El que debía de estar obteniendo tomas fabulosas era el improvisado e intrépido reportero de la PTV, el guardia Gil, que sin ningún miramiento hacía barridos completos de los asistentes, demorándose en cada uno lo justo para poder sacar luego capturas de imagen fija que nos permitieran identificarlo en caso de necesidad. Por la soltura y el desparpajo, no era la primera vez que rodaba un documental de aquellas características, con todas las dificultades que llevaba aparejadas. En cierto momento tuvo incluso que entablar negociaciones con uno de los municipales. No oí lo que le decía, pero por el gesto, se trataba de uno de esos discursos sobre el pan de los hijos que obró el efecto perseguido de reblandecer al agente. El caso es que Gil acabó pasando por el lugar al que en un principio se le pretendía negar el acceso.
A partir de las once menos cuarto empezaron a llegar los invitados distinguidos. Primero aparecieron los periodistas y famosos de diversos ramos: a algunos cabía presumirles cierta relación con la víctima y otros más bien daban la sensación de aprovechar una ocasión más de registrarse ante las cámaras como integrantes de la pomada. Después, casi al filo de la hora y precedidos por su aparatoso despliegue de escoltas y lacayos diversos, hicieron su aparición los políticos, de todos los colores. Ninguno dejaba de acudir cuando Neus los llamaba a su programa, y tampoco querían estar ausentes de aquella especie de espacio televisivo póstumo. Por varias razones de peso (la principal, que todos ellos habían dejado atrás la edad de veinticinco años que con los datos disponibles le suponíamos a nuestro sospechoso número uno), no fue en ellos en quienes concentré mi interés, aunque mentiría si dijera que resistí la tentación de observarlos esporádicamente. Pude ver así cómo abrazaban al rival al que sólo días atrás habrían rebajado a la categoría de granuja o mentecato ante cualquier micrófono o en cualquier tribuna de oradores, cómo afectaban campechanía con el vulgo, y cómo a la menor se olvidaban de que aquello era un sepelio y mostraban a diestro y siniestro su sonrisa de cartel electoral.
En medio de la muchedumbre, se volvió más difícil fijarse en personas concretas. No abundaban los tipos con el perfil que buscábamos (más bien había gente de mediana edad, y entre los más jóvenes, sobre todo entre los periodistas, predominaban las mujeres) y Gil tuvo que trabajar a destajo con su cámara. Lamenté no estar algo más familiarizado con la sociedad barcelonesa, porque me resultaban desconocidos casi todos los presentes, dejando aparte a las figuras con notoriedad nacional, lo que me obligaba a un sobreesfuerzo considerable. Viendo la aglomeración, Chamorro y yo no esperamos a que llegara el coche fúnebre para tomar posiciones dentro del templo. Su diseño interior era funcional y muy luminoso, gracias a sus grandes ventanales. No intentamos sentarnos, lo que a esas alturas era ya imposible (no había más asientos libres que los reservados a familia y VIP), pero logramos situarnos en un buen lugar, a la derecha del altar y con perspectiva sobre toda la iglesia. Desde ahí nos dispusimos a espiar el acto.
El ataúd hizo su entrada a las once y nueve minutos. Tras él, los deudos de Neus, de quienes sólo conocía a Altavella, aunque también pude identificar en seguida a la hermana de la difunta por el enorme parecido físico entre ambas. Aparte de ellos, y de otros seis o siete parientes en la cuarentena y en la cincuentena, venían algunas personas mayores, deduje que padres y suegros de la fallecida, y un grupo de chavales enlutados que debían de ser sobrinos, porque Neus no había tenido o no había buscado la oportunidad de procrear.
Me fijé sobre todo en el escritor. Se le veía entero y digno. Llevaba un traje negro, camisa gris oscura y una corbata negra anudada con la desidia de quien normalmente prefiere no utilizarla y no desea someter a su cuello a excesiva presión, pero eso no le restaba elegancia. Daba su brazo a una mujer muy anciana, que después averiguamos que era su madre, y devolvía con una levísima inclinación de cabeza las salutaciones que iba recibiendo mientras avanzaba hacia la zona del altar. Era un hombre habituado a exponerse a la observación pública, con indudables dotes teatrales y aplomo sobrado para resistir el escrutinio ajeno. No iba a dejarse coger en la más mínima debilidad.
La misa fue un poco más larga de lo habitual en los oficios de cementerio, que tienden a ser expeditivos para mantener el ritmo de producción adecuado. El sacerdote la dijo enteramente en catalán, lo que le arrancó a Chamorro una queja algo destemplada:
– ¿No es una falta de educación? Aquí no todos somos catalanes.
