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A mí me dejó descansar en su nuevo palacio, que, fuera de Jean y una de las ribaldas con la que el escudero tenía amistad y que éste había contratado como criada, se encontraba desierto. Yo estaba aún agobiada por lo visto en los caminos y sola. Aquella hermosa mansión guardaba demasiado de sus anteriores habitantes. Me sentía incómoda, notaba la ausencia de los moradores y me los imaginaba con sus camisas blancas, fantasmas en la noche, perdidos por los caminos, bajo aquella luna tan llena que se había adueñado del negro cielo, desesperados, quizá muriendo de hambre. Los detalles de su cotidianidad lo impregnaban todo, desde la bacinilla al lado de la cama hasta aquella muñeca de trapo desamparada en un rincón. Era un palacio parecido al mío en Béziers, donde vivió una familia como la mía, y no dejaba de preguntarme qué se habría hecho de la niña que tuvo que abandonar a su muñeca para salir andando descalza y desnuda a un mundo terrible. ¿Viviría aún?

No me gustaba estar allí, pero temía más reemprender el camino y encontrármelos a ellos, a los espectros de aquel lugar, más hambrientos, más desesperados, más muertos.

Mientras, Guillermo frecuentaba la corte de su tío y a su primo Amaury. Nadie le ocultaba que el vizconde Trencavel moriría pronto y que ya sólo quedaría, como posible problema, su hijo de pocos años, desposeído por la cruzada, que con Agnes de Montpellier, su madre, se había refugiado en Foix, otro condado infectado por los cátaros.

Mi caballero iba sacando toda la información que podía a unos y a otros sobre nuestra próxima etapa. No era muy precisa, ya que quienes realmente conocían Cabaret habían sido expulsados de la ciudad.

– El mesón de El Gallo Cantarín es la siguiente parada -me dijo-. Está a medio día de distancia, a orillas del río Orbiel y de camino a Cabaret. Nos presentaremos como juglares. Cabaret es famoso por dar buena acogida a los trovadores y el mesón es lugar de paso de todos ellos. Allí haremos nuestra primera actuación en público.

Así que empezamos a ensayar con una vihuela cada uno. Adaptamos un par de sus canciones goliardas al occitano y aprendió algunas de las que yo conocía. En general, hacíamos dos voces y sonábamos bastante bien.

Guillermo avanzaba muy rápido con el occitano, tenía facilidad para las lenguas, pero su acento era aún foráneo. Quedamos en que hablaría yo y que él sería un trovador aquitano; nadie debía sospechar que era cruzado.

60

«Trae un cántaro de vino y juntos bebamos antes de que hagan cántaros de nuestros barros.»

Ornar Jayán

Unos días después, bien avituallados y repuestos de fuerzas, nos dispusimos a emprender viaje. Yo escondí la muñeca entre mis cosas. Era de trapo y madera; me recordaba una que tuve de niña y a la que quería mucho. No podía dejarla sola, llorosa, en aquel caserón poblado de recuerdos.

A mediodía llegamos a la posada de El Gallo Cantarín. Ofrecía protección amurallada a los viajeros y a causa de la turbulencia de aquellos días había sufrido ya varios asaltos. Nosotros no éramos conocidos y se nos dijo que no podían acoger a más. Guillermo hubiera podido mostrar el salvoconducto del nuevo vizconde que, aun garantizándonos la entrada, nos delataría como enemigos. Decidimos no usarlo y negociar, pero costó tiempo, buenas palabras y hacer brillar el oro al sol para que El Gallo Cantarín, nos abriera sus puertas.

El reducto era una plazoleta rodeada de distintos edificios y enseguida los mozos se ocuparon de nuestros caballos. El posadero comentó que el lugar, al ser parada de postas, había sido protegido del vizconde Trencavel de Carcasona y que ya había enviado mensajeros para someterse al nuevo señor, Simón de Montfort. Aun así, socorría a muchos amigos expulsados de la ciudad en ruta a Cabaret, y bastantes aún continuaban allí, lo que le obligaba a hornear más pan que de costumbre varias veces al día y repartirlo. Algunas provisiones empezaban a escasear, pero por suerte disponían de abundante trigo, centeno y cebada, ya que la trilla era reciente. A los juglares se les recibía mejor que nunca; la gente necesitaba olvidar penas, aunque, dados los tiempos que corrían, los desconocidos como nosotros debían demostrar que tenían recursos y pagar.

Pasamos a la gran sala de la posada. Estaba abarrotada, pero al fin nos sentamos en un rincón junto a varios con aspecto de comerciantes. Muchas de las mesas acomodaban gentes vestidas sólo con camisas y era fácil adivinar su procedencia. Sirvieron unas escudillas con un tipo de cocido con nabo, zanahorias, acelgas y poca carne junto con pan de trigo y de centeno, todo acompañado con jarras de vino y agua. Entablamos conversación con unos mercaderes que estaban a la espera de sus emisarios enviados a Carcasona para asegurarse de que serían recibidos sin daño en la ciudad y les interrogamos sobre Cabaret.

Al rato, desde el otro extremo de la sala, se empezaron a alzar voces dando vivas al antiguo vizconde Trencavel, ahora prisionero, y muertes para los cruzados de Simón de Montfort. Después, alguien subió a una mesa para cantar un serventesio loando al vizconde preso. Todos le coreaban haciendo palmas.

El corazón me dio un vuelco cuando reconocí a Hugo y su guitarra. ¡Era él! Aparecía cuando había perdido la esperanza de volverle a ver. Pero continuaba estando lejos, rodeado de gente. ¿Cómo podría acercarme? ¿Me reconocería a pesar de mi disfraz?

– Yo conozco a ese payaso -dijo entonces Guillermo entre dientes-. Cuando me lo encontré en Saint Gilles, prometí cortarle el pescuezo.

Callé, sorprendida, mientras me invadía la desesperanza.

– ¿Qué ocurrió en Saint Gilles?

– Ese juglar nos atacó a mi primo y a mí, y se mofó de nosotros. Estaba a la espera de toparme con él.

¡Había deseado tanto ver a Hugo de nuevo! Fantaseaba con que, si esa feliz circunstancia sucedía alguna vez, mis temores desaparecerían con su protección, pero de repente aparecía un peligro inesperado. Las dos únicas personas en las que confiaba se odiaban entre sí. Tenía que evitar a toda costa que se mataran y me di cuenta de que mi única alternativa era convencer a Guillermo para que continuara camuflado en su apariencia de juglar, aunque eso impidiera darme a conocer a Hugo.

– Será mejor que os contengáis -le advertí-. Aquí no son favorables a los cruzados y saldríamos mal parados.

Para mi alivio pareció entenderlo.

– Tenéis razón -dijo al rato-. Ya me di cuenta en Saint Gilles de las simpatías que genera ese bribón. Debemos continuar fingiéndonos trotamundos cantarines; no me reconocerá con este aspecto. Ya encontraré ocasión más favorable para degollarle y acallar así sus gorgoritos para siempre.