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A media mañana llegamos al campamento en Carcasona. No había habido ninguna acción guerrera desde la toma del burgo de San Miguel. Los cruzados se limitaban a esperar confiados en la sed de los sitiados y se decía que el vizconde pronto se vería obligado a negociar.

Nos aprovisionamos para varios días de camino despojándonos de las enseñas de los Montfort y de las de cruzados; nos adentraríamos en territorio hereje y los lugareños no miraban con simpatía a los invasores. Prouille era un pequeño caserío en un cruce de caminos desde donde se divisaba a poca distancia, encaramado en una colina, Fanjeaux, pueblo amurallado cuya nobleza era mayoritariamente cátara.

Llegamos a Prouille al atardecer del mismo día en que salimos de Carcasona. Era un grupo de casas rodeadas por unos muros precarios que más parecían tapias. Una pequeña iglesia y una torre que en sus tiempos debió de servir de defensa, pero que ahora eran los restos de un molino de viento, quizá de los que el vizconde Trencavel ordenó destruir, dominaban el conjunto.

El lugar, en ruinas cuando fue donado a los castellanos Diego, obispo de Osma, y a su diácono Domingo hacía pocos años, había sido parcialmente reconstruido y acogía a un grupo de muchachas católicas, antiguas cátaras algunas. La superiora nos recibió con una gran sonrisa y amabilidad, más aún al identificarnos como católicos que veníamos buscando a fray Domingo.

– Ese hombre o es loco o es santo -nos confió sin que su sonrisa menguara-. Nos tiene muy inquietas. No podemos convencerle para que deje los caminos y su predicación, aunque sólo sea temporalmente. Antes, cuando llevaba la palabra del Señor a lugares de herejes, y a pesar de que él siempre fue muy respetado, había quien le insultaba. Ahora las gentes están asustadas, pero también llenas de odio desde que llegaron las noticias de lo que los cruzados hicieron en Béziers y es frecuente que le arrojen barro seco y piedras. Se arriesga a que le maten en cualquier recodo del camino. Pero eso a él no le importa -nos guiñó un ojo-. Y no está loco; es santo.

Nos dijo que había ido a predicar a Mirepoix, donde casi todos eran cátaros, y que igual podía aparecer de regreso el día siguiente como dentro de tres o cuatro. Nos acogieron por la noche y al amanecer del día siguiente partimos en su búsqueda hacia Mirepoix.

El paisaje era accidentado, con colinas ondulantes que hacían que el camino tuviera numerosos recodos. Por eso le oímos antes de verlo. Venía cantando algún tipo de salmodia en latín junto a su socium, el fraile que le acompañaba.

Era de estatura media, delgado, cercano a los cuarenta y de ojos oscuros. El poco cabello que tenía, después de una gran tonsura que le dejaba casi todo el cráneo al descubierto, le asemejaba a un santo de pintura al que se le hubiera caído encima la corona, sólo que la suya estaba hecha de pelos castaño rubio. Su tez era muy morena, ya que pasaba mucho tiempo a la intemperie y, por amor a Dios, no se cubría ni cuando el sol le asaba los sesos ni con lluvia ni granizo. Andaba descalzo y su túnica era de lana cruda, llena de retazos y remiendos. Tan pobre indumentaria se completaba con una capa negra y un cinto de cuerda con tantos nudos como votos había prometido, en el que llevaba un fardillo de tela que protegía el Evangelio de San Mateo y las cartas de San Pablo, únicos valores que portaba junto con una navajilla para cuando comía. No tenía donde llevar ni dinero ni provisiones; de hecho, no le preocupaban en absoluto, ya que comía de lo que le daban, si se lo daban, siguiendo las palabras de Jesús a los apóstoles cuando les dijo que no se inquietaran por su sustento, ya que no lo hacían los pájaros del cielo y que el Señor les proveería. Un báculo rústico en el que llevaba atado en la parte superior un travesaño a modo de cruz completaba su escaso equipaje.

Guillermo me comentó con posterioridad su sorpresa al verle de aquella guisa, sabiendo que el personaje provenía de una familia noble castellana emparentada con la realeza y que su educación filosófica, eclesiástica y lingüística superaba a la suya. Más impresionado quedó aún al ver la sonrisa con la que nos dio la bienvenida tan pronto nos vio. Una aureola de paz y felicidad parecía envolverle contagiando a quienes estábamos cerca.

Le dijimos que veníamos en busca de su consejo y confesión, sorprendiéndose de que hubiéramos hecho tanto camino por su persona. Era él quien acostumbraba a hacer camino al encuentro de las almas.

Era casi mediodía. Les ofrecimos compartir nuestra comida y aceptaron, Domingo serenamente y su socium, un muchacho joven de aspecto y modos que pretendían imitar a su maestro, con ansia. Luego supimos que andaban en ayunas desde la noche anterior, en que sólo un mendrugo seco tuvieron de cena.

– Así que vos vinisteis con la cruzada -preguntó Domingo comiendo pausado, sin la prisa de su compañero.

– Sí, padre -respondió el caballero.

– Decidme, ¿es cierto lo que se cuenta sobre la matanza de Béziers? -inquirió dejando de sonreír.

Guillermo se quedó mirándole, dudando cómo abordar el tema, pero yo no me pude contener.

– Fue horrible, padre -dije con lágrimas en los ojos-. Asesinaron hasta a los sacerdotes católicos vestidos con sus ropajes de misa mayor en las iglesias. Intentaron proteger a los fieles, pero les mataron primero a ellos y después a todos los demás. No quedó nadie vivo en la ciudad.

Domingo dejó de comer, se santiguó y, cerrando los ojos, se mantuvo en silencio.

Cuando los abrió estaban húmedos y se lamentó:

– Dios me perdone por no haber podido evitarlo.

– ¿Evitarlo? -se extrañó Guillermo-. ¿Cómo habríais podido evitarlo?

– Esforzándome más, siendo más elocuente, dando mejores ejemplos, convirtiendo a más herejes.

– ¿Y cómo habría ayudado eso?

– Quizá el Papa no se hubiera sentido tan amenazado, quizá hubiera decidido que continuaran las predicaciones en lugar de ordenar que se tomaran las armas.

– ¿Qué opináis de la cruzada?

– Yo soy católico y obedezco al Papa.

Una tos profunda, de lo más hondo del pecho de Domingo, interrumpió la conversación.

– ¿Pero qué dice vuestro corazón? -preguntó el caballero cuando el fraile se hubo recuperado.

– Jesucristo, cuando lo llevaron preso, le dijo a Pedro que bajara su espada. Él no portaba armas. Yo sigo su ejemplo en todo lo que puedo -repuso Domingo pausado-. Dios es todopoderoso. Si hubiera querido terminar con romanos, judíos, musulmanes o herejes, lo hubiera hecho con cualquier plaga. No necesita a los cruzados.

– ¿Estáis contra la cruzada?

Domingo le miró con ojos tristes.