Berenguer levantó el copón hacia mí y después, musitando oraciones o conjuros, lo hizo hacia la sala para depositarlo en el altar al tiempo que uno de los barbudos, el que parecía al mando, hacía lo mismo con otro cáliz en que había recogido los destilados de las retortas. Los cantantes callaron mientras el arzobispo mezcló el contenido de ambos recipientes en uno de los cálices y lo removió con un pequeño hisopo. Después, levantó la mezcla hacia mí declamando en latín.
Y repitió la maniobra mirando a la sala. A continuación, bajando los peldaños que conducían al ejército, se plantó frente a la estatua adelantada del resto y mojando el dedo en el contenido de la copa, trazó unos dibujos en su frente. El hombre de la barba depositó algo que parecía un trocito de pergamino en la boca de aquella figura y Berenguer le hisopó la cabeza. Después, le mojó en distintos puntos, de arriba abajo, empezando por el corazón y continuando con el estómago. Cuando se sintió satisfecho, vino de vuelta al altar, se arrodilló y levantó el cáliz hacia mí recitando más de aquellos rezos. Al fin, depositó el copón en el ara, se giró hacia la sala y, levantando la voz, pronunció unas frases en aquella lengua extraña, con una cadencia rítmica. Los hombres de las barbas las repitieron a coro. Al continuar Berenguer, ellos se unieron a él con una métrica constante. Pronto noté que había cuatro grupos que entraban repitiendo los mismos sonidos en momentos precisos y en distintos tonos. Era solemne; ahora amenazante, después suplicante, y, al fin, se concretó en un ritmo regular que lo fue llenando todo. Las voces de unos se sumaban a las de los otros. Era hipnótico, repetitivo y desde mi cruz sentía una vibración intensa, poderosa, que retumbaba en las paredes y crecía a cada momento inundando el espacio. Era energía de fuerza, energía de espíritu, y mi cuerpo se puso a temblar de nuevo como hoja sacudida por aquel viento diabólico. Pero no era yo la única cuyo cuerpo se agitaba. La figura a la que el arzobispo había mojado con el contenido del cáliz empezó a vibrar y con gran estrépito, el escudo que llevaba sujeto cayó por los suelos mientras aquello se zarandeaba de forma descompasada. No podía dar crédito a mis ojos. ¡Berenguer estaba dando vida a la estatua! No había sentido tanto terror ni cuando vi los clavos y el martillo al pie de la cruz. ¡Satanás se ocultaba detrás de aquello! Y yo era la víctima. Ya no temía por mi vida, sino por mi alma. ¿Iría al cielo siendo sacrificada en aquel aquelarre? Recé y recé sin que el temblor me dejara. Las lágrimas resbalaban por mis mejillas al tiempo que un hilillo de sangre continuaba bajando desde la herida por mi brazo. ¿Qué hacía aquel nigromante con mi sangre? No quería ser parte de aquello, no quería que el contenido de mis venas diera vida al monstruo, y me preguntaba si sería cierto que yo era un ser especial. Rezaba de nuevo para que no ocurriera lo que iba a ocurrir. Pero pasó.
Los hombres de las túnicas y el birrete continuaban pronunciando las terribles palabras a coro mientras la vibración no cesaba, pero el arzobispo tomó de nuevo el cáliz y el hisopo y se acercó a aquella figura de espanto. Sopló y aquel cuerpo dejó de sacudirse para quedarse inmóvil. Entonces, Berenguer le roció en la cabeza con el hisopo mientras le decía:
– Yo soy tu creador y te bautizo con la sangre santa.
Lo pronunció alto y claro. Entonces me di cuenta de que los demás habían callado y el silencio era absoluto.
– Te llamarás Adán, porque eres el primero de tu especie. Y me obedecerás porque soy tu creador y tengo el poder sobre tu vida y tu muerte.
No hubo movimiento por parte de aquella cosa y el arzobispo se quedó mirándole. Era muy alto, bastante más que un hombre medio, y corpulento, muy corpulento.
– Te ordeno que me respondas. ¿Cómo te llamas?
Dejé de respirar para escuchar mejor y creo que todos los demás estaban igual de expectantes. Al final, una voz gutural respondió.
– Adán.
No podía dar crédito a mis oídos. Pensé que aquella voz había podido salir de cualquier lugar, aunque sonaba que provenía del ser. Entonces, Berenguer dijo:
– Adán, coge tu escudo y saca la espada.
Primero se inclinó lentamente y recogió la defensa del suelo, después, tomando velocidad en sus movimientos, desenfundó de un golpe. Su aspecto era siniestro, amenazante y seguro. Fue cuando el arzobispo llamó a aquellos otros seres extraños que montaban guardia en los flancos de la formación. Berenguer señaló a Adán y les dijo:
– Matad.
Después, ordenó al recién nacido:
– Acaba con ellos.
Aquellos entes mudos y torpes se acercaron a Adán. Trataban de rodearle mientras éste giraba sobre sí mismo, observándolos, protegido con su coraza. Parecía que ya lo tenían cercado cuando éste se abalanzó sobre uno de ellos, se cruzó para situarse a su espalda y, al hacerlo, descargó un golpe tan tremendo que rajó el escudo de su oponente. No había podido aún reaccionar el otro cuando girándose rápido Adán le lanzó por atrás un tajo en el cuello y, literalmente, se lo cercenó. Para mi asombro, aquella cosa en forma de guerrero se deshizo en un montón de tierra, de barro seco, dentro de sus ropas y malla de hierro.
No sólo el recién nacido se había librado del cerco y de uno de sus enemigos, sino que ahora estaba con la espalda protegida contra la pared. Los otros tres seres que quedaban no se detuvieron; con su paso cansino y algo renqueante, volvieron a acosar a su enemigo, que repitió una acción muy semejante; empujando con fuerza superior a otro de aquellos seres, se colocó detrás y desde ahí le atacó. Al poco, caía también éste.
– Deteneos -dijo el arzobispo al comprender que los dos que restaban no tenían posibilidad alguna-. Volved a vuestras posiciones.
– Es rapidísimo y mucho más fuerte; no son rivales para él -comentó uno de los hombres barbados.
Berenguer pensó unos momentos e interpeló a los soldados.
– Pagaré cien sueldos al que combata contra Adán.
Todos callaron.
– Ánimo. Dos a la vez; pagaré doscientos a cada uno.
Los soldados parecían encogerse y uno negó con la cabeza.
– Tres a la vez. Pago trescientos a cada uno.
Estaban aterrados, quizá tanto como yo. Aquel ser era hijo del demonio y luchaba como un verdadero diablo. Miré a la formación de sus semejantes inmóviles y cerré los ojos con fuerza para no imaginar qué podría hacer un ejército como Adán.
Una sonrisa de triunfo iluminó entonces el semblante del arzobispo, que exclamó mirando al hombre que lideraba a los barbudos:
– ¡Lo conseguimos, Salomón!
Se acercaron para besarse en ambas mejillas.
– Vos seréis el nuevo rey judío de Septimania y yo, papa -afirmó Berenguer radiante.