– No hace falta que te lo diga, Vila, si necesitas más gente, no tienes más que pedírmela. Para clasificar la información, pedir datos, hacer seguimientos o controles, lo que sea. Sin cortarte, que aunque esta tarde tengamos zafarrancho, siempre podemos hacer un esfuerzo.
– De momento me apaño, mi capitán -le aseguré.
– Vale, sólo quiero ayudar, no dar por saco. Que quede claro.
– Lo tengo claro, mi capitán.
Para no hacer frente a Meritxell Palau un despliegue demasiado aparatoso, y también para ir progresando en todas las líneas, decidí ir a verla yo solo con Juárez y que Chamorro se quedara en la comandancia analizando los datos de la agenda y del cuaderno de Neus y los ficheros de su ordenador. Era consciente del volumen ingente de información que eso suponía, pero también de la agudeza de mi compañera, así que no me privé de plantearle un desafío ambicioso:
– Esta noche quiero que me propongas algo sobre la base de lo que encuentres ahí. Algo que nos sirva para pedir mañana mismo diligencias al juzgado, aparte de la que ya debes ir solicitando esta misma tarde, la intervención de todas sus cuentas de correo.
Chamorro me observó con desconfianza.
– ¿Me pones a prueba?
– Por supuesto. Como lo estoy yo, y éste, y el otro, todos los días. La vida es así de chunga, Virgi. Esta noche tengo que llamar a Pereira y no quiero balbucear al aparato mientras le digo que todo lo que puedo contarle es que creo haber visto al tipo y que se nos escapó.
– Bien, pues haré lo que pueda -repuso, con una expresión abstraída que denotaba que su mente ya estaba trabajando en cómo organizarse. Por detalles como aquél me inspiraba una irresistible ternura.
A las tres y veinticinco, antes de que pudiera echarlo en falta, apareció en el cubil del equipo de investigación el guardia Gil. Traía una carpeta que me exhibió con gesto ufano, mientras anunciaba:
– Aquí lo tengo. Dos tomas, frontal y semiperfil. Te los he impreso en un formato que parece Víctor Mature en una peli de Cinemascope.
– ¿Víctor qué? -preguntó Tena.
– Víctor Mature -repitió Gil-. ¿No sabes quién es? Dios, pero qué incultas sois las nuevas generaciones.
– Tampoco te pierdes nada, Tena, era un actor muy malo -dije, mientras examinaba las fotos-. Y éste se le parece como yo a Brad Pitt.
– Me refería a lo suntuoso de la imagen, no a la jeta -aclaró Gil.
– Desde luego es un buen trabajo, te felicito.
– Tiene cara de hijoputa cobarde y de matamujeres, ¿eh, mi sargento? -opinó Gil-. A mí me da que va a ser el que buscamos.
La apreciación del guardia podía parecer gratuita, pero a su manera no dejaba de constatar algo objetivo. Aquel tipo mostraba un gesto inseguro, huidizo, turbio. En una de las fotografías aparecía despistado, ausente. En la otra, en la que notoriamente había percibido la presencia de la cámara, se le veía como un pecador cogido en falta.
– Por desgracia, tendremos que buscar alguna otra prueba, con lo que nos parezca la cara que tiene no nos va a valer -observé-. Y de momento lo que urge es enseñársela al único que puede decirnos si vamos encaminados o si estamos dejándonos llevar por espejismos.
– ¿Llamo a mi capitán? -se ofreció Rubio.
– Por favor -respondí-. Que Gil te pase el fichero de estas fotos, se las mandas por correo electrónico y que se las impriman allí en la mejor calidad posible. Si están libres, pídele a tu jefe que mande a la gasolinera a los mismos que localizaron a Radoveanu, para que el hombre no se desconcierte y esté relajado a la hora de mirar el material.
– Déjalo de mi cuenta.
Y así lo hice, convencido de que en sus manos la gestión estaba igual o mejor que en las mías. Eché un último vistazo al equipo, que ofrecía una imagen de irreprochable laboriosidad, y le dije a Juárez:
– Coge todas tus cosas. Después de entrevistarnos con Meritxell te llevo directo al aeropuerto, a ver si llegas a ver a tu niña.
