– Sigues siendo de pueblo -le había dicho ella con la amabilidad del atardecer, desnudos, insuficiente el amor, porque en el acto Ginés había depositado veinte años de tiempo, veinte años en un instante y el cuerpo de la mujer se le reveló inaccesible, como una muralla de carne al final de una difícil decisión.
– Me horroriza esta sensación de clandestinidad. Este entrar semiescondidos.
– Yo no he entrado semiescondida.
Nos cambiamos los dos de hotel y nos inscribimos como marido y mujer.
– ¿Qué excusa daría a Germán y los otros?
– No me vas a hacer creer que no os contáis vuestros líos y no os hacéis favores entre vosotros.
– Es otra cosa. No quiero que se enteren. Es otra cosa.
– Sigues siendo el de siempre. Una vez se lo dije a Paca. Si tu primo hubiera sido de otra manera, si hubiera tenido más decisión. Aunque quizá no, para qué engañarnos. Me dabas miedo. Miedo de ser la mujer de un marino sin suerte. Una viuda durante meses y meses y todo para nada o para poco. Yo no soy una monja. No he nacido para monja.
No eran demasiado gratificantes las relaciones sexuales. La maldita urgencia por escalar aquella muralla de carne, de normalizar aquel cuerpo, de una vez desnudo, quitarle el ropaje de mito sentimental del que lo había revestido durante toda su vida, le impedía sentirse seguro. Durante los primeros encuentros trimestrales, una nube de afecto las envolvía y Ginés se disculpaba a sí mismo porque consideraba que algo parecido al amor cumplía efectos compensadores suficientes más allá del éxito o del fracaso sexual. Y ésa parecía la actitud de ella, que le esperaba enamorada, lo más cerca posible del puerto, llegada tras llegada, como si sólo hubiera vivido aquellos meses de separación por el sentido que le daban sus reencuentros. Pocas veces dispuso de lucidez suficiente para distanciar críticamente aquellas relaciones. Se habían insertado en sus vidas, como en la suya estaban insertos los puertos y en la de ella las huidas. Por parte de Ginés no había comparsas importantes que aportar, distanciar u olvidar.
Por parte de ella, prescindía funcionalmente de todo lo prescindible, sin lazos con sus familiares barceloneses, sin apenas nexos con los aguileños, sólo su marido era una presencia negativamente necesaria, a la que se refería primero con reticencia dolida y progresivamente con un acrecentado desdén, como si en el inicio de aquellas relaciones clandestinas el marido fuera una causa activa de su propia infidelidad y al final una causa pasiva, una cosa molesta y absurda de la que venía y a la que fatalmente tenía que volver. A lo largo de los años, casi ocho encuentros y dos etapas de difícil delimitación, al principio Ginés el único motivo de la esperanza de aquella espléndida mujer que le esperaba en el café de la Ópera, un cuarto de hora después de la operación de fondeo del barco, aquella mujer que había hecho silbar a sus compañeros cuando les encontraron un día del brazo y por la calle y Germán supo callarse que había reconocido a Encarna. Con el tiempo, ella acudía a la cita tal vez con el cariño original, pero transmitiendo la sensación de que no era él, sino la circunstancia el motivo real de sus huidas y satisfacciones. Y fue en ese punto agridulce cuando Ginés tuvo miedo de perderla otra vez y le propuso encontrar el mismo sentido y para siempre a sus relaciones.
– Puedo encontrar algo relacionado con mi trabajo y que no requiera largas travesías. Podría comprar un pequeño yate, darlo de alta en El Pireo o en Estambul y patronear cruceros de turistas. Se hace mucho, cada vez más. Tú podrías venir en el barco. Podríamos estar juntos siempre. En España hay menos costumbre de alquilar yates medianos, tal vez por las Baleares, pero no hay turistas suficientes. No te importaría que nos fuéramos a vivir al Mediterráneo oriental.
Y le contaba fascinadas ensoñaciones de las islas griegas o el Bósforo. Especialmente Patmos y el Bósforo, con la ansiedad de compartir con ella lo que se había visto obligado a gozar en soledad desde una subjetiva apropiación masturbatoria de paisajes y vivencias sin compartir. Ella aceptaba la idea o la rechazaba, según fluctuaciones del espíritu reservadas a un proceso lógico que nunca le transmitía, como tampoco le traspasaba, según él hubiera querido, todas las notas que conformaban su vida antes y después de sus encuentros.
Cuéntame. Y entonces qué hiciste.
Qué piensas. Qué pensabas. Preguntas que resbalaban sobre la piel de una Encarna en el fondo impenetrable, aquella muralla de carne impenetrable que de pronto encontraba entre sus brazos, con los ojos cerrados, nunca supo si en la elección de verle o no verle o en la necesidad de buscarle en el recuerdo. Y algo parecido a un ultimátum había salido de los labios del marino en los primeros días de su último encuentro.
