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Hugo se levantó ceremonioso y pidió licencia a Peyre Roger y Jourdan de Cabaret. Una vez concedida, hizo una reverencia a las damas, se tomó, parsimonioso, un tiempo en templar su guitarra, a sabiendas de que todos estaban pendientes de él, y al fin, mirándole a los ojos, se enfrentó a Miraval y entonando:

Deseo un serventesio componer, y cuando esté, que el camino emprenda hacia Miraval, directo, a todo correr, para Raimon, que me apesadumbra.

Todos contenían el aliento; conocida era la historia por la cual Raimon expulsó de casa a su esposa Gaudairenca, también trovador, alegando que con uno que compusiera en la casa sobraba y bastaba. Ésta hizo venir a su amante, Guillermo Bremon. Miraval se la entregó y ellos partieron juntos. Se oían risas aisladas entre los concurrentes.

Había una versión de lo sucedido que decía que el trovador se había deshecho de su joven esposa por requerimiento de una dama que no le aceptaba sin esa condición. Y cuando lo hubo hecho, ésta prefirió a otro. Contaban que ése era el propio Pedro II, rey de Aragón.

Cuando Hugo cantó aconsejando a Miraval que le suplicara a su esposa que regresara y le concediera a ella un amante, la propia Dama Loba estalló en risas y aplausos coreados por los asistentes. Raimon de Miraval contemplaba impávido a Hugo, mientras se sonreía y tensaba las cuerdas de su vihuela a modo de amenaza.

Hubo aplausos y vítores cuando Hugo terminó no tanto por su mérito, sino para espolear a Miraval, del que esperaban ansiosos la respuesta.

En su encuentro de la tarde, Hugo, siguiendo reglas de amistad y juglaría, había alertado a su oponente para que pudiera responder y Raimon de Miraval tañó su vihuela un rato, mientras parecía pensar. El silencio era absoluto.

– Vuestro padre pretende enseñar al maestro, ¿eh? -murmuró entre dientes.

Y empezó a cantar:

Debo enviar mi defensa a Mataplana, puesto que Huget se ha cruzado en mi camino pronunciando palabras que me hieren y porque, sin desafiarme, me acusa cantando.

Y así trovó Miraval, defendiéndose de sus supuestos pecados de amor mientras descalificaba de forma cariñosa al señor de Mataplana, al que consideraba incapacitado para entender su forma recta de amar a causa del gran amor y fidelidad que profesaba por su esposa Sancha.

Cuando terminó, todos celebraron el ingenio de ambos y, en especial, la diplomacia, tacto y buen humor de Miraval, que argumentaba sin ofender, esforzándose en conservar su honra, basada en los principios corteses de la Fin'Amor, a pesar del fiasco que representaba el abandono de su esposa en un infructuoso intento por poseer a su dama.

Las sombras habían caído ya sobre Cabaret y las antorchas iluminaban el castillo mientras los cantos y las risas bajaban hasta el valle rompiendo la paz de la noche de la misma forma que los trinos de los pájaros lo hacían en el día.

66

«La Loba ditz que seus so et a.n ben drech e razo, que, per ma fe, rnielhs sui sieus que no sui d'autrui ni mieus.»

[(«La Loba dice que suyo soy y lo hace con derecho y con razón, pues, a fe mía, más soy suyo que de otro o que mío.»)]

Peyre Vidal

El caballero faidit Isarn, su escudero Pelet y Renard, como criado, llegaron a Cabaret a la mañana siguiente. Isarn había coincidido alguna vez con Peyre Roger, pero su feudo estaba lejano y era un caballero menor. Los tres fueron interceptados unas millas antes de las fortificaciones y, aunque se les permitió continuar, no por ello se les franqueó la entrada. El faidit tuvo que responder a un largo interrogatorio antes de que le permitieran el acceso y sólo lo logró cuando dos de los caballeros que estaban en la fortaleza y que sabían de él dieron fe de su origen.

Isarn fue recibido por el señor de Cabaret, que le ofreció su hospitalidad a la espera de que participara en la lucha contra los cruzados. Sin embargo, alegando que la parte alta del castillo estaba demasiado llena, ubicó a los recién llegados en las defensas más cercanas al fondo del valle y próximas a las caballerizas. No era un lugar demasiado honorable, pero Isarn era un caballero desposeído y tuvo que aceptar. Para Peyre Roger la ubicación no era sólo un asunto de rango, sino de seguridad. Los tiempos eran difíciles y había que cuidarse de la traición.

– Ahora hay que encontrar a la dama Bruna -dijo Renard-. Viaja con Guillermo de Montmorency y ambos se ocultan bajo algún disfraz. El cruzado es un atrevido viniendo aquí, seguramente espía para su tío Montfort. Tenemos que afanarnos; nos jugamos mucho en este envite.

Decidieron que cada uno investigaría según su rango. Isarn entre los caballeros, Renard con los criados y Pellet con los escuderos.

Ignorantes del peligro que les acechaba, Guillermo y Bruna sentían fascinación por aquel lugar único, deslumbrante. Así, cuando aquella mañana Hugo les comunicó que la Dama Loba, reina indiscutible de la corte de Cabaret, les vería en su aposento, el caballero franco se emocionó.

La alcoba de Orbia de Pennautier estaba situada en la torre principal del castillo y aquél era, sin duda, el proverbial gineceo de la Fin'Amor, el nido del amor galante. La encontraron tocando en su vihuela con arco un aire melancólico, sentada en unos almohadones sobre una gran cama. Vestía aún su camisa de dormir y aparentaba haberse despertado sólo momentos antes, pero Bruna percibió en el color de sus mejillas y el rojo de sus labios que no era así, que la Loba sabía usar los afeites y que cuidaba su apariencia con esmero.

La dama continuó tocando como si no se hubiera percatado de la presencia de sus invitados y, al terminar, agradeció los aplausos del grupo con una risita cascabelera.

– Buenos días, mis jóvenes amigos -les saludó.

– Buenos días -repusieron haciendo una reverencia.

– Permitidme que me vista para recibiros como merecéis.

Y al levantarse, su fina camisa bordada insinuó con sus transparencias un hermoso cuerpo y, sin perder un segundo su sonrisa, complacida por la expectación que causaba en sus visitantes, se dirigió a un lado de la sala donde colgaba un pequeño tapiz con un espléndido unicornio. Allí y ayudada por una de sus damas, con la visión de la mayor parte de su cuerpo impedida por el mítico corcel, la Loba se despojó con parsimonia de su camisa. Bruna observó con cierto resentimiento a sus caballeros, que contemplaban embobados el espectáculo que descubría la cabeza de la dama, con la cabellera suelta, también parte de sus piernas y pies, mostrando de cuando en cuando de forma medida y estudiada los brazos y un pequeño vislumbre de cadera desnuda. Presenciar el vestir y desvestir era uno de los múltiples premios posibles, de distinta significación y naturaleza, que una dama podía ofrecer a su trovador o caballero. Sin duda, era en honor a Hugo, pero también honraba a sus amigos, ya que Guillermo y Bruna jamás hubieran merecido tal premio al ser unos recién llegados que aún no habían probado su saber trovadoresco, paratje y devoción.