Juárez me miró con gratitud. No me la debía. Por no haberlo podido hacer demasiadas noches, sabía bien lo que valía poner en la cama a tu hijo y verlo resbalar dulcemente por la pendiente del sueño.
La oficina de la productora estaba en un inmueble reformado del Ensanche barcelonés. Era una de esas calles atildadas, con tiendas de esmerado diseño y pulcras cafeterías y reposterías en los bajos. Al ver aquellos locales, me resultaba inevitable acordarme de sus desastrados homólogos madrileños. En Madrid, por regla general, uno puede elegir para tomarse un café entre el bar cutre y la cafetería rancia; ni se conoce ni se aprecia demasiado esa sensación de limpieza y confort peculiar de la hostelería barcelonesa. Muchas veces, durante mis años de servicio en la ciudad, me había metido en una de aquellas cafeterías por el solo gusto de respirar la atmósfera aséptica y suavemente impregnada del aroma de los pasteles y la bollería. En un establecimiento así, pensé, debía de desayunar cada día Meritxell Palau, y no tenía ninguna duda de que allí se sentiría por completo en su elemento.
Las dependencias de la productora estaban decoradas con el previsible alarde minimalista, y las paredes pintadas en colores claros que de vez en cuando rompía algún cartel de tonos calculadamente estridentes. En la recepción había una chica muy joven y muy alta, tanto que se percibía que lo era aun instalada en el asiento. Tenía puesto un auricular con micrófono y estaba atendiendo una llamada cuando llegamos. Nos hizo seña de que aguardáramos, un poco displicente.
– Bona tarda -dijo, con cara de fastidio, cuando cortó la comunicación.
– El sargento Vila, de la Guardia Civil -me identifiqué, exhibiéndole al mismo tiempo la placa-. Tengo una cita concertada con la señora Meritxell Palau. ¿Sería usted tan amable de avisarla?
– Un moment, si us plau -pidió, con gesto receloso. Mientras la recepcionista hacía la llamada, Juárez me señaló sin demasiado disimulo el ordenador que se veía sobre su mesa.
– Aquí tienen Mac, no PC -observó-. Veremos qué usaba la jefa.
– ¿Supone eso un problema? -pregunté.
– No. Traigo abrelatas para todo.
Al minuto escaso apareció Meritxell Palau. Me tendió una mano fría y algo trémula y se quedó observando a Juárez, descolocada.
– El sargento Juárez -se lo presenté-. Es uno de nuestros expertos informáticos. Traemos una orden judicial para acceder al ordenador de la señora Barutell. Si le puede indicar dónde está, él se pone con su trabajo y mientras tanto vamos hablando usted y yo.
– Perdone -balbuceó Meritxell-, no entiendo, una orden para…
– Examinar el ordenador de la difunta. Es una rutina. Principalmente -le expliqué- tratamos de ver qué comunicaciones estableció, y con quiénes, en los días previos a su muerte. Los tiempos han cambiado, ahora ya no se habla sólo por teléfono, y nos toca ponernos al día.
– Es que, no sé, tal vez debería consultar…
Le tendí la autorización judicial. Meritxell la leyó y la releyó, aunque no me dio la sensación de que entendiera lo que allí ponía. Creí que debía echarle una mano, y lo hice, admito, como mejor me convino.
– Consulte con su abogado, si tienen uno. Pero lo que le dirá se lo puedo adelantar yo. Desatender el requerimiento que contiene ese papel puede considerarse resistencia a la autoridad y desobediencia.
Meritxell había palidecido y tragaba saliva. La recepcionista ponía cara de haber aterrizado en una película de la que no entendía en absoluto el guión ni el papel que le tocaba representar en ella (lo que, dicho sea de paso, la equiparaba a alguna que otra presunta actriz profesional). Por la simpatía que me inspiraba Meritxell (la recepcionista me era indiferente) me sentí inclinado a ser algo menos brusco.