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– ¿No os dais cuenta? -prosiguió con un brillo de entusiasmo en sus ojos-. Yo debía mataros en Béziers y, en lugar de eso, os salvé la vida sin saberlo. Ayer yo fui condenado en el juicio de Dios, debía morir, pero vos, quizá también sin saber, me salvasteis la vida. Y el alma. Nuestro destino es inaudito, único, está trenzado por la Voluntad Superior.

Yo continuaba callada. Veía sus ojos azules, húmedos, empañados por las lágrimas, emocionados, y noté su emoción invadiéndome a través del contacto físico y cómo se me hacía un nudo en la garganta.

– Bruna -continuó-, os lo ruego de rodillas: concededme la merced de ser mi dama. Os respetaré, cuidaré y protegeré hasta la última gota de mi sangre. Seré vuestro caballero, porque así lo quiere Dios, y yo lo ansío. Os juro que mientras me quede un aliento de vida nadie os hará daño.

Las lágrimas surcaban sus mejillas, yo notaba su vibración y mi propia vista se enturbió. Jamás habría sospechado tales emociones en aquel muchacho. Cual espejo que distorsiona, mis lágrimas, los sentimientos que las hacían brotar, me hicieron ver a otro Guillermo.

Era un hombre atractivo, fuerte, simpático cuando estaba de buen humor y, al ofrecerme su protección, me hizo sentir, de repente, segura, relajada como no lo había estado desde antes del asalto de Béziers. Pero ¿para qué necesitaba yo eso cuando minutos antes estaba lista para morir? Me asombraba de mí misma, pero algo en mi corazón me inmunizaba del atractivo de aquel hombre.

– No puedo ser vuestra dama, Guillermo.

– ¿Por qué, Bruna? -la angustia se notaba en su voz-. ¿Me veis aún como enemigo? No lo soy más. Estaré con vos, del lado en que vos estéis.

– Porque ya tengo caballero.

Calló por unos momentos, considerando mi negativa y yo aproveché para hacerle levantar y nos sentamos en unas piedras cercanas al río, en medio de la pradera.

– Es cierto que os he mirado con ternura cuando os creía un muchachito -dijo retomando la conversación- y que me sentía molesto porque me atraíais sabiéndoos varón, y no será menos cierto que ahora que os veo como mujer esa atracción no parará de aumentar, pero mi ofrecimiento no busca vuestro cuerpo.

Me miraba sonriente con unos ojos azules bellos, francos aunque tristes, y no dudé ni por un instante de que me hablaba desde el corazón. Había tomado mis manos de nuevo con las suyas sin que yo me opusiera y me sentía turbada por su contacto, con su caricia. Ése era un favor que una dama occitana le concedía a su caballero después de cierto tiempo de cortejo y muchos poemas, pero él lo había tomado por sorpresa, sin mi resistencia. Quizá ignoraba él las reglas del amor galante y, dado lo extraordinario de nuestra situación, no estaba yo por la labor de educarle en ese momento. Además, su contacto me producía un goce honesto y en los últimos días la vida había sido cruel y avara en extremo conmigo. No renunciaría a ese placer.

– Quiero protegeros, estar cerca de vuestra alma y descubrir los designios divinos que nos han unido en un destino tan singular. No me rechacéis, Bruna. Aceptadme sólo como vuestro protector. ¿Dónde estaba vuestro caballero cuando los ribaldos querían violaros? ¿Por qué no estaba en Béziers dando la vida por vos? ¿Por qué no está ahora aquí? Me tendréis con vos hasta que el peligro pase, hasta que os sintáis segura. Y si entonces, cuando yo ya no sea necesario, me despedís, me iré besándoos la mano y con una sonrisa. Sé que el deseo crecerá en mí, pero creed mi palabra de que siempre he de respetaros y que, si vos lo deseáis, me apartaré cuando llegue el otro caballero. Podéis tener dos a la vez, no seríais la primera. Aceptadme, Bruna, os lo suplico.

¿Qué mujer en mi situación y trance podría resistirse a tal propuesta?

51

«Pie Jesu Domine, dona eis réquiem.»

[(«Piadoso señor Jesús, dales descanso.»)]

Dies irae

Guillermo y Bruna descansaron en aquel prado a orillas del río, bajo la sombra de los sauces que les protegían del sol de agosto y con una luna cuarto creciente iluminando la noche.

Tenían los cuerpos maltrechos por golpes y tajos, pero lo que realmente dolía era el alma. El camino empezaba a sus pies y en ninguna parte terminaba, por eso no se decidían a emprenderlo. Su espíritu, confundido, turbado, les prohibía continuar y lo crucial el día anterior había dejado de importar, mientras que lo secundario antes cobraba trascendencia vital. Tendidos en la hierba, veían el lento discurrir del río y con él las briznas y ramitas que arrojaban, deseando que en ellas sus penas navegaran hasta el lejano mar. El lugar se había convertido en un reducto solitario de paz, una isla en un océano de violencia, lejos del siglo, de un mundo extraño y brutal al que en aquel momento ninguno de los dos quería pertenecer.

– Yo no quería matarle -repitió Guillermo, recordando, con gran angustia y culpabilidad, la ordalía.

Y le relató a Bruna, en su occitano incipiente, que ella corregía ya por costumbre, esa experiencia al borde de la muerte en que la mirada dura del templario Aymeric era la de Dios condenándole. Y que rebuscando en su alma, desesperado, como quien palpa el fondo de un canasto y cierra el puño aferrándose a la ausencia, la encontraba vacía de buenas obras que le ayudaran en el trance. Y ella, Bruna, apareció con su grito, inesperada, como su único bien. El demonio lastraba la balanza de sus pecados y arrastraba su alma a los infiernos, y ella, convertida en ángel, la decantó, por muy poco, hacia la salvación de su vida temporal, dándole la oportunidad de enmendarse y salvar también la eterna.

– Sois un ser divino, un ángel -le decía mirando arrobado los ojos verdes de Bruna.

– No soy un ángel -repuso ella-, sólo soy una pobre muchacha huérfana de padres, de amigos, de ilusiones, de su mundo.

Y pasó a contarle su propia ordalía, a describirle entre lágrimas a su familia, a sus amigos y aquel mundo galante extinguido a la llegada de aquel desfile de monstruosidades que, sin duda, nada tenían que ver con el Dios en que ella creía y que las gentes del norte llamaban cruzada.

– Ahora entiendo por qué los cátaros creen en dos dioses, uno malo y otro bueno. La cruzada es obra de un ser maligno, de un mal dios, y los que se llaman guerreros de Cristo no son más que comparsas del diablo.

Guillermo la escuchaba acompañando con sus lágrimas las de ella, buscándole las manos para acariciarlas, y ella, permisiva pero pasiva, terminaba luchando contra el deseo de devolver la caricia.

– Vos sois la última dama de vuestra estirpe y yo, un guerrero con brazos para luchar, pero sin corazón para moverlos -se lamentaba Guillermo-. ¿Qué será de nosotros, Bruna?