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Apenas llega, una mujer joven corre diligente y ayuda a Elena a colgar la cartera en un perchero de bronce. René está atendiendo a una de sus favoritas, una presentadora de televisión que suele ir a su local antes de cada programa. Elena ha visto otras veces cómo es el procedimiento y sonríe mientras deposita en la mejilla perfectamente afeitada de su amigo un beso que vale por mil palabras. Él se inclina y le guiña un ojo cómplice. El asunto es así: dos horas antes de cada presentación, la mujer irrumpe en el salón como un tornado de carnes flojas y pocos pelos, jamás saluda y se acomoda en un sillón frente al gran espejo. Al instante, tiene alrededor un enjambre de peinadores, maquilladoras y manicuras bailando al son de la música que René marca como un director de orquesta, parado en medio de aquella fanfarria, agitando los brazos y dando órdenes. Sólo se digna a tocarla para ponerle el punto final, un broche de oro mágico que no es más que otra de sus actuaciones, pero que lo coloca por encima del bien y del mal; y las clientas salen embobadas con la atención de René, aunque únicamente les haya arreglado un rulo con la cola del peine.

En el caso de esta mujer, ese toque consiste en acomodarle una peluca castaña que tapa el infeliz cráneo semipelado y tiene la virtud de rejuvenecer diez años. Con esta triquiñuela y otras astucias del maquillaje, el mamarracho queda convertido en un ser más o menos vendible, y sale con la misma prisa con que había llegado, sin decir gracias y sin dejar ni una moneda de propina. René suspira y dice a sus muchachos mientras palmea las manos con un aleteo de mariposa, "Ahh, menos mal que el canal paga".

Elena ha quedado en uno de los confortables sillones de la salita de espera, hojeando una revista del corazón, de ésas que rara vez compra pero que la divierten como nada. Ni los caprichos de la última amante del ejecutivo, ni los cambios de pareja, ni la cirugía estética de la actriz tal, nada le llama hoy la atención. Va pasando las páginas satinadas con la misma abulia con que, cada tanto, pierde su mirada en el empapelado de rosas amarillas.

René la observa mientras hace su corte maestro en la nuca de una jovencita que no para de hablarle.

– Por aquí, reina, ya estoy contigo -dice mientras despacha con una sonrisa de lo más falsa a la de la nuca pelada. Da tres o cuatro indicaciones a sus ayudantes y se lleva a Elena al saloncito privado invadido por un reconfortante olor a café.

– No sé qué brujería me hiciste, condenado, pero ya me siento mejor.

– Ya me parecía que venía torcida la mano. Si te conoceré. Vamos a ver. Tomate este cafecito que me trajo un amigo colombiano, es de lo mejor.

– ¿El colombiano?

– No seas payasa, ¿eh? Sí, también está bueno, es un encanto, un tipo de lo más sensible. Tiene una galería de arte en Cali, pero planea instalarse aquí. En fin, por ahora, solamente la pasamos bien. Bueno, a ver, que me sonsacaste demasiado y de lo tuyo ni muestra.

Elena se acerca el pocillo a los labios pero está demasiado caliente. Lo vuelve a dejar sobre el plato. René le toma las manos entre las suyas.

– Es la historia de siempre, René, nada nuevo. Debo de estar menopáusica.

René suelta una carcajada y en seguida se pone serio.

– ¿Menopáusica? No lo creo; lo tuyo viene por la edad, pero es justamente al revés. ¿Te das cuenta? Está claro que llegaste a una etapa de la vida en la que hay que detenerse y ver hacia dónde vas, pero eso no es porque estés vieja, ni mucho menos, más bien porque es el momento ideal para hacer cosas…

– René, yo ya no sé qué cosas quiero, solamente quiero ser feliz.

– De eso se trata, mi amor, la felicidad no es una abstracción, la felicidad es una sensación de plenitud a la que se llega cuando están equilibrados los deseos, las necesidades, los afectos. Pero el problema con esta señora es que no es permanente, viene de a momentos y se va dejando sabor a poco. Entonces hay que salir a buscarla, y así una y otra vez. El secreto está en disfrutarla al máximo cuando se presenta.

– Dicho así, suena a libro de autoayuda, pero en la vida, René, en la vida, ¿cómo se hace para lograr ese equilibrio? Y todo eso siempre y cuando la salud esté en orden, porque muerta me río de la felicidad, el equilibrio y todo lo demás.

