Выбрать главу

– ¿Despechado porque no se le concediera a él el reino de Jerusalén? -inquirió Guillermo.

– Quizá. Seguramente quiso probar que su ascendencia era más digna de tal honor que la de Godofredo -repuso Hugo.

– Pero la búsqueda de la estirpe de Cristo es herética en sí misma.

– Lo es para la Iglesia romana tal y como la conocemos hoy -continuó el de Mataplana-. Pero los primeros cristianos no parece que dudaran de la naturaleza humana de su líder. Y siendo hombre, podía tener descendencia y ésta representaría el linaje más alto de la humanidad y una amenaza para el obispo de Roma. Los llamados descendientes de Pedro, los obispos romanos, asumieron el liderazgo de la Iglesia católica gracias al poder imperial que les apoyaba y que, prácticamente, les nombraba. El proceso de divinización de Cristo fue político. En los tiempos de la Roma antigua, donde los emperadores eran divinizados y adorados, ¿cómo podía tener Cristo un rango inferior, sólo humano?

Guillermo quedó pensativo y al rato respondió:

– La Iglesia lleva siglos de debate contra las herejías que buscan la humanidad de Cristo, los arrianos, los adopcionistas…, de nada sirve que lo discutamos nosotros. Al fin, es un asunto de fe.

– Precisamente -repuso Hugo-, la clave está en lo que la gente crea o pueda llegar a creer. Y en esta tierra de Occitania, sembrada de arrianismo y adopcionismo, si se cultiva la creencia de forma adecuada, brotará otra vez con fuerza y el resultado será

contrario al poder espiritual de Roma y al temporal de los reyes franceses, sus aliados naturales, ya que descienden de Carlomagno, protector de papas.

– Entonces la carga de la séptima mula…

– Contiene la genealogía de los descendientes de Cristo, llegando hasta nuestra generación -explicó el de Mataplana-. Y los caballeros de Sión somos los protectores de este linaje y también de los documentos que lo demuestran. Por eso, el legado Arnaldo llama a esos documentos «la herencia del diablo», porque pueden destruir la Iglesia católica.

– Entonces, Bruna…

– Bruna es, sin saberlo ella, la descendiente de Cristo. No sólo eso, sino que en los cien últimos años los caballeros de Sión nos aseguramos que las distintas líneas genealógicas se unieran en matrimonios de forma que en Bruna se concentraran los distintos linajes. Por sus venas corre la sangre más pura del Redentor que murió en la cruz para salvarnos de nuestros pecados.

Guillermo de Montmorency se quedó boquiabierto mirando a la faz, pobremente iluminada por el candil, del de Mataplana.

82

«Deus! Que purrat co estre? De cest message nos avendrat grant perte!»

[(«¡Dios! ¿Qué augurio es éste? ¡Grandes males habrá de acarrearnos esta empresa!»)]

La Chanson de Roland, XXV

Guillermo, abrumado, guardó un largo silencio pensativo. Mientras, Hugo contemplaba a ese rival, a ese enemigo que extrañamente se había convertido en su único posible confidente y aliado en aquella situación. Le había contado lo que prometió no revelar a nadie fuera de Sión, pero Bruna estaba antes que el secreto; su vida era preciosa y el arzobispo demostraba intenciones siniestras. Conocía ya lo suficiente al franco para saber que la Dama Ruiseñor era lo primero para él, que daría su vida por ella.

– La existencia de un descendiente de Cristo… -balbució Guillermo-. Si se pudiera probar que un descendiente de Cristo vive…, lo cambiaría todo. Sería una revolución.

– Exacto -afirmó Hugo-. Nuestra sociedad se rige por los derechos dinásticos. La nobleza y sus privilegios se pasan de padre a hijo.

– ¿Cuál sería el derecho dinástico de un descendiente de Cristo? -continuó Guillermo.

– ¿El papado?

– El papado es electivo.

– Aunque forzado por nobles poderosos, en especial las grandes familias romanas…

– ¿A quién obedecería antes la cristiandad -se preguntó Guillermo-, al papa o al sucesor genético de Jesucristo?

– Sin duda, al sucesor -repuso Hugo-; y toda la estructura de poderes de la Iglesia se desmoronaría de probarse su existencia.

– Ahora entiendo por qué el legado Arnaldo quiso la muerte de Bernard de Béziers y quiere la de su hija. ¿Pero qué necesidad tenían de predicar una cruzada? ¿Por qué la matanza de tanta gente?

– Es una guerra de exterminio -contestó Hugo-. Ni Bernard ni su hija son en realidad tan importantes. Mayor importancia tienen los documentos de la séptima mula, «el testamento del diablo», según Arnaldo.

– ¿Por qué?

– Porque, sin esos documentos, la Dama Ruiseñor y su padre serían sólo pequeños nobles al servicio del vizconde Trencavel.

– Sí, pero los documentos por sí solos tampoco tienen gran valor -dijo Guillermo pensativo-. ¿Quién puede demostrar su autenticidad? Pueden ser una hábil falsificación de cuando se tomó Jerusalén hace cien años o quizá de hace mil. ¿Quién lo distinguiría?

– Exacto -sonrió el de Mataplana.

– Porque para imponer su autenticidad, se precisa poder. El poder de las armas -continuó el de Montmorency-, y en ese caso, los que aportáis ese poder sois la Orden secreta de Sión.

Los dos caballeros se miraron a los ojos en la penumbra y, después, Guillermo echó un trago de su vino y continuó con su cabala:

– El conde de Tolosa, el vizconde Trencavel y los demás de Sión que se mantienen ocultos; ése es el objetivo de la cruzada; debilitarlos, acabar con ellos, que dejen de ser peligrosos…

– Y no sólo con ellos, sino con sus dinastías -añadió Hugo-. Y también con los súbditos que les apoyan. Por eso el exterminio en Béziers, por eso el destierro sin medios de subsistencia de los de Carcasona. Quieren sustituir a los nobles occitanos por nobles francos, fieles al papado, e importar población del norte.

Guillermo miró el fondo de su tazón pensativo, bebiendo al cabo de un rato. Hugo le imitó observándole con atención. Sus pensamientos seguían con Bruna. ¿Dónde estaría? ¿Qué podrían hacer para rescatarla? Sus ojos estaban húmedos.

– Yo deseaba saber qué contenía la carga de la séptima mula -habló al fin, después de una larga pausa meditabunda el franco-. Quisiera saber qué podía motivar que un hombre de Dios ordenara una matanza tan horrible. Ahora ya lo sé.

Hugo, que le miraba con una sonrisa triste, continuó en silencio, pero afirmó ligeramente con la cabeza animándole a hablar.

– El miedo -dijo Guillermo-. Es el miedo; el miedo a perder el poder, a perder las posesiones materiales, a perder prestigio o influencia. Miedo a quién sabe qué más. El miedo es el asesino.