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Elena esboza una sonrisa pícara. René le alcanza un cigarrillo y lo enciende con el suyo.

– ¿Te causa gracia? Prestá atención y vas a ver. Tienen tanto miedo de que se les note que exageran en su desprecio. Pero no me gusta quejarme; también he descubierto los verdaderos afectos, como el tuyo, por ejemplo, porque nunca preguntaste ni te importa con quién me acuesto. ¿Cómo no voy a adornarte, Elena?

Ella se inclina hacia él y le acaricia la cabeza como a un niño.

– Mi amoroso, ¿por qué siempre pienso en mí? Tantas veces habrás estado angustiado y yo con mis serenatas. Ni para amiga he servido.

– ¿Qué decís? Con verte me basta para sentirme mejor. Además, siempre me das la posibilidad de ser útil, ¿cuánto vale eso?

René está visiblemente emocionado y le tiemblan los labios. Por fin, suspira y encuentra el aire que le estaba faltando para poder hablar con serenidad.

– No te preocupes, esto me hace bien. Yo tampoco tengo ocasión de hablar de estas cosas. Las tengo archivadas, un poco para no pensar, ¿ves? Pero es bueno que salgan, es bueno ventilar los sentimientos, recordar; después de todo, somos nuestro pasado, ¿no te parece?

– Puede ser. Pero, entonces, yo me pregunto, ¿somos esclavos de ese pasado? Decime, René, ¿no es algo cómodo resignarse? Yo quiero romper con eso, no tengo la menor idea de cómo hacerlo, pero ahora me doy cuenta del tiempo que he perdido llorando, sin pedir ayuda, sin decir que así no me gustaba cómo iban las cosas. Y no tengo pasta de víctima. ¡Al diablo con el sufrimiento! ¡Quiero vivir, René! ¡Necesito vivir!

Él le aprieta la punta de la nariz y la mira con ternura.

– Ese café ya estará frío. ¡Uuuf! Se necesita sacar la basura de vez en cuando, ¿eh? Hacía tiempo que no teníamos una de estas charlas, reina -le toca el pelo-. ¿Qué vamos a hacer con esa preciosa cabeza?

Elena lo mira con ojos cómplices, piensa por unos segundos y le dice con una sonrisa casi maliciosa.

– Voy a teñirme de rojo.

* * *

René está parado detrás de ella y la mira a través del espejo mientras le revuelve el pelo como si fuera una caricia que le diera tiempo para poner los pensamientos en orden.

– ¿Estás segura?

– No, pero no pierdo nada, si no me gusta mañana lo cambiamos. ¡Vamos!

Él pega un grito de paracaidista a punto de saltar y pone manos a la obra con alegría. De inmediato, organiza cuatro manos que se suman a las de él, batiendo, masajeando, empapando con agua fresca. Ella se divierte por su transgresión, la fascina dar la bienvenida a esta nueva mujer que se empeña en ver la luz. Tiene miedo al ridículo, pero lo disimula. Le da pánico llamar la atención, pero se domina. Está aterrorizada ante el cambio, pero lo prefiere mil veces a la rutina que la está llevando a la muerte.

Desde las butacas contiguas llega el chismorreo de dos mujeres. "Pero, ¿ésta no es la que siempre se peina igual?"; "La misma, vaya a saber qué mosca le habrá picado; seguro que anda alborotada con alguno de la edad del hijo y quiere hacerse la nena." "A mí me parece que lo único que hace es un papelón, y René que no le dice nada. ¡Qué poco criterio!" Elena las oye y se sorprende de no sentirse herida. René se le acerca al oído y le susurra como un abejorro: "Al menos tú te lo podes cambiar; dudo que estas víboras puedan hacer lo mismo con sus caras". Pero finge que no ha oído nada y le indica a una de sus chicas que suba el volumen de la música.

Mientras el cambio se opera, Elena tiene tiempo de observarse con detenimiento. Recorre cada detalle de su rostro, la nariz pequeña y algo torcida; la boca sí que le gusta, invita a un beso, piensa; la frente es algo ancha, como de muñeca, pero no está mal. Hay un lunar diminuto junto a la comisura de los labios; varias veces ha pensado en quitárselo pero no se ha animado, además René le ha dicho que le añade un toque de sensualidad. Los ojos… los ha visto tantas veces empañados. "Son los ojos de papá", piensa.

