– Por qué iba a dudarlo, hombre.
– Ya, pero es que la chica siempre tiene enfrente el prejuicio. Y no es justo. Es brava, a veces a lo mejor un poco burra, pero tiene coco. Lo que le pasa es que le cuesta tomar confianza. Dale tiempo.
– Me temo que vamos a tenerlo -dije-. Esto no lo resolvemos en dos días. Nos queda mucho trabajo por hacer.
Le puse al corriente de todo lo que habíamos ido averiguando, de las diligencias que teníamos en marcha y de los planes para el futuro inmediato, aunque aún era pronto para concretarlos y proceder a un reparto de tareas. Rubio fue anotando mentalmente todo lo que le iba diciendo, con una concentración que no puedo ocultar que despertó mis simpatías. Nos suele pasar a los negligentes, que nos gustan quienes no lo son, sobre todo cuando los tenemos de nuestro lado, probablemente porque intuimos, como viles vampiros, en qué medida pueden resultarnos útiles y podremos por tanto servirnos de ellos. Rubio apenas había rebasado la treintena, se le veía en plenitud de fuerzas y no demasiado desengañado de la vida. De pronto, mientras le contaba pesquisas y le explicaba hipótesis, me acometió una añoranza teñida de amargura. Aquel sargento me recordaba a mí mismo, años atrás, cuando me había ganado a fuerza de narices y de sacrificio, más una pequeña dosis de chiripa, la fama de investigador abnegado y eficaz de la que ahora iba tirando. Tenía a veces esa sensación: la de vivir, con mayor o menor indignidad según el día, de una renta acumulada por un yo pretérito. Y cuando me ponía pesimista me daba por pensar que mi caso no era singular: que todos los seres humanos nos vemos abocados a recurrir antes o después a esa clase de argucias, atestiguando con ello nuestra indigencia y la penosa caducidad de nuestro tinglado.
Al verme pensando en todas estas cosas, me percaté de que me estaba dejando resbalar sin ningún decoro por la pendiente del melodrama, y eso sí que era un achaque de edad. Rubio y Tena eran hombre y mujer, y tenían respectivamente los años que Chamorro y yo contábamos cuando habíamos empezado a trabajar juntos. Ahora bien, ver a cada uno de ellos parecido a cada uno de nosotros, y extraer a partir de tal semejanza aquella clase de conclusiones lloronas sobre el paso del tiempo y su efecto sobre la gente, era una superficialidad propia de un espíritu todavía más averiado que el que creía poseer. Además de un despilfarro de energías. Aquellas dos personas serían como fueran, distintas y particulares, y yo era el fruto de mis pasos y con eso me tenía que arreglar. Lo que me tocaba era cambiar el disco, y ya que no podía actuar inmediatamente, prepararme para la acción venidera. La depresión, la melancolía, la desgana de vivir, son en general avatares reservados a personas que no tienen nada mejor que hacer, o que no aciertan a ver que lo tienen. Yo tenía una muerta que pedía justicia, y a la que había de darle, si no eso, al menos el remedo que estaba disponible y que me pagaban por ayudar a dictar. Había por ahí un cabrón o un imbécil o ambas cosas a quien había que sentar en el banquillo, y aunque ya no tenía la ingenuidad necesaria para desear ese desenlace con la menor ilusión, sí me quedaba la comezón por desenmascararlo, por echármelo a la cara y ver al fondo de sus ojos la misma nada indefensa y necia que ya había visto tantas veces, fuera cual fuere el lustre con que se revistiera para reivindicarse ante sí y ante los otros. Con ese pensamiento, aventé de mi cabeza todos los demás. Mucha gente no lo sabe, pero el orgullo salva más baches que la esperanza.
Por fortuna, Rubio era un profesional metódico y pragmático, y una vez que hubo escuchado mi resumen, se aplicó sin prisa ni pausa a aportarme el material del que en ese momento disponía.
