– Una carta del abad Arnaldo Amalric, el legado papal -murmuró como hablando para sí mismo-, y me pide que os preste toda la ayuda que preciséis en vuestra investigación.
El comendador calló esperando la respuesta de Guillermo. Era enjuto y vestía un simple hábito blanco con una cruz roja sobre el corazón. Su pelo gris, corto, igual que la barba, le daba un aspecto anciano que contrastaba con la firmeza de sus ojos.
– Así es -repuso Guillermo, ufano a causa de la autoridad que el documento le confería.
Había hecho el camino de buen humor. Después de las dos entrevistas con el legado papal parecía que todas sus reservas morales sobre la cruzada y sus matanzas se habían disipado. Algo del mesianismo del abad Arnaldo se había instalado en él.
– Cerca de donde el legado papal Peyre de Castelnou fue asesinado aparecieron pisadas de herraduras -continuó mi amo-. Algunas tenían una marca muy característica: la cruz patada, signo de caballos del Temple. Tengo razones para creer que pertenecían a la zona de Carcasona y Béziers, cuya principal encomienda es la vuestra, la de Douzens. Los asesinos arrebataron al legado unos documentos heréticos y parece que poco después vuestros caballeros templarios atacaron a éstos y se los quitaron. Mi misión es recuperarlos para el abad del Císter. La vuestra es informarme de todo lo que sepáis. ¿Están esos escritos en la encomienda?
– Mi misión es informaros de todo lo que sé… -el comendador repitió la frase de Guillermo, ponderándola, paladeándola, y se quedó en silencio-. ¿Y quién dice eso? -tronó después de unos instantes-. ¿Por qué he de ayudaros?
Fue entonces cuando Guillermo se quedó atónito. No se le había ocurrido pensar que el templario podía objetar la autoridad del abad Arnaldo.
– Porque son las órdenes del legado que representa al Papa, y el Temple obedece directamente al Papa -repuso, ahora cuidadoso-. Por lo tanto, debéis obedecer a Arnaldo, y a mí, que lo represento.
– ¿Que os debo obedecer? ¿De dónde sacáis tal estupidez?
– Del documento que acabáis de leer. Habéis reconocido los sellos, conocéis al legado papal. Debéis obediencia al Papa y a su legado Arnaldo.
– Cierto que obedezco al Papa, pero antes al Ser Supremo -repuso el templario-. Mi alma pertenece a Dios y en ella leo sus designios. Además, sin duda el Papa debe de ignorar las atrocidades que esta matanza, que esa indignidad, a la que os atrevéis a llamar cruzada, representa.
– Esto es herejía gnóstica. Es antes el Papa y la ortodoxia de la Iglesia que vuestro pensamiento. Les debéis obediencia y habéis profesado vuestros votos ante Dios. ¡Acatad la orden!
La tensión era tal que yo hubiera deseado estar muy lejos de allí. Me encogía en el banco de piedra y me admiraba de la arrogancia, del descaro de Guillermo enfrentándose al viejo maestre.
– Y no me digáis que a vuestra alma le habla Dios -prosiguió al rato Guillermo, rompiendo el incómodo silencio en el que se había sumido el templario, que no dejaba de mirarle con sus ojos ardientes como ascuas-. Si desobedecéis al Papa, vuestra alma no está hablando a Dios, sino al diablo.
– ¿El diablo? -clamó en un grito el comendador, y se levantó de un salto sin apenas contener su furia-. El diablo está allí donde matáis a mujeres, a niños indefensos, a buenos católicos, donde robáis, donde quemáis y torturáis. Allí habita el diablo, con vosotros. Vosotros avergonzáis el nombre de cruzado, vosotros sois el ejército de Satanás.
– Ahora habláis como he oído que hablan los herejes cátaros -le espetó Guillermo, y se levantó él también y alzando aún más su voz. Pude ver que era más alto que su oponente-. ¿Estaréis también contaminado vos? Por última vez, en nombre del legado papal, en nombre del Papa y de Dios, por la autoridad que este documento me otorga, os ordeno que, como hombre de la Iglesia que sois, me obedezcáis. Os lo requiero por la salvación de vuestra alma.
El viejo se le quedó mirando atónito, sin gesto agresivo. De repente, su mirada dura se había disipado, parecía abatido, sorprendido.
– ¿La salvación de mi alma? -murmuró pensativo desviando por primera vez la mirada de los ojos de su oponente.
Guillermo se hinchó más aún presintiendo la victoria.
– ¿Me vais a obedecer? -inquirió.
– ¿Cómo podéis ser tan joven, arrogante y estúpido? -dijo el comendador en voz baja sentándose de nuevo en el banco. Parecía cansado.
– Decid sí o no.
El comendador Aymeric humilló su cabeza tonsurada, y mirando al suelo, guardó un largo silencio.
– Venid a verme esta noche después de vísperas; recibiréis lo que buscáis -dijo al fin-. Daré órdenes para que se os acomode en la encomienda. Durante la espera, no comeréis ni rezaréis junto a la comunidad. La comida se os servirá en vuestros aposentos.
Y desapareció tras la puerta del refectorio.
46
«Dies irae, dies illa, solvent saeclum in f a villa.»
[(«El día de la ira será un día que reducirá el mundo a cenizas.»)]
Dies irae
Cómo osasteis hablarle así al comendador? -le espeté a Guillermo tan pronto nos hubieron acompañado a la austera celda en la que nos alojaron y que por todo mobiliario sólo tenía dos camastros de paja.
Él, obviamente ufano de su actuación frente al templario, me miró sorprendido antes de responder:
– ¿Qué me quieres decir con eso?
– El comendador es uno de los más valientes caballeros occitanos, cruzado en Tierra Santa al servicio del Temple, sus hazañas son leyenda en el vizcondado de Carcasona.
– Y a mí, ¿qué me importa eso? -repuso Guillermo irritado.
– Participó en muchas batallas. Cuentan que en una ocasión un grupo de caballeros del Temple fueron atacados por un ejército de cientos de mahometanos y que todos murieron sin pedir tregua ni clemencia. El maestre fue el último de ellos, luchando, a pesar de sus graves heridas, sobre los cadáveres de sus compañeros y, como no podían con él cuerpo a cuerpo, los musulmanes precisaron de los arqueros para derribarle. Asombrado, el propio Saladino le envió a su médico para salvarle la vida y, cuando se recuperó, quiso conocerle. Los templarios no pagan rescate por sus prisioneros y al no tener los frailes valor económico y ser muy peligrosos para sus captores, son decapitados casi de inmediato. No fue ése el destino de Aymeric de Canet, ya que Saladino, admirado no sólo por su valor, sino por su espíritu, hizo que lo liberaran. Hace poco regresó, demasiado viejo para la lucha en Tierra Santa, y se hizo cargo de esta encomienda, la principal del vizcondado. Es un hombre venerado en esta tierra.