Las dos semanas que estuvo internada sirvieron para ordenar las ideas. En la cabeza de Elena se mezclaban las más extrañas sensaciones. Un momento, era la ira; al otro, una melancolía aplastante que la dejaba más débil aún. Una única cosa estaba clara en medio de la vorágine de pensamientos: nada quería de Juan, y mucho menos un hijo. Pensó en su madre, pero de inmediato desechó la idea porque otra humillación la mataría.
Pasaba los días mirando la aguja clavada en la vena del antebrazo, deseando arrancarla y morir sin más compañía que la vieja de la cama de al lado que se pasaba las noches aullando de dolor y los días durmiendo como una marmota. Elena temía que llegara la noche y comenzara el lúgubre concierto de quejidos. Sentía pena por la muchacha a sueldo que venía a matar el hambre junto a la cama de la moribunda a cambio de unos pocos pesos que la familia le tiraba para sacarse de encima el lastre de estar velando por adelantado. Como Elena estaba sola y no parecía tener a nadie que se interesara por ella, la muchacha le alcanzaba el agua y hasta llegaba a darle de comer en la boca mientras la vieja dormía, y las dos pedían en silencio que estuviera muerta para no tener que pasar por otra noche de horror.
Se llamaba Corina y tenía menos años que los que delataba su piel seca y su mirada, seca también. Había llegado a la ciudad como tantas, en busca de un sueño, sin saber exactamente cuál, pero con la certeza de que cualquier cosa sería mejor que la miseria sin horizonte de sus pagos. Como muchas, encontró otro infierno. Corina había entrado en la prostitución cuando tenía diecisiete apenas, y no tuvo tiempo de aprender la diferencia entre sexo y amor. Se convenció de que nada más podía esperar de la vida que complacer a los clientes, cuanto más rápido mejor porque podía hacerlo más veces, llevarle la plata al fulano y agradecer su protección, sin la cual vaya a saber qué hubiese sido de ella. A los veinte ya llevaba cinco abortos, "culpa de los condones pinchados", decía, por donde también se coló el virus maldito que la estaba matando de a poco. Por eso, cuando Elena soltó su pena y le contó de ese hijo que venía, Corina no dudó en darle la dirección de una clínica donde por algunos pesos le solucionaban el problema, y la tranquilizó contándole su historia con la esperanza de que, en la comparación, Elena encontrara consuelo.
Cuando le dieron el alta, se vio en la calle con lo puesto y una sensación de pájaro con alas quebradas, pero Corina, que tenía esa virtud solidaria de las mujeres sufridas, la invitó a su cuarto de pensión, lujo que, según le explicó, se había ganado en buena ley con el sudor de su cuerpo. Nunca mejor dicho. Había dejado de trabajar para aquel hombre y justo cuando estaba logrando juntar una clientela que le daba para vivir, se le había despertado aquel bicho infernal que le devoraba el cuerpo y que la obligó a abandonar sus artes amatorias por la tediosa tarea de cuidar enfermos.
Al otro día de llegar, Elena ya estaba limpiando los pisos de la pensión para arrimar algo a la magra olla de su protectora, y porque necesitaba como nunca el dinero para costear el aborto. Se levantaba al alba y empezaba por el cuarto hasta dejarlo tan reluciente que Corina se sintió contenta de haber tenido la idea de traérsela consigo. Después venían las escaleras y los corredores largos, iluminados por la luz del sol que se colaba a través de las claraboyas delatando el polvo del aire. Limpiaba ventanas, fregaba ollas, barría y hacía todo el trabajo sucio que la dueña, una vieja en silla de ruedas, se complacía en indicarle.
Al cabo de un mes, con algo menos de la mitad del dinero necesario y el resto que consiguió Corina pidiendo aquí y allá, cobrando algún antiguo favor y jurando devoluciones falsas, Elena llegó hasta la clínica. Era en un viejo edificio y tuvo que subir cuatro pisos por escalera. La sorprendió encontrar tres mujeres, todas con las miradas clavadas en el suelo, sin levantar ni por un segundo los ojos, en el más absoluto de los silencios. Elena sólo se animó a mirarles los zapatos. Había sandalias, tacos altos y hasta unos mocasines negros con medias tres cuartos. Tampoco se animó a levantar la vista. Esperó hundida en el terrible silencio de aquellas mujeres que iban a lo mismo, como si temieran crear un lazo mínimo que pudiera, más tarde, cuando ya estuviera hecho, recordarles aquello con lo que iban a vivir el resto de sus vidas.