– Por nuestra parte, no mucho más de lo que ya sabes -dijo-. Ya hemos remitido las muestras biológicas a Madrid, y se supone que les darán preferencia, así que con suerte dentro de unos días tendremos los perfiles genéticos y sabremos si coinciden con los de algún angelito con el que nos las hayamos visto antes. La batida por el pueblo y alrededores en busca de otros testigos, aparte del rumano de la gasolinera, infructuosa. Nadie a quien podamos conceder credibilidad dice haber visto a Neus, ni a su acompañante, ni ninguno de los dos coches. En el pueblo dicen que apenas se vio a Neus paseando por el centro cuando se compró la casa, hará un par de años. Desde entonces, nada. Por lo que parece, venía y se iba sin rozarse nunca con los lugareños. El jardín se lo arreglaba una empresa de fuera, los vecinos veían entrar una vez a la semana la furgoneta, y también venía de fuera quien le limpiaba la casa. Lo que está claro es que no iba allí a mezclarse con la gente.
– Todo refuerza la idea de que tenemos que buscar aquí, en su territorio -observé-. Lástima, con lo bonito y lo simple que es el campo.
– Bueno, cada vez menos simple -objetó Rubio.
– Eso es cierto. Pero no se puede comparar con la ciudad, el reino del hombre anónimo y de la mujer anónima, donde puedes hacer toda clase de trastadas a cara descubierta sin que te las apunte nadie. Donde no hay vecinos que recelen de un rostro desconocido, de un movimiento a deshora, de una actitud extraña. En un pueblo, en cambio… Una vez, al principio, me tocó un caso en el que pudimos reconstruir casi paso a paso el itinerario del homicida. Diez personas se habían fijado en él, porque era forastero. Y no veas eso cómo te ayuda.
– Pues aquí, desde luego, despídete de esa clase de facilidades. Míralo por el lado bueno, al menos cambiamos de ambiente.
– Sí, habrá que mirarlo por ahí -asentí, porque me pareció que no era el momento de confiarle mis verdaderos sentimientos en relación con el hecho de tener que hurgar en las tripas de aquella ciudad.
El capitán Cantero nos llevó a cenar a un sitio en el que desde nuestra llegada se vio que tenía mano. Nos habían preparado una mesa grande en un rincón, tras un biombo, para que pudiéramos hablar de nuestros asuntos. La partida la componíamos ocho elementos: aparte del capitán y de mí, Chamorro, Rubio, Tena, el teniente, que se llamaba Vendrell, y los otros dos guardias, de apellidos Gil y Ponce.
Debo reconocer que comparecí en aquella cena con poco entusiasmo. No era precisamente el esfuerzo de familiarizarme con tantas personas a la vez lo que en aquel momento más me apetecía. Fue la inercia de tratar de calar a la gente con la que he de jugarme los cuartos la que me hizo reparar en el carácter del teniente Vendrell, único catalán del grupo, por cierto, y persona de trato amable y aire voluntarioso. También me fijé con especial atención en mis dos agregados, ninguno de los cuales cumpliría ya los cuarenta años, y que en una primera ojeada me parecieron un par de tipos sobrados de recovecos, con gracia Gil y sin ella Ponce, aunque la experiencia me decía que antes de preferir a uno sobre el otro debía esperar a distinguirlos por otros indicios.
Por suerte el capitán llevó el peso de la reunión. Fue él quien hizo todas las presentaciones e informó a los que acababan de incorporarse de las circunstancias generales del caso y de los particulares de la operación del día siguiente. Cuando me dio la palabra, pude entrar directamente a comentarles los aspectos de detalle de la investigación, que la costumbre me permitía exponer en automático y sin necesidad de empeñarme demasiado en el trámite. Renuncié a proyectar más que de forma imprecisa el método de trabajo que seguiríamos para sacar todo el partido a los recursos de nuestro coyuntural equipo tripartito. Propuse centrar primero nuestros esfuerzos en el funeral, haciendo hincapié en observar a las personas del entorno cercano de la víctima y en localizar y si era posible identificar a todos aquellos que encajaran en la edad y descripción física que nos había proporcionado Radoveanu. A partir de ahí, ya iríamos decidiendo ulteriores maniobras.