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Volver a la vieja casa fue como empezar de cero en un punto de partida no deseado y con un camino incierto por delante. Jamás hablaron de aquel año durante el cual no se vieron. Olga la recibió con la misma calidez con la que se recoge a un perro herido en una noche de tormenta. Le proporcionó comida y una cama limpia, ropa nueva y baño con agua caliente, un detalle que a Elena le pareció palaciego, pero nada más; ni un beso, ni un abrazo, menos una palabra de consuelo. Varias veces Elena ensayó tímidos intentos de conversación para poder desahogar penas y porque creía justo que su madre supiera cómo había llegado hasta ese límite de su dignidad, pero Olga esquivaba cualquier posibilidad de diálogo. Por momentos, sentía la tentación de gritarle en la cara que bien merecido se lo tenía por haberla desobedecido para correr como una alborotada detrás de aquel degenerado que no le llegaba ni a la altura de los zapatos. Ya se había cansado ella de decírselo y para qué, para que al final terminara saliéndose con su capricho que bien mal le había resultado. Por otro lado, se le agitaban las fibras más íntimas cuando pensaba en aquel sufrimiento en soledad y se sentía culpable por cada una de las veces en que había oído la voz de su hija en el teléfono y había colgado. A veces, entraba en su cuarto mientras Elena dormía y le parecía verla como hacía quince años, con su cara de nena. Sentía la tentación de acariciarla. Salía en silencio y lloraba sobre la almohada hasta quedar dormida.

No pasó mucho para que el cuerpo de Elena recuperara su forma de mujer joven. Estaba más delgada y el rostro, que por fin había tenido una tregua, ganaba frescura día a día. A instancias de su madre, se anotó para un curso corto de secretariado y empezó los estudios con la esperanza de que fuera el comienzo de una vida más serena. No tenía demasiadas ilusiones ni esperaba grandes cosas de la vida; a decir verdad, le costaba imaginarse más allá del próximo día y tenía pánico de hacer planes a largo plazo. Durante aquel año nefasto había quedado suspendida en el tiempo como si Juan la hubiera encerrado en una burbuja, y ahora tenía la extraña sensación de que nada de aquello había sucedido.

Todo lo hacía con una dedicación tan grande que al cabo del segundo semestre la convocaron para hacer una pasantía en una agencia de publicidad. El primer día se presentó media hora antes de lo previsto. Estaba radiante: el cabello suelto, un trajecito rosa pálido, los tacos altos que le estilizaban las piernas y un perfume fresco que su madre le dejó sobre la mesa de luz como único deseo de buena suerte. Eran las ocho y la oficina parecía desierta. Se sentó en la sala de espera, cruzó las piernas hacia un lado y hacia el otro, se paró y se volvió a sentar con la sensación de que podía escuchar el vertiginoso latir de su corazón.

Daniel la miraba divertido desde uno de los despachos. Era un tipo atractivo. El sabía de su encanto y lo manejaba con la habilidad de un felino en plena cacería. Las seducía con miradas atrevidas y cuando las tenía justo donde quería, rendidas y entregadas, las dejaba deseando que les diera el zarpazo final. Así estaba seguro de que siempre las tendría a sus pies, porque nada excita más que el misterio de lo desconocido. Pero esta jovencita disfrazada de mujer era distinta, tal vez porque, sin saberlo, Elena había hecho la primera jugada en el complejo ajedrez de la seducción. Se le acercó sin hacer ruido y se colocó justo detrás de ella. Se inclinó hasta su oído y le susurró un "bienvenida" que le pasó como una corriente eléctrica desde el cuello hasta la punta de los pies.

* * *

Elena recuerda aquella primera sensación y entorna levemente los ojos con una sonrisa. Así fue su primer contacto con el placer sensual que, tiempo después, Daniel la ayudó a transitar. La evocación de la entrada de Daniel en su vida, repleto de ternura, devoto de ella, la devuelve a la realidad de su presente, hundida entre los sillones grandes de la sala vacía, huérfana de afectos, caída en un pozo que ya conoce y del que sabe debe salir rápidamente, en un instante nada más, con la urgencia impuesta por un mínimo rasgo de raciocinio que le indica que es peligroso quedarse.