Entonces, llegó el turno. Entró en un cuarto dividido en dos ambientes por un biombo. Sentada frente a una pequeña mesa cubierta de papeles, una mujer vestida con una bata rosada le hizo unas cuantas preguntas, pidió el dinero y la condujo con suavidad hacia el otro lado del biombo donde había una camilla, una mesita repleta de pinzas y una pileta junto a la ventana. Elena se trepó a la camilla, sintió el pinchazo; apenas vio al hombre de blanco que se acercaba, contó uno, dos, tres…, siete, y creyó que la habitación daba vueltas. Cuando despertó, aún estaba acostada y quería vomitar. La mujer le preguntó si había venido acompañada y, ante la respuesta negativa, le dijo que no se preocupara, que no había más pacientes y que podía quedarse hasta que se sintiera bien.
La noche ya había caído cuando Elena volvió a la pensión. A falta de dinero, caminó unas veinte cuadras y se sintió desfallecer. Corina, como de costumbre, había comenzado su ronda nocturna en algún hospital y no volvería hasta la mañana. Elena cayó desplomada al intentar subir la escalera y ahí quedó hasta que el borracho de la pieza dos entró tambaleándose y se tropezó con ella. La cargaron entre cuatro, incluido el hijo de los polacos, que tenía no más de nueve años pero una fuerza de toro, y la pusieron sobre su cama. La polaca le colocó paños fríos sobre la frente y se santiguó tres veces; después hizo señas a los otros para que salieran y se sentó a su lado con su instinto de madre alerta. La cuidó hasta bien entrada la madrugada, cuando llegó Corina. A media tarde, Elena hervía. Corina se hizo la sorda cuando la polaca dijo que había que llamar a la emergencia, pero a la primera convulsión el miedo pudo más que la duda y salió disparada hacia el cuarto de la dueña para que le prestara el teléfono.
En el hospital le suministraron antibióticos y le hicieron mil preguntas. Ella contestó con largos silencios que, por piedad, nadie quiso descifrar. Durante el tiempo que permaneció allí, internada en una sala enorme, las camas separadas por cortinas, compartiendo olores y gemidos, Corina estuvo siempre a sus pies, dándole los alimentos, conversando con médicos y enfermeras como si se tratara de su hermana y contándole historias puercas de clientes ricachones hasta hacerla reír. Cuando creyó que le darían el alta, intentó convencerla para que llamara a su madre.
Olga llegó esa misma tarde. Entró en la sala con expresión firme y las manos crispadas, como si estuviera pronta para soltar un largo sermón. Caminó por el corredor, mirando a un lado y a otro y se detuvo al final de la sala. Cuando volvió sobre sus pasos, le atrajo la atención una mujer gorda que dormía con la boca abierta y tenía un brazo morado atado a una bolsita con suero. Creyó que las piernas le flaqueaban; se acercó a la cama mal hecha y vio lo que quedaba de aquella hija que no había sabido retener. Apenas podía reconocer la cara hinchada, el cabello enmarañado, el envejecimiento prematuro de las manos, toda la miseria reunida en ese pobre cuerpo. ¿Cuánto había pasado desde la última vez? ¿Un año? ¿Por qué estaba así? ¿Dónde estaba él? ¿Qué le había hecho? Corina llegó a las seis y se detuvo cuando vio a la mujer sentada junto al cuerpo de Elena, sosteniéndole la mano libre y apretándola contra el pecho mientras lloraba sin ruido, como una lluvia suave de primavera. Volvió sobre sus pasos y salió.
Elena regresó a la casa materna y empezó a recuperar fuerzas. Juan intentó varias veces una reconciliación, pero chocó con la firmeza de Olga, que no se dejó intimidar por sus amenazas y, finalmente, desistió. Elena no tuvo que encargarse de los pormenores del divorcio más que cuando era imprescindible que asistiera a una audiencia o cuando debía firmar papeles. De Corina no supo más; intentó llamarla a la pensión, pero la dueña le dijo de malos modos que se había ido sin dejar más rastro que la deuda de un mes completo.