– Esto es muy extraño. ¿Me permitís ver el documento?
– Naturalmente, tan pronto lleguemos al castillo.
Al mostrarle Peyre Roger el pergamino del Rey, Hugo exclamó:
– Es falso el sello, es falsa la firma.
– ¿Qué?
– Que conozco muy bien el estilo y los documentos de mi señor. Vos habéis visto bastantes menos que yo. Os puedo asegurar que alguien los falsificó.
– ¿El arzobispo?
– Quizás.
– ¿Por qué lo haría? Él es caballero de Sión.
– No lo sé -repuso Hugo-. Iré a verle para averiguarlo.
– Esperad aún unos días. Preparo mañana una expedición contra los cruzados y me gustaría que participarais.
Hugo dudó unos instantes. Deseaba salir de inmediato para Narbona, pero Guillermo le inquietaba aún más que los documentos. Se dijo que la batalla sería un buen lugar para comprobar si las promesas de Guillermo de combatir a los suyos eran ciertas. Si se echaba atrás, le mataría sin dudarlo.
Al regresar a la sala donde dormían, Hugo no halló a sus compañeros, pero sí a Raimon de Miraval tañendo su vihuela.
– Buenos días, Raimon -le dijo-. ¿Preparáis alguna cansó a las virtudes de la Dama Loba?
– No a ella, pero sí por su encargo.
– ¿Y qué es?
– Algo muy especial y secreto.
– ¿Aun para un buen amigo?
El trovador le sonrió.
– No lo debiera ser para vos, que sois de la Orden secreta de Sión.
– ¿Y cómo lo sabéis si es secreto? -se extrañó Hugo, molesto.
– No hay secretos para la Dama Loba -dijo con una sonrisa triste-. No soy el único que se rinde a sus encantos, y a los hombres se nos va la lengua en los brazos del amor.
Hugo soltó un resoplido. La dama era lenguaraz. ¿Respondería aquello a un propósito oculto de la señora de Cabaret?
– ¿Tanto poder tiene para que un caballero de Sión le diera el nombre de otro?
– No lo hizo uno, sino varios.
El joven caballero movió la cabeza en gesto de disgusto.
– Y la Loba confía en mí y me cuenta lo que ella quiere que yo sepa -dijo Miraval-. Pero por el amor que os tengo a vos y a vuestro padre, si me dais vuestra palabra de mantener el secreto, os diré en qué me ocupo.
– Hecho.
– ¿Habéis oído hablar del número áureo?
– ¿Tiene que ver con la leyenda de Pitágoras y, después, Platón?
– No es leyenda. Fueron grandes sabios.
– ¿No es ése el número que rige la creación, el número de Dios?
– El número que crea la armonía de la vida -repuso Miraval-. El que marca las proporciones de nuestros cuerpos, el que coincide con el crecimiento de las espirales de los caracoles, el 1,6238.
– ¿Qué ocurre con él?
– Es la fórmula del encantamiento en la música.
– ¿Encantamiento?
– Exacto -Miraval sonreía-. Encantamiento viene de canto. Es encantado quien queda sometido al poder del canto o, de lo que es lo mismo, del sortilegio. Pero no cualquier música lo consigue, no cualquier canto. Sólo los de la cadencia del número áureo, puesto que se acopla a nuestro ritmo interno.
– ¡Pero eso es magia!
– Sí, pero magia blanca -repuso Miraval-. La magia del amor, la del Joy.
– ¿Y así Loba pretende que caigan aún más en sus redes?
– Sois cruel con ella. Sólo quiere extender el Joy, la Fin'Amor, por el mundo.
– También se hace llamar Dama Grial -contestó Hugo-. Y con el amor extiende su poder.
Hugo quedó meditabundo. La Dama Loba cultivaba su propia religión, una religión donde el amor era dios y ella, la papisa. Y tenía intenciones ocultas.
68
«N'Uget, et eu vauc si nutz
que, laire si m'encontrava,
no.m toldria si no.m dava.»
[(«Huget, voy tan desnudo que,
si a un ladrón me encontrara,
robarme no pudiera si antes no me daba.»)]
Respuesta de Reculaire a Hugo de Mataplana
Aquella tarde, al iniciarse el ocaso, Peyre Roger de Cabaret se levantó de su asiento en la cabecera de la mesa en la alta terraza de la fortaleza e interrumpió los cantos y malabarismos de los juglares. Alzó su copa, que brillaba con los últimos rayos de sol, hacia sus invitados, para declamar con voz potente:
– Éste es el castillo del Grial. Aquí atesoramos el honor, la poesía, la libertad de creencias y la Fin'Amor, en un mundo donde el Joy se extingue a causa de un Apocalipsis fanático y bárbaro al que llaman cruzada. Nosotros continuaremos cantando, recitando, amando hasta el último de nuestros días. Quiero recordar a nuestro señor, el vizconde Raimon Roger Trencavel, que ahora está anillado a la pared de una mazmorra, con las argollas de sucio hierro cortándole la carne, y sufre sin luz, sin música, sin amor…
Todos sabemos que nunca saldrá vivo de su prisión, que será asesinado. En honor de este modelo de caballeros, señor del Joy, bebamos, riamos, cantemos, amemos…
Un clamor de vivas y aplausos se elevó entre los comensales. Peyre Roger reclamó silencio para continuar.
– Y también luchemos. Por él y por los desterrados de Carcasona, por todos los que murieron en los caminos. Mañana, a la amanecida, convoco a los caballeros del castillo y visitantes a una expedición de castigo contra los cruzados. ¡Por nuestro vizconde!
Sus palabras denotaban la emoción y los ojos de Peyre Roger se llenaron de lágrimas. De nuevo vítores.
El faidit Isarn brindó de pie, uniéndose al clamor de los demás, mientras observaba a todos los caballeros tratando de identificar al de Montmorency.
Precisamente era al mismo, a Guillermo, a quien Hugo miraba de forma torva, imaginando su muerte.
La cena terminó pronto y sólo las damas continuaron la velada. Los caballeros, en especial los foráneos, se afanaron para completar el equipo, pidiendo prestado lo que les pudiera faltar, asegurándose de que cascos, espuelas, mallas y armas estuvieran en condiciones. Guillermo se ocupó particularmente de su escudo. Cuando Hugo le vio tan atareado, en compañía de un artesano local, bajo la mirada curiosa de Bruna, no pudo menos que preguntar. -¿Qué pintáis? -¿No lo veis? -repuso el franco-. Un ruiseñor rojo sobre un fondo gualda.
– ¿Un ruiseñor? -se sorprendió el catalán.
– Naturalmente; en honor a mi dama. Ésta es mi enseña a partir de ahora.
Hugo se fue murmurando; aquello no le gustaba, pero se dijo que al día siguiente solucionaría aquel asunto. A la menor duda, al menor síntoma de traición o cobardía, terminaría con él. En realidad, no necesitaba ni siquiera motivo. Le diría a Bruna que su muerte era obra de los cruzados.