Guillermo se desesperó.
– ¡Tenemos que salir de aquí, hay que ayudarle!
– ¿Me dais más? -repuso Renard.
– ¡Sí que os doy más! ¡Maldito seáis! Pero haced que salga de aquí.
– Escuchad bien, acercaos a la grieta.
Ambos estaban en la oscuridad, puesto que la luz del candil alumbraba pobremente la zona del guardián. Éste no les podía ver, pero en aquel silencio sí podía oír su cuchicheo, y ambos intentaron hablar lo más quedo posible.
– Nuestra única posibilidad es sorprender al carcelero. Las llaves cuelgan de la pared y, si consigo que se acerque lo suficiente, le puedo agarrar del cuello a través de los barrotes. Lo haré del lado más próximo a vuestra celda para que vos, mientras yo le entretengo, le arrebatéis, a través de los barrotes, la azcona que nunca suelta. Si logramos eso, aunque saque su puñal, podremos acabar con él. Yo le estrangularé y vos le ensartáis con el arma. Con vuestro brazo extendido a tope y sujetando la lanza, alcanzaréis hasta donde tiene colgadas las llaves. Las traéis aquí y nos libramos. ¿Qué os parece?
– Que es muy arriesgado. Os traspasará el corazón con su daga antes de que podáis ahogarle.
– Ése es mi problema. Tengo manos grandes y sé de estos lances. ¿Tenéis vos una idea mejor?
– No.
– ¿Estáis conmigo?
– Sí.
– ¿Juráis por Dios que me daréis casa, campos y viñas en Carcasona para que pueda vivir decentemente con mi familia?
Guillermo vaciló.
– ¡Jurad!
– De acuerdo, juro.
– ¿Y que si yo muero, se lo daréis a mi mujer y a mi hijo?
– De acuerdo.
– Decid que juráis por Jesucristo, la Virgen, todos los santos y que vuestra alma se condenará para siempre si no cumplís.
El de Montmorency tragó saliva, negoció que sólo sería en el caso de salir gracias a Renard y terminó prometiendo lo que el otro quiso.
Entonces, el ribaldo pasó a la acción indicándole al carcelero que no le había dicho al arzobispo algo importantísimo y que la vida de Berenguer dependía de ello. Era muy secreto y tenía que contarlo al oído para evitar que nadie más se enterara, en especial el sobrino de Montfort.
Sin embargo, por mucho que insistía, el guardián no se dejaba convencer. Contestaba que ya se lo contaría a su superior cuando cambiaran la guardia. No hubo forma, el plan fracasaba.
El corazón de Guillermo se llenó de desesperanza.
87
«Todo lo acontecido fue desvelado a los sabios, mas el final está oculto, cerrado y sellado.»
Yehuda Ha-Levi, 104
Angustiado, Hugo continuó su búsqueda interrogando a unos y a otros. Prometió propinas a varios golfillos que conocían a Sara si le conducían a ella. Pero no por ello detuvo sus pesquisas. ¿Dónde podría esconder el arzobispo a alguien si no era en su palacio fortaleza? Había rumores de construcciones subterráneas que minaban la ciudad y que estaban allí desde hacía mil años, desde el tiempo de los paganos. También sobre unos seres ni vivos ni muertos que habitaban aquellas cavernas. Pero nadie sabía o quería hablar de los posibles accesos.
Cuando pasado el mediodía un muchachito descalzo y con la carita sucia llegó anunciando que había visto a la hebrea, Hugo se puso a correr tras él por las calles rezando para que fuera verdad. Otro chiquillo informó al primero que la mujer había entrado en una casa del barrio judío. Le dijo que aquélla era su vivienda y que habitaba con su hija de quince años. Hugo se alegró; si la chica se encontraba en casa, tendría con qué amenazarla. La puerta, como muchas en el barrio, permanecía abierta durante el día y Hugo se deslizó dentro desenfundando su daga.
Estaba en una estancia dominada por un gran cono lleno de hollín pegado a la pared y que hacía de chimenea, de la que colgaban matojos de hierbas secándose; era a la vez cocina, comedor y sala. Hugo avanzó hacia la habitación anexa, se asomó y vio a la mujer, que preparaba un hatillo. Al oír un ruido, ella se giró y sus ojos fueron desde los de Hugo a la daga que éste enarbolaba. El de Mataplana la sujetó, agarrándola de camisa, al tiempo que le ponía el cuchillo al cuello.
– Os voy a matar, bruja judía -le dijo sin más preámbulos.
Ella le miró a los ojos y repuso serena:
– Si quisierais morderme, señor de Mataplana, no me ladraríais. ¿Qué deseáis?
– Habéis vendido a la Dama Ruiseñor al arzobispo. Vos sabéis dónde está. Ella, a cambio de vuestra vida y la de vuestra hija.
– Nada le podéis hacer a mi hija, está en otra ciudad, con parientes.
Hugo colocó la daga bajo el pecho de la mujer para presionar con ella, pinchándole. Sara le cogió de la muñeca.
– Soy vuestra única esperanza de recuperar a la dama, ¿verdad?
Hugo continuó hiriéndola a pesar de que ella se resistía sujetándole la muñeca. Sin embargo, ninguno se esforzaba en ir más allá. Era una negociación física.
– Queréis salvar a Bruna de Béziers -continuó Sara al rato- y no tenéis la más mínima idea de cómo hacerlo. ¿Por qué no dejáis de portaros como un chiquillo jugando con cuchillos y tratamos el asunto con seriedad? Al fin y al cabo, yo soy vuestra única esperanza.
El de Mataplana aflojó la presión y la miró sorprendido. No estaba acostumbrado a que le hablaran así y le sorprendía esa reacción de la mujer.
– ¿Es que tenéis algo que tratar?
– Sí, y soltadme -dijo ella librándose de Hugo de un manotazo.
– ¿Queréis dinero?
– Dinero no me iría mal, pero hay algo más importante. Sentaos en ese taburete.
Hugo obedeció mientras ella se acomodaba en un banco.
– ¿Qué es? -preguntó él.
– Esta noche Berenguer crucificará a Bruna a semejanza del suplicio de Jesús.
– ¿Qué? -Hugo se levantó de un salto.
– Un rito de sangre, un sacrificio humano.
– ¿Por qué?
Sara le sujetó por el brazo indicándole que se sentara de nuevo, y Hugo obedeció.
– Porque él cree que ella es descendiente directa de Cristo y que en sus venas corre casi la misma sangre. Así como el sacrificio de Cristo trajo, según la creencia católica, la salvación de la humanidad, él quiere hacer lo mismo con Bruna.
– ¿Qué busca?
– La creación de algo parecido a seres humanos.
– ¡Está loco! -exclamó Hugo estupefacto-. ¿Se cree Dios?
– Exacto, eso parece -repuso Sara-. Para los judíos el mal procede de la cólera del Creador, de Adonai. Temo que las acciones de Berenguer, pretendiendo actuar como Dios, desaten las iras de Éste y que mayores males caigan sobre nuestro pueblo de Israel.