– ¡Eso es terrible!
– ¡Claro que lo es! -Arnaldo se había puesto en pie excitado-. Lo que nos diferencia básicamente a los buenos cristianos católicos de los arrianos es sólo ese dogma. ¡Esos documentos pretenden la destrucción de nuestra Iglesia!
– ¿Y qué relación tiene Sión con los cátaros? -quiso saber Guillermo.
– Ninguna. Sión cree en un Jesucristo físico y los cátaros, en uno sólo espiritual. La parte física de Cristo es para ellos sólo una ilusión. Para la Iglesia es mucho más peligroso el arrianismo.
– Pero la cruzada se hizo contra los cátaros.
– ¡Claro! ¿Cómo íbamos a convencer a los señores del norte para cruzar contra una sociedad secreta? Los cátaros no dejan de ser herejes que merecen la hoguera. Claro que es importante erradicarlos, pero lo que me interesa verdaderamente es destruir a los conjurados de Sión. Los de Sión son nobles, algunos de ellos eclesiásticos, que quieren acabar con la Iglesia de Roma y apoderarse de las riquezas y posesiones de los obispados y las abadías. Ésos son los verdaderamente peligrosos. Hay que destruir a los nobles occitanos, a todos aquellos sobre los que pueda haber duda de su fidelidad a Roma, y sustituirlos por francos.
– ¿Y qué papel tenía en eso la Dama Ruiseñor?
– ¿Bruna de Béziers? -se preguntó el abad como si ya se le hubiera olvidado-. Ya no importa, está muerta.
– Debo entender qué relación tenía ella con todo esto -insistió Guillermo-. ¿Por qué la queríais muerta?
– No tenía relación alguna. Ése era otro asunto. Olvidaos ahora de eso, lo importante es recuperar los documentos. De momento, Cabaret no está a nuestro alcance. Ya se intentó una escaramuza, pero aquellos pasos estrechos y valles escarpados son una trampa mortal. Fuimos derrotados. ¿Pensáis vos llegar hasta allí?
– Sí.
– ¿Cómo?
– Iré fingiendo ser trovador. Sé que en Cabaret son muy bien recibidos.
– ¿Trovador? Es una buena idea -comentó Arnaldo pensativo-. Pero vuestro acento os descubrirá.
– He contratado a un juglar occitano y yo me fingiré aquitano. Los juglares y trovadores viajan a grandes distancias, no se extrañarán. Además, ya hablo bastante la lengua de oc.
– Bien, bien -gruñó el legado satisfecho-. Veo que no me equivoqué con vos.
Guillermo se despidió con la bendición del abad y fue a encontrarse con su primo.
Algo le quedó muy claro en su conversación: Arnaldo continuaba ocultándole información; sólo le contaba lo inevitable. No habría puesto el abad tanto interés en la muerte de Bruna si se tratase de una bobada. Pero era muy interesante lo que dijo sobre el propósito de la cruzada; a Guillermo le sorprendió que los cruzados dejaran escapar a los judíos y que no hubieran quemado a cátaros en la hoguera al tomar Carcasona. Ahora lo entendía. El abad del Císter tenía objetivos más importantes. Sin duda, era a Trencavel, personaje clave en Sión, al que Arnaldo quería. Y eran los nobles de Sión a quienes el legado deseaba muertos.
59
«Cant le coms de Montfort fo en l'onor assis, que l'an dat Carcassona e trastot lo país.»
[(«Una vez el conde de Montfort aceptó el honor, le dieron Carcasona y el país entero.»)]
Cantar de la cruzada, IV-36
El encuentro de los primos fue ruidoso y alegre. Las cosas habían cambiado mucho en pocos días. Ahora Amaury era el heredero del vizcondado de Carcasona, Beziers y Albí.
– Y pronto mi padre también será el conde de Tolosa -le confió a su primo.
– ¿Cómo es eso? Raimon VI, conde de Tolosa, es uno de los cruzados -repuso Guillermo.
– Está a punto de terminar su cuarentena, se irá a sus tierras y entonces el legado le excomulgará.
– ¿Con qué motivo?
– Por no cumplir con las promesas que hizo en Saint Gilles.
– ¿Lo de perseguir herejes, expulsar judíos, no contratar mercenarios…?
– Eso es.
– ¡Pero si no le ha dado tiempo! -se extrañó Guillermo.
– Da igual. -Amaury se reía-. Eso ya estaba escrito.
– Así que el legado fingió perdonarle para dividir a los occitanos, para que no ayudara a su sobrino el vizconde Trencavel…
– Así es. Y nosotros unificaremos Occitania bajo un dominio católico y franco.
Guillermo quedó en silencio. Se alegraba por los suyos y por él mismo. Su obispado estaba asegurado si su tío conseguía sus propósitos. Tendría Tolosa o Béziers y quizá después el arzobispado de Narbona. Pero los escrúpulos que sintió en Béziers y su inquietud al conocer la trama del asesinato de Peyre de Castelnou se habían transformado en angustia con la muerte de Aymeric y ésta fue creciendo al ver a los refugiados desesperados, moribundos por los caminos. No se contuvo y expresó sus reparos a su primo.
– Pero se hará a costa de mucha sangre inocente.
– ¿Inocente? -preguntó Amaury.
– Los degollados en Béziers, los habitantes de esta ciudad vagando por los caminos, muriéndose de hambre. Mujeres, niños, ancianos…
– Son herejes. Lo merecen.
– No, no son herejes -repuso Guillermo-. La mayoría son católicos como nosotros. Recordad que la lista de Reginald de Montpeyroux, el obispo de Béziers, contenía poco más de doscientos nombres. ¡Y matamos a veinte mil!
– El legado Arnaldo dice que lo son. Él sabe.
– Aunque diga eso, ¿realmente crees que todos lo son?
Amaury consideró la pregunta por unos momentos y al final contestó sonriente:
– El problema es que tú, primo, eres un eclesiástico brillante. Sabes demasiados latines, piensas demasiado. Y si matamos a buenos católicos, ¿qué? El Papa nos perdona todos nuestros pecados. Y ésta es la gran oportunidad para que los Montfort consigamos posesiones que hace meses ni hubiéramos podido imaginar. Y tú, tu obispado.
Se puso a reír a carcajadas y Guillermo, contagiándose de su primo, tardó poco en acompañarle, aunque eso no le hizo olvidar sus resquemores.
– He encontrado unas barricas de vino excelente, primo -le dijo cuando terminó de reír-. Seguro que nos topamos con algún germano, flamenco, borgoñés o paisano francés con un buen botín para perder a los dados. ¿Te place?
– ¡Naturalmente!
Amaury le había reservado a su primo un hermoso palacio, cercano al suyo propio, dentro de la ciudad de Carcasona. Fue entrar y vivir en él, estaba completamente equipado, ropas en los arcones, sábanas en la cama, platos en la cocina; hasta había caballos en las cuadras. Guillermo andaba ocupado instalando a sus soldados y, aunque Jean se encargaba de todo, a él le tocaba tomar algunas de las decisiones, pero todas las tardes las pasaba de celebraciones con su primo y colegas de armas.