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Pensé que había evitado el peligro inmediato, pero me invadió la melancolía mientras me aprestaba a escuchar a Hugo. ¡Verle tan cerca y tener que renunciar a darme a conocer!

Allí estaba, encima de la mesa, tañendo su guitarra mientras cantaba una composición en la que mencionaba al juglar Reculaire.

Al terminar, se acomodó entre los que le celebraban en el otro extremo y fue entonces cuando el dueño de la posada nos invitó a cantar. De haberlo podido evitar, lo hubiera hecho, pero no quedaba más remedio y nos lanzamos a ello. Lo hicimos sin alardes, sin subirnos a mesas, confiaba en que Hugo continuara distraído bebiendo con sus amigos. Las risotadas que partían de su rincón me tranquilizaron y supe que pasaríamos desapercibidos para su grupo.

Nuestras canciones eran seguidas con interés en algunas de las mesas cercanas y con total indiferencia desde el fondo, donde la bulla de Hugo y sus amigos no había cesado. Mucho mejor, pensé, dadas las circunstancias. Conforme nos animábamos, nuestro canto mejoraba y también los aplausos de nuestros espectadores. Y al fin, alentada por ello, no me pude resistir a cantar la trova del ruiseñor:

Ruiseñor que vas a Francia, ruiseñor, encomiéndame a mi madre, ruiseñor.

Satisfecho por la cálida acogida, Guillermo decidió, antes de exponernos a la corte de los señores de la Montaña Negra, repetir en la cena nuestro número, requiriendo mientras, discretamente, más información sobre Cabaret.

No volví a ver a Hugo y aquella noche apenas pude conciliar el sueño. Nos cedieron un rincón en una estancia llena de paja que, según decían, cambiaban semanalmente, pero que apestaba a sudor y estaba llena de parásitos. Por suerte, la noche era cálida y las ventanas quedaron abiertas. Se oían ronquidos y gentes hablando en sueños. Escuchaba, lejanos, llantos de niños que, sin duda, provenían de donde los refugiados. Intentaba dormir, pero se me llenaban los ojos de lágrimas y el pecho de suspiros pensando en que habría desaprovechado la última oportunidad de llegar hasta Hugo. Mis cortos sueños terminaban en pesadillas en las que buscaba desesperada a mi trovador por laberintos de bosques llenos de gentes perdidas, cubiertas sólo con una camisa blanca, vislumbrando reflejos suyos pero sin hallarlo. La peor fue aquella en que Guillermo y Hugo luchaban a muerte, rodeados de frailes siniestros que iluminaban la noche con hachones encendidos. Yo intentaba evitarlo desesperada, pero no me oían. Me di cuenta de lo mucho que había llegado a apreciar al francés y de que me costaba sopesar en mi corazón el afecto que guardaba para cada uno de mis caballeros.

Poco antes del amanecer, después de haber dado mil vueltas sobre mi montón de paja sin conciliar el sueño, noté mi garganta seca. Estaba sedienta. Sabía que había un cántaro de agua en el pasillo y, tanteando, salí en su búsqueda. La tenue luz de un candil indicaba su presencia. Estaba atado con una cadena y al encontrarlo, lo levanté para saciarme. Fue al dejarlo en el suelo cuando, con un sobresalto, la vi. Era una niñita. Estaba desnuda y me observaba desde la penumbra.

– Hola. ¿Cómo te llamas? -le dije sonriéndole cuando me sobrepuse.

– Esclaramonda.

Se acercó para observarme. Me miraba seria, con unos grandes ojos azules, quizá más grandes en contraste con su delgada desnudez. Tenía la carita sucia, con reguerotes de lágrimas dibujados en sus mejillas. Sería uno de los niños que lloraban en la noche.

– ¿Dónde están tus papás?

– Mis papás están en el cielo con Jesús.

Mi corazón se encogió y mis ojos se humedecieron. No tenía que preguntar más para saber, por su aspecto y acento, que la pequeña era uno de los refugiados.

– ¿Y con quién estás?

– Con mi abuela.

La niña continuaba observándome muy seria.

– Y tú, ¿cómo te llamas? -me preguntó.

– Bruna.

Fue entonces cuando me asaltó el pensamiento. ¿Sería ella?

– ¿Me esperarás aquí un momento? -le dije-. Tengo algo para ti. Recorrí el pasillo lo más aprisa que pude y pasando por encima de los que dormían, llegué al equipaje. Guillermo continuaba durmiendo satisfecho.

– ¿Conoces esta muñeca? -le pregunté al regresar. La niña abrió más sus grandes ojos al mirarla.

– No. -dijo sacudiendo su cabeza.

Por un momento me sentí decepcionada. Hubiera querido que fuera ella, la pequeña de la casa que habité, para darle algo que la reconfortara.

– ¿Te gusta?

Afirmó con la cabeza.

– Es para ti -le dije, y se la di.

– ¿Cómo se llama? -preguntó mientras se abrazaba a ella.

– Llámala Bruna.

– ¿Como tú?

– Sí -repuse-. Y un poquito de mi amor siempre te acompañará con ella.

La niña me abrazó sin soltar a su nueva amiga. El contacto fue largo, tierno y mi corazón se hizo grande sintiendo el calor de aquella personita frágil. Después, al apartarse, me miró sonriendo por primera vez y, al hacerlo, iluminó la noche, iluminó aquel mundo oscuro, cual su propio nombre de Esclaramonda significa.

61

«Antes perderá el cuerpo e dexaré el alma pues tales malcalcados me vencieron de batalla.»

[(«Antes perderé mi cuerpo y lo abandonará el alma, ya que tales desastrados me vencieron en batalla.»)]

Poema de Mío Cid

Bruna y Guillermo emprendieron el camino al poco de amanecer. Hubieran podido llegar a su destino antes de la puesta de sol del día anterior, pero no quisieron arriesgarse, dada la situación de los caminos, en caso de no ser bien recibidos en Cabaret. Así podrían ir y volver a la posada en el mismo día sin tener que pernoctar en el bosque.

Ambos llevaban su vihuela colgada a la espalda, espada al cinto y montaban caballos. Su aspecto no era el del común de los juglares trotamundos, sino más bien de un trovador noble acompañado de su propio juglar.

Bruna observó a todo el mundo antes de salir de la posada de El Gallo Cantarín ansiosa por volver a ver a Hugo y decepcionada por no encontrarle. En un instante de descuido de Guillermo, interrogó al posadero, a solas, sobre el juglar de la noche anterior y éste le dijo que se había ido. Bruna se maldijo por haber perdido, a causa de sus miedos, la última oportunidad de hablar con Hugo, pero pensó que no tuvo otra opción; estaba segura de que, de haber ella hablado, uno de los dos hubiera muerto en la posada.

Guillermo le interrogó en un par de ocasiones sobre su aspecto melancólico, pero ella no quiso decirle que aquel al que él deseaba matar era su caballero rival y el hombre que consumía sus pensamientos.

No se habrían alejado un par de millas en dirección a los montes cuando el camino les llevó a un hermoso paraje con frondosos árboles que orillaban el río Orbiel. Bruna intentaba calmar su angustia con la contemplación del sol que iluminaba ya las copas de los árboles, con los reflejos de las luces en las aguas del río, remolonas en ese lugar, y con el canto de los pájaros, cuando un grito le sobresaltó.