¿Qué fue lo que gritó? Pedía piedad por él. ¿La pedía al comendador o a Dios? No importaba, en ese momento para él Aymeric representaba a Dios, al dios del castigo y su mirada dura era la que él merecía.
Fue a raíz del grito, de que su buena obra contara, cuando Dios abandonó el aspecto del templario y le salvó. Recordaba que entonces el comendador exclamó un nombre de mujer: Bruna, precisamente.
¡Qué casualidad!, Bruna… ¿Como Bruna de Béziers, la Dama Ruiseñor? La dama que él y su primo buscaban para matar y que por fortuna no encontraron. De haber cumplido su ignominiosa misión, su alma se habría condenado irremisiblemente en el juicio de Dios. Nadie escapó de Béziers una vez iniciado el asalto y, por fortuna, esa Bruna estaba muerta sin que él y su primo se mancharan las manos de sangre. Fue una suerte.
Pero… ¿y el grito? Era una voz femenina. Ahora lo recordaba perfectamente. Y vino desde un lugar donde el único que podía haberlo proferido era Pierre…
¿Era Pierre un ángel, como había imaginado en su desvarío? ¿O era…?
Guillermo se levantó procurando no hacer ruido para no despertar al chico y se le acercó cuidadoso. Estaba acurrucado, hecho un ovillo, en posición fetal, pero con cautela extendió su mano y metiéndola por debajo del escaso escote de aquella malla de hierro que el muchacho siempre llevaba y de la camisa de lana, se encontró… ¡con un pecho femenino! Su tamaño no era excesivo, pero estaba perfectamente formado. Guillermo se detuvo un momento, lo palpó suavemente, ponderando su calor y disfrutó del contacto. Después apartó la mano como si se hubiera quemado. ¡Pierre era una mujer!
50
«Oro supplex et acclinis, cor contritum quasi cinis.»
[(«Te ruego, suplicante y de rodillas, el corazón arrepentido y casi en cenizas.»)]
Dies irae
Cuando me despertaron sacudiéndome, pensé por unos instantes que todo había sido una pesadilla. Los rostros de los frailes eran adustos y nos trataron sin contemplaciones.
– Salid ya de aquí -dijo el que mandaba-. El comendador dejó ordenado que si moría, no os hiciéramos daño y que os diéramos hospitalidad hasta la mañana. El plazo ha terminado. En mala hora llegasteis, idos de una vez y jamás regreséis.
Vi que Guillermo recogía sus cosas en silencio, sin oponer resistencia. Su falta de arrogancia me sorprendió, contribuyendo a mi sensación de irrealidad, pero era evidente que todo había ocurrido tal como lo recordaba. El mayor héroe de Occitania, la última persona que me unía a un pasado feliz, había muerto combatiendo contra un rufián. No había esperanza para nuestra gente, no la había para mí.
Nos detuvimos a sólo media hora de camino del caserío templario en un prado a orillas del río que se remansaba en ese lugar.
Guillermo me ayudó a desensillar los caballos, tal como hizo al ensillarlos cuando salimos de la encomienda. Los templarios habían cumplido sin ningún entusiasmo las instrucciones de Aymeric. Habían llenado nuestro zurrón para el viaje y Guillermo me ofreció pan y queso, invitándome a comer con él. Yo me negué, no tenía hambre. En su cara se marcaban las ojeras por la falta de sueño y su gesto era de abatimiento; su prepotencia del día anterior había desaparecido.
Estuvo comiendo sentado en una roca mientras me observaba. Yo desviaba la mirada hacia el río.
– Yo no quería matarle -dijo al rato con la boca llena-. Teníais razón, no debí hablarle de forma tan insolente. Él era mucho mejor que yo.
Le miré sin dar crédito a lo que oía.
– Él ganó y sólo vuestro grito me salvó de la muerte. Actué por instinto cuando le clavé la espada, pero Dios me había declarado culpable. El infierno era mi destino y gracias a vos, por vuestra intercesión, el Señor me ha dado otra oportunidad.
Yo estaba sentada apoyándome en un árbol y al agitarme, sorprendida por lo que oía, mi cuerpo magullado me recordó los golpes que él me había propinado el día anterior.
No dije nada y mi amo continuó comiendo en silencio por un rato. Yo cerré los ojos intentando borrar con ello mis recuerdos y me concentré en el canto de los pájaros y los bufidos de los caballos.
– Eres mujer, ¿verdad? -interrogó al cabo de un largo tiempo de mutismo pensativo.
No dije nada, pero sin abrir los ojos afirmé con la cabeza. Volvió el silencio.
– ¿Quién eres?
Yo estaba esperando la pregunta y demoré un rato la respuesta:
– Bruna de Béziers -repuse al fin, mirándole directamente a los ojos y levantando la barbilla, sacando la dignidad, por tanto tiempo sometida, de mi alcurnia.
Ya no importaba nada. Sabía que Guillermo y su primo querían matarme, que cumplirían su palabra con el abad del Císter y, de repente, mi miedo desapareció. Había sufrido demasiado; la muerte de mi padrino era el último golpe, la gota que colmaba el vaso; representaba el fin, la desaparición de todo lo que yo amé, de una época, de una civilización brillante. Así pues, me levanté y me erguí frente a mi verdugo, esperando la muerte.
– ¡La Dama Ruiseñor! -exclamó.
Me miraba estupefacto, sin atisbo de agresividad. Cerró los ojos y se mantuvo así un tiempo, respirando profundamente.
– Es la mano de Dios -dijo al rato-. Ésta es su voluntad, mi penitencia a cumplir, y vos, el camino de mi redención.
Me quedé callada y le contemplé estupefacta ante ese arranque de misticismo inesperado en aquel que yo consideraba, hasta ese momento y a pesar de admitir su atractivo varonil, tierno a veces, un pedazo de bestia bendecida por el bautismo, un carcamal norteño, un bruto sin que su aristocracia le permitiera superar la nobleza de su caballo.
– La mano de Dios, de la providencia -repitió ahora con un entusiasmo que parecía sacarle de pronto de su abatimiento-. ¿No lo comprendéis, Bruna?
No respondí. De repente se dirigía a mí como un caballero a una dama, cuando horas antes casi me mata a zurriagazos. No sabía cómo reaccionar, qué hacer frente a ese cambio inesperado.
Se incorporó de un salto, dándome un susto de muerte que me hizo retroceder un par de pasos, pero de inmediato me di cuenta de que no quería hacerme daño, todo lo contrario. Me cogió la mano derecha con las suyas, hincó una rodilla en el suelo y desde esa posición sumisa continuó hablándome, cariñoso, con ternura.
– Ahora lo entiendo todo -decía.
Y su caricia me sobresaltó de nuevo. Mi corazón empezó a acelerarse no por miedo, sino porque sus cálidas manos producían un placer en las mías que jamás hubiera sospechado.