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– No es de extrañar que los judíos, musulmanes y arrianos se entiendan mejor entre ellos que con los católicos -intervino Guillermo-. Todos niegan la Santísima Trinidad y consideran a Jesucristo de naturaleza distinta al Padre, hombre en muchos casos, aunque a veces con características divinas.

– ¿Y qué me decís de los adopcionistas? -dijo Hugo-. Los mozárabes en las Españas ocupadas por los árabes, y en especial en Toledo, se desviaron en su mayoría del catolicismo. Creían que Jesús nació humano y que después fue adoptado por Dios. Y Roma no podía hacer nada contra ellos, ya que el Al Ándalus estaba bajo control musulmán y los cristianos eran independientes. Aún hoy, siglos después de que los católicos reconquistaran Castilla, la misa en Toledo se hace en rito mozárabe a pesar de la oposición del Papa. Dos veces se llevó la cuestión al juicio de Dios. En una de ellas, el paladín mozárabe venció en combate al católico y en la segunda, que fue una ordalía de fuego, el misal católico se quemó y el mozárabe fue respetado por las llamas. En vista de ello, el Rey se vio obligado a aceptar el rito mozárabe aun aplicando el dogma católico.

– Y los adopcionistas también se debieron de entender bien con los judíos -dijo Guillermo-. En realidad, el gran punto de disputa entre las religiones es la divinidad de Jesucristo.

– Pero éste no es el caso de los cátaros -repuso Hugo.

– En efecto -coincidió el de Montmorency-. Precisamente la humanidad de Jesucristo es lo que niegan los cátaros. Para ellos es un espíritu puro, parte del Dios bueno, que jamás pudo ser contaminado por un cuerpo humano regido por el dios malo. Su cuerpo no era real, era sólo una apariencia.

Se hizo un silencio en el que ambos caballeros quedaron pensativos, pero con expresión satisfecha en sus semblantes. Yo no me podía creer que en semejantes circunstancias aquel par estuviera en tertulia para demostrarse mutuamente sus conocimientos teológicos. Hasta en eso competían, aunque sosegadamente, con placer. Irritada, estuve a punto de decirles que si tanto se gustaban, para qué querían a una dama. Se habían olvidado de mí y de la amenaza que pesaba sobre mi cabeza. Quizá ellos no le dieran mucho crédito a Sara, pero yo sí tenía motivos para creerla.

– ¿Y qué tiene que ver toda esa disertación religiosa con lo que tratábamos? -estallé al fin.

Otra vez vi en sus semblantes esa mirada de asombro; como si en ese momento se percataran de que yo estaba allí.

– ¿Qué es lo que habéis averiguado que nos ayude a conseguir la carga de la séptima mula, lo que el abad del Císter llama «el testamento del diablo»? -insistí.

– Decía que todo apunta a que los judíos piensan sublevarse -explicó Hugo-. Están haciendo acopio de armas. Saben que tarde o temprano serán víctimas de los cruzados. Los hebreos de Béziers escaparon de la muerte al huir de la cruzada. Parecía que supieran lo que iba a ocurrir, pero ahora son despojados de todos sus bienes como pago al arzobispo y al vizconde de Narbona de los víveres que éstos suministraron al negotium pacis et fidei.

– ¡Están locos! -exclamó Guillermo-. No saben de armas, no tienen gentes con experiencia de combate. Son buenos artesanos, banqueros y comerciantes, pero jamás he sabido de un judío manejando la espada.

– Ellos opinan distinto -repuso Hugo-. Recordad que la Biblia habla de grandes reyes guerreros.

– Sí, pero de eso hace miles de años y…

– ¡Ya basta de coloquios! -corté impaciente al ver que iban a entrar en una discusión teórica sobre el asunto-. ¿Qué tiene que ver el asunto hebreo con lo nuestro?

Otra vez me miraron con sorpresa y ahora con cierto resentimiento. Me di cuenta de que no me había comportado como ellos esperaban hiciera una dama.

– Señores, no tenemos mucho tiempo -dije intentando arreglarlo con una sonrisa.

– Se dice que Raimon VI, que además de conde de Tolosa, es el duque de Narbona, será excomulgado de nuevo -continuó Hugo-. Cuando eso ocurra, será desposeído y Simón de Montfort pasará a ser también el señor de Tolosa, Saint Gilles y Narbona. Si la cruzada entrara en esta ciudad, se produciría el exterminio, o exilio en el mejor de los casos, de los judíos. Pero como se descubrió en Béziers, ellos parecen tener visión de lo que va a suceder. Son muchos en Narbona y esta vez han decidido no huir.

– No lo veo factible -dijo Guillermo-. No podrán hacer nada.

– Tienen aliados poderosos.

– ¿Quiénes?

Hugo bajó la voz como si temiera que alguien nos escuchara.

– El propio arzobispo.

Guillermo y yo nos miramos sorprendidos.

– ¿Que el arzobispo se aliaría con los judíos contra la cruzada? -exclamó Guillermo-. Eso no tiene sentido.

– El arzobispo y el Papa se llevan muy mal -aclaró Hugo-. Es más, se odian. Berenguer sabe que el Papa lo destituirá tan pronto como pueda y que, cuando la cruzada ponga sus ojos en Narbona, su futuro será poco mejor que el de los judíos. No asistió a la penitencia del conde Raimundo en Saint Gilles y la única razón por la que se sometió a la cruzada fue porque no estaba preparado y prefería que ésta, entonces envalentonada por la victoria de Béziers y en su plenitud de fuerzas, se dirigiera a Carcasona.

– ¿Qué tiene que ver todo eso con los legajos? -inquirí.