– Estoy cansado de esta situación.
De esta falsa normalidad. ¿Te has fijado? Es como si estuviéramos casados. Es como si estuvieras esperando a un marido embarcado.
– Lo parece pero no es así.
De hecho él se había convertido en una parte más de un complejo mosaico del que sólo conocía parte de las piezas, el marido la más determinante.
– Ten paciencia. Mi marido se acaba -le había dicho.
– ¿Qué quieres decir?
– No va a durar mucho.
– ¿Te da pena?
– ¿Pena? Ni así. Simplemente no quiero tirar por la borda veinte años.
Si lo hiciera me daría de bofetadas y menuda satisfacción daría a toda aquella gentuza. Ten paciencia.
Pero había más de una, más de dos Encarnas.
– Ginés.
Germán estaba en la puerta. Se había encendido la luz del camarote asaltando sus ojos, despellejándolos en su enfermizo mirar en la oscuridad, embalsamados por la humedad de la evocación o la autocompasión.
– Ginés, ¿estás despierto?
– Sí.
– Avistamos el estrecho.
Era el principio del fin del viaje, de todos los viajes, incluso de los imaginarios.
– El loco está encerrado en su camarote y apenas sale. Disponemos de un cierto tiempo. Expláyate. Tal vez pueda ayudarte. Hay que hacer algo.
Preparar algo. Cuéntame.
Dio la espalda a Germán, a la luz, a la necesidad de convertir su fracaso en un espectáculo. Germán aún siguió allí unos minutos. Luego se cansó, y cerró la puerta tras de sí con ira y una cierta crueldad.
– Primero pensé, vete a enviarle un cable a ese desgraciado. Avísale.
Igual tiene tiempo de huir o de preparar una explicación que le sirva de colchón, porque tal como llega le va a caer encima toda la sordidez de la historia. Todos se van a apuntar al rollo: la policía y la prensa. Como si lo leyera: tras meses y meses de arduas y complejas pesquisas, la policía descubre a un sórdido asesino que descuartizó a su víctima. Pero qué más da. Ante todo peligraba mi carnet profesional y yo le tengo un cariño forzoso a mi carnet profesional, no tengo otro y a estas alturas no tengo otra profesión, a no ser que patente esta receta de espinacas a la marinera que trato de hacerte y alguien encuentre el sistema para fabricarla en lata, meterle aroma de salchicha de Frankfurt y que se ceben las presentes y futuras generaciones de hamburguesadictos. Además, pensé, mi cable le va a llegar en alta mar y la policía ha podido adelantarse de todas todas. Y por si faltara algo, a ti qué coño te importa ¿Acaso eres su madre o su dios? Es mayorcito y que venda caro su tiempo, porque poco tiempo va a pasar en la calle en los años futuros. Me jode que pague por lo que no ha hecho.
– Pero algo ha hecho.
– Elemental, querido Fuster.
No era escepticismo lo que expresaban las cejas alzadas del gestor, con su gorra azul oscuro de marino griego y la melenita canosa respaldando la inclinación de la cabeza sobre la cazuela donde Carvalho ultimaba los guisos.
– ¿Cena extra para celebrar qué?
– La imposibilidad de celebrar nada. Me había sentido o generoso o viejo y le había ofrecido a Charo quedarse a vivir aquí, a prueba, una temporada, luego, quién sabe. Pero, después de pensárselo, nada, medio minuto, me ha dicho que no, que cada uno es cada uno, que guisa peor que yo, que lo suyo es lo suyo. Y se ha ido. También me ha pasado lo que me ha pasado con esa idea idiota de salvavidas de un asesino a todas luces insuficiente y lerdo. Y en esos casos no hay nada como irte a la Boqueria a comprar cosas que puedes manipular y convertir en otras: verduras, mariscos, pescados, carnes. Últimamente pienso en el horror del comer, relacionado con el horror de matar. La cocina es un artificio de ocultación de un salvaje asesinato, a veces perpetrado en condiciones de una crueldad salvaje, humana, porque el adjetivo supremo de la crueldad es el de humano. Esos pajaritos ahogados vivos en vino para que sepan mejor, por ejemplo.
– Excelente tema de conversación como aperitivo.
Mil novecientos ochenta y cuatro no ha hecho más que empezar. Los astros se pondrán en línea y nos darán por culo, uno detrás de otro. Será un mal año, según los astrólogos. Pues por eso y por tantas otras cosas, me he ido a comprar a la Boqueria dispuesto a cocinar para mí mismo.
– Y para Fuster, para la cobaya.