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Se acomodaron para escuchar.

– El arzobispo es hijo natural del último conde de Barcelona independiente, Ramón Berenguer IV, que se casó con Petronila de Aragón cuando ésta tenía sólo un año. El padre de Petronila, Ramiro, llamado el Monje, salió del monasterio donde se dedicaba a la vida contemplativa a la muerte de su hermano para cumplir con el reino. Lo hizo casándose con una princesa franca para procrear un heredero. Regresó al convento después de dar a Petronila en matrimonio a Ramón Berenguer, al que cedió la regencia, aunque reservándose él el título de Rey hasta su muerte. Ramón Berenguer, como príncipe de Aragón y conde de Barcelona, tuvo que negociar con las tres órdenes militares, sepulcristas, hospitalarios y templarios, a las que el hermano de Ramiro había cedido el reino en herencia. Al fin recuperó la independencia del reino de Aragón y lo cedió a Alfonso II, su primer hijo de su matrimonio con Petronila. Sumándole las posesiones del gran condado de Barcelona y vasallajes, Alfonso, el padre de mi señor, el rey Pedro II, pasó a ser señor de Aragón, de toda Cataluña y grandes feudos en Occitania. Pero antes, mientras Petronila crecía, Ramón Berenguer vivió un amor apasionado con una dama provenzal, con la que se hubiera casado de no existir el pacto con Aragón, y tuvo con ella a Berenguer, cuyo destino era ser su heredero, pero

que terminó siendo sólo un bastardo oficialmente reconocido. En otras palabras; si la alianza matrimonial de Aragón-Cataluña no se hubiera consumado, ahora Berenguer sería conde de Barcelona y, de haber continuado extendiéndose el poderío de su casa, quizá rey de Cataluña, Provenza y de otras posesiones occitanas. Berenguer fue destinado a la carrera eclesiástica sin que él considerara ése un destino justo. Antes fue abad de Montearagón, obispo de Tarazona, obispo de Lérida y, finalmente, arzobispo en Narbona, y aunque en algunos aspectos es un hombre de religión, en otros actúa como un monarca. Tiene numerosas tropas a su servicio y su poder militar supera en mucho al del vizconde de Lara, con el que comparte la señoría de Narbona. Narbona era antes feudo del conde de Tolosa y ahora, al someterse a la cruzada, lo sería de Simón de Monfort.

– No exactamente -intervino Guillermo-, el conde Raimon VI perdió Narbona bajo el punto de vista del papado cuando fue excomulgado. Y recuperó sus derechos cuando se le perdonó en Saint Gilles, pero ese perdón no fue más que una estrategia para ganar tiempo por parte del abad del Císter, Arnaldo. Así, la cruzada sólo ha tenido que luchar, en esta fase, contra el vizconde Trencavel y no contra una alianza occitana. Estoy seguro de que en cuestión de meses le volverán a excomulgar y Narbona pasará a depender de mi tío.

– ¿Y por qué creéis que el arzobispo quiere la carga de la séptima mula? -cortó Bruna, que consideraba aburrida la política de las complejas relaciones de vasallaje feudal.

– No lo sé -repuso Hugo-, pero lo más extraño es el método que ha usado; falsificar un documento del Rey es muy serio.

– ¿Qué necesidad tiene de enfrentarse a su sobrino? -insistió ella.

– Es un hombre extraño -continuó el de Mataplana-. Debe de poseer una gran fortuna; sus mercenarios exprimen a comerciantes y campesinos con grandes impuestos. De hecho, su propio sobrino, el rey de Aragón, le debe una fortuna. El Papa le tiene en muy poca estima; le ha llamado «perro que no sabe morder» porque se le resiste y no quiere tomar medidas contra los judíos y contra herejes de todo tipo. Pero no sólo ésos son sus protegidos, se habla también de brujos. Tiene fama de nigromante.

– Pero ¿por qué corre esos riesgos?

– No se arriesga porque es demasiado poderoso y por lo tanto inmune. Pero quiere más poder.

– ¿Para qué querrá esos documentos, «la herencia del diablo», como la llama el abad del Císter? -se preguntó Guillermo.

– Muy importantes deben de ser esos escritos si son la causa de la cruzada -dijo Bruna-. Y si el arzobispo ha jugado tan fuerte para conseguirlos, dudo que nos los dé sin más.

– No nos los dará -afirmó Hugo-, habrá que quitárselos.

– ¿Para qué quitárselos? -inquirió ella-. ¿No nos basta con saber el porqué de la cruzada?

– Contienen un secreto de poder -repuso el de Mataplana- y yo sí tengo obligación de recuperarlos.

– Pues pedid ayuda a vuestros colegas de Sión -propuso Guillermo en tono malicioso.

– Los caballeros de Sión son pocos y alguno lo ha sido por herencia y no por mérito. Éste es el caso de Raimundo VI conde de Tolosa, que traicionó a la Orden al verse en peligro. Aymeric de Canet murió bajo vuestra espada y el vizconde Trencavel está atado con grilletes y vivirá poco. Por otra parte, Peyre Roger de Cabaret está suficientemente ocupado sosteniendo la lucha occitana contra los cruzados. Sólo cuento aquí con mis fuerzas.

– Aún quedarán caballeros de Sión ocultos -insistió Guillermo.

– Deben continuar ocultos y los que yo conozco no pueden ayudarnos.

Los tres quedaron en un silencio pensativo.

– Le exigiré esos escritos en nombre del abad del Císter -dijo Guillermo al rato.

– Negará que los tiene.

– Le diré que Arnaldo sabe que él los tiene y que le debe obediencia por ser legado papal -insistió el de Montmorency-. Seguro que ni mostrándole mis credenciales querrá devolver los documentos. Pero al menos veremos su reacción y, con suerte, averiguaremos dónde los guarda.

– De acuerdo -coincidió Hugo-. A falta de algo mejor, al menos es una buena forma de obtener información. Cuando sepamos más, podremos establecer un plan definitivo. ¿Qué opináis, señora?

Bruna aceptó.

73

«Per q'ieu sec mas volontatz,

e jogui ab los tres datz

e prend ab los conz paria

et ab bon vin on q'ieu sia.»

[(«Por eso hago lo que me viene en gana,

y juego con tres dados,

y me acompaño de conos

y de buen vino donde quiera que vaya.»)]

Respuesta de Reculaire a Hugo de Mataplana

Establecer un plan de acción conjunto, aunque pobre y deshilvanado, pareció suavizar las relaciones entre mis caballeros. Continuaban compitiendo por mi atención y se mostraban celosos cuando, usando algo de lo aprendido en Cabaret, mantenía una mirada o sonrisa demasiado prolongada en el otro, le acariciaba el pelo al primero y le daba a besar mi mano, o le dirigía un elogio al segundo. Entendía a la Loba, la Dama Grial, y me daba cuenta de cuan satisfactorios podían ser esos juegos amorosos y lo poderosa que hacían a la dama que los sabía jugar.