrañamente callado desde la salida de Carcasona mostrando disgusto y rencor, le miró con sonrisa triste.

– Bien quisiera poder hacer lo que decís, Huget. -Pedro usaba el diminutivo cariñoso que se aplicaba al heredero de los Mataplana-, pero como rey de Aragón y conde soberano de Barcelona, debo responder a razones de Estado y no a lo que dictan mis sentimientos.