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Al fin, se mostró ante ellos con un hermoso vestido de seda rojo bordado y les hizo un gesto para que se acomodaran sobre unos cojines mientras ella lo hizo en un escabel desde donde se mantenía más alta.

– La música, el canto, el amor… ¿Qué puede haber más sublime? -les interrogó-. ¿Qué nos puede acercar más a Dios?

– El rezo -repuso Bruna, que no podía evitar, aun en su disfraz de muchacho, sentirse rival de la Loba y resentir su despliegue de seducciones.

Ésta respondió con su risa bulliciosa y luego dijo: -Es lo mismo, mi joven doncel. Las oraciones son un conjuro, un canto con su propia musicalidad y estructura. Las que más arriba llegan son las que mayor armonía contienen.

– Y también el amor a Dios, a nuestros semejantes, la caridad… -insistió Bruna recordando a Domingo de Guzmán.

– Todo ello está contenido en la Fin'Amor amplia, cuando, generado en la dama y su amante, trasciende a quienes les rodean, y después al mundo. Y ésa es la misión de los que practicamos el Joy -contestó Orbia-. Llegamos a Dios a través de los conjuros de amor contenidos en nuestro canto. Amor a nosotros mismos, a nuestra pareja, a los otros y a Él.

– ¿Y qué me decís de los juegos picaros, a veces procaces y obscenos, que se practican en nombre de la cortesía? -insistió Bruna.

La Loba volvió a reír y los caballeros le hicieron eco deseando diluir la crítica encubierta, con sabor vengativo, que Bruna mostraba al despliegue de seducciones de Orbia.

– Sirven para potenciar esa gran energía -repuso ella divertida por la actitud inquisitiva de aquel muchachito llamado Peyre-. Incitan la emoción de nuestros cuerpos, de nuestros corazones, de nuestros sexos… y así contactamos con esa mayor fuerza que lo mueve todo, la que Dios creó. ¿No seréis, joven amigo, uno de esos insensatos cátaros que creen que existen dos dioses y que el malvado, cuyo siervo es el demonio, rige nuestro cuerpo y que por lo tanto éste es aborrecible? ¿O un seguidor de esos frailes católicos chiflados que lo desprecian y se hieren a propósito, que pasan hambre y miseria? Nosotros, a través de ritos y juegos, sublimamos esa energía que Dios creó y mantiene en nuestros cuerpos para transformarla en puro amor y con él nos acercamos a lo divino, al Señor y eso nos produce Joy, que es a la vez catalizador y resultado.

– ¿Y por qué os llaman también Dama Grial? -quiso saber Guillermo.

– Porque el Joy es el verdadero Grial, el que Perceval, en la obra de Chrétien de Troyes, encontró fugazmente en el castillo del Rey Pescador -la dama mantenía su sonrisa seductora y sus ojos azules brillaban con alegría-. El Joy es el portador de la plenitud, del júbilo, del gozo, del amor y la risa. Y la risa es el antídoto del miedo y éste, la patria de lo oscuro, del demonio. Yo soy el Grial porque soy la sacerdotisa del Joy. Lo cultivo, enaltezco, alimento y sublimo.

Se hizo el silencio cuando la dama terminó de hablar. Bruna, conocedora de la cultura del Fin'Amor, entendía, aunque los cuestionara, los argumentos de la dama. Pero Guillermo trataba de asimilar aquella filosofía, quizá religión, que en mucho le era completamente nueva.

Y así continuaron conversando hasta que, al rato, Hugo, de repente, inquirió:

– Entiendo que guardáis en el castillo esos documentos que cargaba la séptima mula cuando asesinaron a Peyre de Castelnou.

Por un momento la sorpresa borró la sonrisa de la faz de Orbia.

– Muy de fiar serán vuestros compañeros cuando vos, un caballero de Sión, se atreve a mencionar eso frente a ellos -repuso la dama recuperando su semblante alegre.

Esta vez los sorprendidos fueron Guillermo y Bruna. ¿Era Hugo un caballero de la sociedad secreta de Sión? ¿Igual que Aymeric de Canet, el comendador templario?

– Son mis compañeros en la búsqueda -repuso Hugo, incómodo y extrañado de que la dama no sólo conociera su secreto, sino que lo revelara tan alegremente.

– Pues llegáis tarde, puesto que el rey de Aragón, temiendo por la seguridad de Cabaret, buscó otro custodio.

– ¿Mi señor el rey de Aragón?

– Sí -repuso Loba-, nuestro señor el rey de Aragón.

– ¡No puede ser! -exclamó Hugo-. ¿Quién es ese nuevo custodio?

– El secreto no me pertenece -repuso la dama-. Deberéis hablar con Peyre Roger, a quien el comendador Aymeric de Canet se lo confió.

67

«Guays e jausents xanti per Fin'Amor car e xausit jent e plasent aymia.»

[(«Alegre y contento canto por Fin'Amor, ya que escogí seductora y gentil amiga.»)]

Fray Hugo Prior

Alarmado por la noticia, Hugo, olvidándose del honor que la Dama Loba le confería al recibirlo en su alcoba, apresuró el final del encuentro para salir a la búsqueda del señor de Cabaret. Supo que éste cazaba en un valle cercano y, dejando a Bruna y Guillermo en el recinto amurallado, galopó a su encuentro. Le fue fácil hallarlo; al ver un halcón atacando una paloma, sólo tuvo que seguir el vuelo de éste, que terminó en el puño enguantado en cuero de Peyre Roger, que se encontraba junto a otros caballeros. Después de los saludos de rigor, el joven le pidió hablarle a solas y tan pronto se alejaron del grupo, inquirió por los legajos.

– ¿Cómo vos, que estáis tan cerca del rey Pedro, me preguntáis eso? -repuso Peyre Roger de Cabaret, extrañado.

– Yo creía que vos los custodiabais -contestó Hugo.

– Como caballero de Sión, sois mi hermano, conocéis su contenido y debéis conocer su paradero, puesto que su protección es vuestro deber -contestó el de Cabaret-. Me sorprende que el Rey no os lo dijera.

– Vengo directamente de estar con el Rey. Y de haberlo sabido él, con toda seguridad me hubiera advertido de ello.

Peyre Roger de Cabaret le miró sorprendido. La alarma se reflejaba en su mirada.

– Tengo un documento del Rey que me pide que ceda la custodia de los legajos a un hermano nuestro, también caballero de Sión, naturalmente…

– ¿A quién? -cortó Hugo impaciente.

– A Berenguer, arzobispo de Narbona.

– ¡El tío bastardo de Pedro II!

– Sí, y además, los documentos, tanto reales como arzobispales, los trajo Elie, el mayordomo de Berenguer, al que conocemos personalmente -repuso Peyre Roger-. La carga de la séptima mula está en su poder.