– No lo hacen por ofender. Es que es su lengua, la que hablan todos los días, y estamos en su casa. Tendrás que irlo entendiendo.
Hacía mucho tiempo que no me tragaba una misa. Mientras observaba los rostros del público, me dejé mecer por la extrañeza de las palabras litúrgicas, que me ofrecían respecto de las de mi breve etapa católica juvenil una doble novedad: por las modificaciones habidas desde entonces en el rito y por el idioma en el que nunca las había oído. Pero al mismo tiempo volver a escuchar catalán era encontrarme otra vez con una lengua que había llegado a sentir un poco propia, como lo es todo lo que alguna vez acompaña nuestras vivencias y emociones. Seguí escudriñando los rostros de la gente que se sentaba en los bancos, y en una de ésas mi mirada se cruzó con la de alguien frente a quien no podía mantener el incógnito. Meritxell Palau vestía de negro riguroso, como una más de la familia. Pensé que era quien más había perdido con la defunción: nada menos que el puesto de trabajo.
La homilía fue breve y sentida, no especialmente brillante desde el punto de vista de la oratoria, pero sí todo lo humana y compasiva que quepa desear en ese trance. Al menos, al oficiante no se le ocurrió emplear el discurso hipotético que dio en usar el cura que le dijo la misa a mi abuelo materno («si fue en vida un buen cristiano…») y por cuyo antipático recuerdo había dejado de acudir a funerales religiosos, salvo que el deber me lo exigiera, como era el caso de las exequias de Neus. Resultaba obvio que la difunta no cumplía a rajatabla con los preceptos de la Santa Madre Iglesia, pero aquel sacerdote tuvo la caridad de entender que no era el momento más idóneo para afeárselo.
Al final de la misa, casi de improviso, sonó una música que reconocí de inmediato y que me sorprendió oír allí: el segundo movimiento del octavo de los concerti grossi de Corelli. Tenía motivos para el asombro, porque hasta donde recordaba era una pieza profana, no religiosa, y porque se trataba de uno de los pocos fragmentos musicales que podía identificar con tal precisión. Los conciertos de Corelli los había escuchado desde mi adolescencia, tras comprarlos en el Rastro, en una de esas cintas baratas, restos de coleccionables, que eran las únicas que por aquel entonces me podía permitir. Haber sido incluido en su día en uno de esos coleccionables (Las Grandes Obras de la Música Clásica, o algo semejante) le había permitido a Corelli meterse en mi vida cuando aún me impresionaba con facilidad, y hacerse así en mi corazón el lugar de honor que no ocupaba en la historia de la música. ¿Quién lo habría elegido para la ceremonia? ¿O simplemente tenían la costumbre de poner música clásica y aquella mañana había tocado aquel disco? Pero algo me decía que no era cosa del azar. Miré a Altavella, que en ese momento acercaba a su anciana madre a recibir la comunión (de la que él, por cierto, se abstuvo). Tenía que preguntarle, cuando pudiera, si era él quien había escogido la música para el funeral. Aunque me arriesgara con ello a que me mandase a freír espárragos.
La música de Corelli, en cualquier caso, le aportó al acto la dosis justa de recogimiento y solemnidad. Hay que admitir que el viejo Arcangelo no tenía la pegada popular de Vivaldi o de Albinoni, pero a cambio, y ésta no es más que la opinión de un aficionado, le daba a sus composiciones un aire de misterio que resulta muy apropiado para poner fondo sonoro a los instantes decisivos. Acompañó inmejorablemente la salida del cadáver, y la procesión de personajes que se dirigió tras él hacia lo que en otras épocas más enfáticas se llamaba el lugar de su eterno reposo. Pero esta fórmula no convenía a una tumba donde se lo inhumaba provisionalmente, debido a la prohibición judicial que de momento impedía incinerarlo. De hecho, se trataba de un nicho corriente, muy por debajo de lo que correspondía al estatus que en vida había alcanzado Neus. Hasta allí ya no se trasladaron muchos de los figurones, que terminado el oficio religioso desaparecieron con sus escoltas en sus grandes automóviles oscuros. Sí fueron los compañeros de profesión, los escritores que habían venido por solidaridad con el viudo y un enjambre de otros amigos y curiosos. Eso provocó una caravana de vehículos desde las inmediaciones de la capilla hasta la zona de los nichos, que estaba demasiado alejada como para ir a pie. Por suerte, mi compañera vio el problema con anticipación y pudimos deslizarnos en la cabeza de la comitiva, tras el coche fúnebre.