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– Será la mala conciencia, si ha de ser una de esas dos cosas.

– Ay, sargento, debería estar prohibido volver a ver a la gente al cabo de diez años. Con lo bien que se las apaña uno para mentirse ante el espejo todas las mañanas. Yo me sigo poniendo delante de él en pelota picada cada día, con intención de darme pena, pero a veces hasta me encuentro resultón, fíjate lo que puede hacer la vanidad.

– Lo de antes lo dije en serio. Firmo estar como usted cuando llegue a la edad de la prejubilación.

– Bueno, tío, lamento informarte de que siempre serás más bajo. Y como vuelvas a llamarme de usted te meto una hostia, que prejubilado y hasta con una mano a la espalda todavía te puedo.

– Vale. ¿Qué tal la familia?

– Más grande, más vieja también. Mi hija ahora se parece a mis recuerdos infantiles de mi madre. No sabes qué desbarajuste le produce a uno eso. Cuando me llegue el Alzheimer acabaré llamándola mamá sin despeinarme. Suponiendo que me dé oportunidad y no me despache a algún antro donde me maltraten enfermeros sin papeles.

– O sea, que bien.

– Sí, tengo dos nietas que son un primor. Enseño foto.

– A ver.

Sacó la cartera y desplegó con orgullo el mapa de su tesoro. Las tenía a las dos juntas, bien recortaditas, en el envés de la placa.

– Dos bellezas. Te harán sufrir.

– De eso se trata, la vida, ¿no? ¿Y tu familia?

– Bien, dentro de lo que cabe -repuse, con cierta desgana-. Mi madre un poco mayor cada día, pero sigue con el prurito de ser autosuficiente y la obsesión por ampararme de todo mal. El niño ya tiene pelusa oscura en el labio y el gesto hosco, pero es buen chaval y nos entendemos medianamente. Elisa está bien. Desde que se libró de mí.

Robles meneó la cabeza con sincera consternación. Recordaba sin duda a Elisa, con quien además siempre había congeniado.

– Ya sabes que yo soy un antiguo. Supongo que la situación será jodida. A mí me cuesta pensar en no vivir con mi mujer, y mira que la mayor parte de los días nos saludamos a ladridos y que a veces noto cómo me observa y se pone a calcular la pensión de viudedad.

– En fin, mi subteniente, uno se hace a todo, aunque al principio parezca muy cuesta arriba. Los choris se hacen a la cárcel, los judíos se hacían a Auschwitz, nosotros a barrer la caca. Pues una más.

– Eso es verdad. A propósito. Hoy tenéis baile a lo grande, ¿no?

– Sí. ¿Te vas a apuntar?

– No, yo ya estoy mayor para eso. Ahora me dedico a otros negocios. Pero me consta que tendrás el mejor apoyo. El capitán este, Cantero, es un buen elemento. De los que se fajan, y no sólo para colgarse el sable el día de la Patrona, ya me entiendes. Además tiene la inteligencia de preguntar lo que no sabe, que para un oficial es todo un puntazo.

– De todos modos, me gustaría tener una charla contigo, para que me sitúes un poco. Hace ya diez años, vuelvo a ser forastero aquí.

– Bah, los cambios son puro adorno. Ya sabes cómo son estos catalinos, los tíos saben repintar la fachada y venderte la moto como nadie, pero en el fondo todo sigue más o menos como siempre.

– No será tan simple la cosa, hombre. Además, ten cuidado con esos comentarios, ahora quo tienes nietas catalanas.

– Y no sabes cuánto. Mireia y Mariona. Nada menos.

– ¿Comemos o cenamos?

– Cuando mandes. Apunta mi móvil.

– ¿Te importa que lleve a alguien? Mi compañera. Quiero decir mi compañera profesional, la cabo Chamorro. Me gusta que se empape bien de todos los datos de situación, luego tiene buenas ideas.

– Bueno, pero entonces no podremos contar historias de putas.

– Tampoco te apures. Si llega el caso, creo que ella lo comprendería. Siempre que no se te vaya la mano.

– No, yo con las tías decentes me sigo cortando. Soy de otra época.

– Oye, Robles, que me alegro de verte.

– Y yo. Si no te me pones maricón, te confesaré una cosa. Te he echado de menos, Vila. Es una putada, en esta empresa, que siempre se acabe yendo la gente. Y cuando te haces mayor, te pesa más.