– ¿Y por qué no habrías de estar sana? Te ves preciosa, un poco triste, pero déjame hacer y ya vas a ver, el zapallo que tenés por marido se te tira encima en cuanto te vea, y si no, lo engañás con el primero que pase, que se lo tendría bien merecido.

– No seas malo.

– ¿Malo? Es un desgraciado; no ve el pedazo de mujer que tiene al lado.

– Pero estás siendo injusto y es por los cuentos que te traigo, pobre Daniel.

René simula estar sofocado y se abanica con la mano.

– ¡Pobre! ¡Pobre! Un hombre que sigue mirando el partido de fútbol mientras su mujer se sienta desnuda encima del televisor, ¡y todavía le pide que corra las piernas! ¿O ya te olvidaste de eso? Y tengo más, ¿sigo?

Elena le hace un gesto con la cabeza, baja la mirada y finalmente suelta lo que ha venido a decir:

– Hoy tuve una llamada rara.

– A ver, por aquí viene la catarata, escucho.

– Bueno, la verdad es que no me dijeron nada malo… llamaron de la clínica, mi ginecólogo quiere verme. Tal vez sea mi imaginación, pero me dio miedo.

– ¿Miedo?

– De morir. Te resultará ridículo, ya sé, yo misma me avergüenzo, pero no he podido dejar de pensar en esto. ¿Sabes qué me da pánico? No te rías, ¿eh? No haber hecho más locuras, tomar sol desnuda, pescarme una borrachera, dormir veinticuatro horas, bailar salsa, bañarme con agua de lluvia, recibir una declaración de amor clandestina…

– Este mundo no es para románticos, reina.

– Pero no lo puedo evitar. Además, René, no tengo que decirte que todas esas locuras son parte de una fantasía; quizá las haría una vez, pero no podría vivir todo el tiempo así. Lo que realmente quiero es sentirme bien en la familia que tengo, con mis hijos, mi esposo, eso es todo. Y no puedo, en casa soy invisible. La llamada me hizo pensar mucho, pero no creas que esto es de hace un rato. Viene de años.

– ¿Y tú?

– Yo, ¿qué?

– ¿Qué hiciste para arreglarlo?

– Yo hice lo que pude.

– Está bien, reina, hay que mirar hacia adelante.

– Eso trato, pero no sé qué camino tomar. He pensado mucho en que si muriera…

– No digas pavadas.

– No son pavadas, René, estoy angustiada.

– Lo que te pasa es bastante común y nos pasa a todos. No es más que una crisis.

– No, René, esto es diferente. Ya he tenido las crisis más raras y sé de sobra cómo se siente. Esto es más fuerte, es… es algo así como un deseo de… ¡volver a nacer! ¡Ahí está! Así es como me siento.

– Eso es buenísimo, pero después de todo, a mí me sigue pareciendo una crisis, una crisis fenomenal, es cierto, pero crisis al fin. ¿Sabes qué pasa con ellas? No hay vuelta, o te destrozan o salís renovado. La tuya parece ser de las buenas.

– ¿Sí?

– No hay duda, amor mío.

Elena lo besa en la mejilla y le aprieta las manos.

– ¿De dónde te viene esa paciencia?

– De sufrir, claro. ¿Sabes cuántas humillaciones he tenido que soportar? ¿Cuántas formas despectivas hay de llamar a la gente como yo?

– No quería ponerte triste.

– No lo hiciste, pero quiero que sepas que no siempre he sido así. Mi vida no fue fácil. Desde que supe que no quería ser varón, me refiero a un varón convencional, desde entonces mi vida fue una sucesión de justificaciones y mentiras. Me tomó años, toda mi adolescencia y mi juventud, aceptarme diferente y, lo más difícil, respetarme. Fue cuando descubrí que podía ser amado y dar amor y que el amor siempre es bueno, por lo tanto, yo no estaba haciendo nada malo. Ese fue el punto final a tanta humillación. Desde entonces no doy explicaciones. Soy homosexual, ¿y qué? A quién le importa, si yo no molesto a nadie. Por otra parte, te escandalizaría saber la cantidad de tapados que andan por este mundo haciéndose los machos y en cuanto ven la posibilidad de tirarse un lance, se mandan en picada. Esos son los peores, porque usan a su mujer y a sus hijos como pantalla y se burlan de los que, como yo, no se esconden. Cuando veas a un hombre hacer chistes sobre la homosexualidad, burlarse todo el tiempo, abrí bien los ojos, querida, porque en la mayoría de los casos tiene la muñeca tan quebrada, para usar su terminología hipócrita, como la de aquellos de quienes se ríe.