– Debemos llegar a Carcasona, es el único sitio seguro ahora -me dijo, lejos del camino, una vez recuperamos el aliento-. En esta situación no podemos pasar otra noche al descubierto.
Reemprendimos aquella jornada de pesadilla con las espadas en la mano y amenazando a los que venían pidiendo. Al poco, empezamos a ver grupos detenidos al lado del camino. Eran familiares desfallecidos, moribundos. Pasábamos al trote cuando veíamos a varios juntos, para que no pudieran detenernos, pero era inevitable ver. Los niños me hacían llorar. Se me partía el corazón y apenas veía con los ojos húmedos. A pocas millas de Carcasona nos encontramos con los primeros cruzados, eran infantes de las mesnadas de los nobles que, armados con varas, obligaban a los rezagados a alejarse cada vez más de la ciudad. Al identificarnos, nos franquearon el paso y nos dieron la noticia:
– Hoy, Simón de Montfort ha sido proclamado vizconde de Carcasona, Béziers y Albí.
Miré sorprendida a Guillermo, pero éste ni se inmutó. A partir de este momento ya pudimos andar tranquilos el camino, pero los cadáveres que jalonaban la cuneta de tramo en tramo me recordaban continuamente la tragedia. Aquello me hizo pensar en Béziers y las lágrimas, imparables, se escurrían por mis mejillas.
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«Li abas de Cistel no cujetz que s'omblit
lo compte de Nivers en a el somonit
mas anc no i volc remandre ni estar ab nulh guit,
ni lo coms de Sant Pol, que an apres cauzit.»
[(«El abad del Císter no estuvo ocioso
y propuso al conde de Nevers (como señor de Carcasona),
pero éste de ningún modo quiso quedarse,
tampoco el conde de Saint Pol, al que después eligió.»)]
Cantar de la cruzada, IV-34
Carcasona
Cuando llegaron al campamento de los Montfort, lo encontraron desmantelándose. La tienda de Guillermo estaba intacta, pues Jean esperaba su regreso, pero el resto del clan se estaba ya instalando en la ciudad, ahora vacía de gente, pero repleta de enseres. A los ribaldos no se les dejaba entrar para evitar rapiñas e incendios. Sólo las mesnadas de los nobles lo hacían y éstos decidieron el reparto de los botines.
Guillermo dejó a su acongojado paje, lloroso y deprimido, en su tienda, con su escudero Jean encargado de que nadie le molestara. La visión de los refugiados y de los muertos le había afectado mucho.
Jean, excitado y feliz, le contó que el duque de Borgoña y los condes de Nevers y Saint Pol habían rechazado el vizcondado y, entonces, el abad del Císter se lo ofreció a Simón, que lo aceptó para servir al Señor de los cielos, aunque a condición de que los grandes nobles regresaran si él se encontrara en apuros. Éstos asintieron.
En la mañana del 15 de agosto de 1209, día de la Virgen María, Simón de Montfort fue proclamado nuevo vizconde y recibió los juramentos de fidelidad de los «soldados de Cristo» que decidieron quedarse después de cumplida la cuarentena a la que el Papa sometía a los que se cruzaban.
Guillermo fue a rendir honores a su tío. Lo encontró aposentado en la sala de recepciones del impresionante castillo condal, en reunión con algunos de sus nuevos caballeros.
– ¡Guillermo! -gritó el viejo Montfort justo cuando entraba-. Me alegro de veros.
El joven hincó la rodilla frente a su tío en pleitesía.
– Necesito a caballeros valientes como vos. En pocos días todos los grandes nobles se habrán ido junto a sus tropas y quedaremos unos pocos rodeados de gentes hostiles, hasta finales de primavera, en que volverán los cruzados. Os necesito un tiempo y después podréis continuar vuestros estudios eclesiásticos.
– Contad conmigo, tío, pero primero tengo que terminar de servir al abad del Císter en la misión que me encomendó.
– Que así sea -acordó el nuevo vizconde.
El abad Arnaldo se había instalado en el mejor de los palacios de la ciudad, muy próximo a la catedral. Después de un rato de espera, le recibió.
Finalizados los saludos de rigor, Guillermo pasó a relatarle su encuentro con el templario, el juicio de Dios y el testamento donde mencionaba al grupo secreto de los caballeros de Sión. Omitió el descubrimiento de Bruna.
– ¡Claro! Peyre Roger de Cabaret es otro de los conjurados de Sión y se encontraba aquí, en Carcasona, entre los sitiados, ayudando a su amigo. De haberlo sabido yo antes, no hubiera escapado vivo de la ciudad. Sin duda el vizconde Trencavel, ahora desposeído, es también uno de ellos, pero a éste le tenemos aquí, en prisión, y le haré hablar.
– Legado, ha llegado el momento en que me contéis toda la intriga -expuso Guillermo con firmeza-. No os puedo servir bien en esa ignorancia en la que me queréis mantener. Vos sabéis mucho más de lo que admitís. ¿Qué es Sión?
– Los caballeros de Sión son un grupo secreto del que formaban parte algunos templarios y caballeros seglares. Ya os hablé de la existencia de una conjura de contaminados por la herejía arriana.
– Así que niegan la divinidad de Cristo…
– Exacto. Le consideran mensajero de Dios, pero humano. O casi. No están lejos de como lo ven los judíos y los musulmanes.
– ¿Y qué contienen esos legajos?
– El conde de Tolosa Raimundo IV, bisabuelo del actual, fue uno de los líderes de la primera cruzada que tomó Jerusalén. Estaba obsesionado con la búsqueda de huellas físicas de la vida de Jesús. Naturalmente, no pudo encontrar reliquias con la suficiente garantía de que pertenecieran a nuestro Señor, pero sí distintos documentos en arameo que, traducidos, hablaban de un Cristo humano. Y toda su descendencia y la de sus parientes. Trencavel que fueron a Tierra Santa como cruzados buscaron documentación complementaria. Esos legajos pretenden probar que Cristo no es Dios.