– Bien, me guardaré el abrazo para otro momento.

Nos estrecharnos la mano y lo dejé allí, con su cortado sin azúcar. Me encaminé hacia el centro de operaciones, que había abandonado momentáneamente para ir en busca del segundo café y sacudirme un poco más las espesas neuronas. Allí me esperaba ya el resto del equipo. Nada más llegar me abordó Chamorro con una hoja de fax.

– Calentito, del juzgado de Zaragoza -dijo-. Vía libre para meterle mano al ordenador de Neus. Se lo dejo a los informáticos, pegado al cacharro, para que sepan que pueden entrarle hasta la cocina. No me digas que no me merezco algo, qué sé yo, una palmada al menos.

– Luego llamo a Amberes, a mi proveedor de diamantes. ¿Quieres otros pendientes o mejor esta vez un anillo?

– Tendría que beber mucho, para dejarme anillar por alguien como tú. Y ya sabes que soy prácticamente abstemia.

– Vale, pendientes. ¿Algún avance con los teléfonos?

– He contactado con mi garganta profunda en la telefónica. Dice que en cuanto reciban el fax del juzgado nos mandan el listado de llamadas.

– Bien, bien. Oye, ya son las nueve y media, deberíamos ir saliendo. ¿Lo tenemos todo? -me dirigí a los demás.

– Los reporteros estamos listos -dijo Gil.

Vestía un chaleco con muchos bolsillos y se había puesto el pelo de punta y un aro de pirata en la oreja. Al hombro llevaba una cámara de vídeo digital profesional. En ella destacaba bien visible una pegatina de elaboración casera con el logotipo multicolor de una tal PTV.

– ¿PTV? -pregunté

– Picolet Televisió -repuso-. Para qué estrujarme las meninges. No te preocupes, hay tantas teles raras que ya ni preguntan. Verás cómo todos meten barriga y dan el perfil bueno cuando les enfoque.

Supuse que no andaría descaminado. Salí el primero.

Cantero nos esperaba en el aparcamiento, con Vendrell y el resto de la gente. Había una docena de hombres, en sentido estricto (y no el laxo que a veces, por arrastre de la centenaria tradición masculina, se utiliza en el Cuerpo). Tena y Chamorro eran las únicas mujeres del grupo. Entre los demás, los había de todas las pintas y edades: maduros trajeados, jóvenes alternativos y también algún otro con demasiada facha de poli bajo las ropas civiles. Pero preferí no incordiar.

– Todo el mundo sabe ya lo que tiene que hacer -me informó Cantero-. Y todos han aprobado el curso de policía judicial y saben recoger muestras sin cargárselas, por eso podéis estar tranquilos.

– Pues vamos allá -dije-. Nosotros podemos llevar a dos.

– Ya tenemos todos los coches organizados, no hace falta. Llegamos cada uno por nuestra cuenta. La ceremonia se supone que empieza a las once, así que -y aquí se dirigió al resto del equipo- quiero a todo el mundo emplazado antes de las diez y media. Luego nos reunimos aquí a la hora de comer y ponemos en común lo que hayamos visto. No olvidéis traer foto de cualquiera al que le saquéis algo. Que no me aparezca luego ninguno diciéndome que no pudo hacerla. Aseguraos bien de que no lleváis pilas gastadas en las cámaras.

Salimos de la comandancia en comitiva, pero ya en la autopista nos fuimos dispersando. Chamorro, que conducía nuestro coche, se cuidó, no obstante, de no perder el de Rubio y Tena, que nos seguían y a los que habíamos quedado en guiar hasta el cementerio. Para ello tuve la precaución de no fiarme de mi memoria y pedir un plano, porque algunos de los enlaces y los nombres de las autopistas habían cambiado desde mi época. La manía de los políticos de dejar siempre su huella en la geografía, aunque si hemos de creerlos, todo lo hacen solamente por nuestro bienestar.

Durante el trayecto, Chamorro y yo hablamos poco. Yo seguía embotado y de no demasiado buen ánimo, y ella iba sumida en esa especie de ensimismamiento analítico habitual en ella, cuando llegábamos a un nuevo escenario para realizar una investigación. Observaba detenidamente el paisaje que iba cruzando la autopista, los barrios, los descampados, los polígonos, entre ojeada y ojeada al retrovisor para comprobar que no habíamos perdido a nuestros compañeros.