Ya ha estado otras veces en el mismo pozo. Hacia donde mire, ve negro; hacia donde quiera ir, no hay salida. Cuando cae allí, Elena se siente cansada y piensa mucho en morir. No es un pensamiento triste, sino sereno, un paso hacia el descanso, la paz; y sin embargo, no se decide, no puede. Al pensar en la muerte, se le disparan las ideas hacia un romanticismo de heroína épica, pero cuando valora los medios y se enfrenta a la cosa fría de tener que elegir un instrumento letal, entonces aterriza en la realidad de lo espantoso que es terminar con la vida y decide que mejor no, y, como por arte de magia, o de instinto, comienza a salir del pozo y ya se siente mejor y se avergüenza de haber estado considerando tales disparates.

Lo cierto es que Elena debe poner en funcionamiento lo más refinado de su intelecto. Sabe de sobra que no puede contar con la emoción y mucho menos con el espíritu que ahora siente como un globo pinchado. Enciende un incienso, mira la llama bailar en la punta del palito y sopla para que quede la brasa ardiendo y el olor penetrante del sándalo se le meta por la nariz. Se descubre en el espejo hexagonal y se pregunta por qué no se quiere un poco más y es ahí cuando se le prende una luz inteligente, la que ilumina su lado práctico. Se pone el trajecito azul, toma la cartera y sale disparada hacia la peluquería.

* * *

René nació en pleno campo, en un rancho sin agua ni luz. Asomó su cabeza rebelde un 10 de diciembre al amanecer, durante una tormenta feroz. Como lo mandaba la costumbre devota de la gente de campaña, fue anotado en el registro según el santoral que, para desgracia inicial de su convulsionada existencia, indicaba Santa Eulalia de Mérida. El encargado del registro apenas volvía de una borrachera fenomenal y estampó, con el consentimiento analfabeto del padre, el nombre Eulalio de Mierda. René era el quinto hijo de una familia pobre y, como era evidente que una boca más significaría menos comida para los otros, los padres decidieron que, una vez que la leche materna no fuera suficiente, se desprenderían de él. Lo regalaron a una criada de estancia que lo quiso como a un hijo. A los tres años, el patrón se trasladó a la ciudad y allá marcharon Eulalio y su madre postiza a quien, por entonces, ya llamaba "mamá" y a la que adoró a pesar de saber la verdad acerca de su origen.

Eulalio creció en una casa donde el dinero sobraba y se sabía disfrutar. El patrón, don Renato, un homosexual riquísimo, tenía un gusto refinado y Eulalio aprendió a saborear lo bueno, pasando sus días entre los libros de la escuela y las telas de los cortinados, donde se escondía para sentir el roce suave sobre la piel, los dátiles de Turquía y las almendras tostadas que el señor siempre le reservaba, como al descuido.

Don Renato había consagrado su vida a cultivar la exquisitez y no se había dado tiempo para pensar en asuntos tan vulgares como el destino de su dinero cuando le llegara la hora de la muerte. Cuando esto aconteció, allá por los diecisiete años de Eulalio, surgió de la nada una nube de sobrinos carroñeros que llegaron todos juntos, se pelearon por días, descuartizaron la casa sin la menor piedad y, en vista de que no podían venderlos, pusieron a Eulalio y a su madre de patitas en la calle sin más resguardo que una maleta con ropa y el dinero de la quincena. Esa noche, mientras gastaban sus pocos pesos en un cuartucho de alquiler, Eulalio pensó en su futuro, midió la ordinariez espiritual de aquellos desgraciados y la comparó con las deliciosas maneras de su protector. Por eso, cuando supo del error de la partida de nacimiento, no se inmutó. Como si lo hubiera resuelto hacía tiempo y sólo estuviera esperando una buena excusa para hacerlo, decidió llamarse René.