* * *

Hace nada más que un tiempo ella era una niña feliz. Todavía hoy guarda con celo lo que ha podido recolectar de su pasado, incluyendo lo que su madre tiró a la basura y que ella rescató escandalizada de ver cómo podía desprenderse de aquel pedazo de su historia sin una lágrima ni una duda. "No quiero nada que me recuerde a tu padre", le dijo, y Elena había juntado y pegado con paciencia entristecida cada pedazo de foto rota, uniendo el encaje del vestido de novia con el traje negro, los brazos de él con la espalda de ella, las manos. ¡Ah!, las manos, ésa era su foto preferida. Estaban los dos en un parque o una plaza; ella parada delante y él abrazándole el vientre, las manos justo allí, donde estaba Elena. Necesitaba recordarse cada tanto que era hija del amor; que no importa lo que hubiera sucedido después, ni las causas ni mucho menos las consecuencias. A veces, le parece una tontería apoyarse en este detalle tan lejano, pero tantas otras la ha fortalecido, sobre todo en las noches de soledad cuando se siente nada y no encuentra sentido a su respiración; entonces, como por obra de un viejo instinto de supervivencia, viene el recuerdo de su concepción.

¿Cómo fue que pasó todo? ¿En qué instante se destruyó el amor? ¿O acaso fue un proceso doloroso como el que ahora atraviesa ella? No lo sabe. Prefiere recordar los primeros años, aquel hombre de espaldas inmensas en cuyos brazos nada podía pasar y, sin embargo, no era un tipo grande, no, más bien así lo veía ella. Quién sabe cómo lo vería ahora, después de tantos años de ausencia. ¿Cómo sería su pelo, y aquellas entradas imposibles que le amargaban la vida? ¿Cómo estaría su rostro, con las arrugas finas que se le formaban junto a los ojos cuando sonreía? ¡Y cómo sonreía! Tal vez eso fue parte de su perdición. Sí, la hermosa sonrisa, la maldita sonrisa tuvo la culpa. Si aquella mujer no se le hubiese atravesado, si él no le hubiera sonreído, si ella no le hubiera cruzado las piernas y vendido barata una felicidad que después resultó tan efímera… Si su madre, siempre tan pacata, se hubiese dado cuenta a tiempo de que lo perdía… Si, si, si…

Ahora Elena prefiere creer que todo sucede por algo. Hasta el más pequeño de los detalles, de los gestos, es parte de la telaraña universal; nada está librado al azar. Elena se esfuerza en pensar que es parte de un plan cósmico, creador y, por lo tanto, bueno. "Por algo pasan las cosas", es su frase predilecta, aunque hace un tiempo que nota que ya no la satisface como antes, que no la colma esta resignación disfrazada de filosofía. Hoy se siente rebelde con derecho y, a decir verdad, le importa tres rábanos si hace sufrir. Ya ha perdido bastante vida pensando en cómo hacer para que cada movimiento suyo no altere las vidas de los otros. Hoy siente un impulso fuerte de tirarse al vacío; hoy, justo hoy que tal vez deba enfrentar a la muerte. "¡Cómo quisiera tenerte conmigo, viejo!"

Hace veintiséis años que no sabe de él, pero lo sigue extrañando como cuando se fue. Hacía tiempo que sus padres no armonizaban. Primero fueron largos silencios, cenas sin palabras, demasiadas horas de televisión y lecturas no compartidas. Pero en aquel entonces, cuando Elena empezó a percibir algo, ya hacía meses que sus padres convivían pacíficamente por miedo al escándalo o por pereza de una nueva vida. Después vinieron las peleas; cuando su padre comenzó a salir y a involucrarse en política, cada vez más, hasta terminar siendo líder del sindicato y pasarse días y noches sin más que un llamado telefónico para avisar que no volvería. Todavía se le eriza la piel cuando trae al recuerdo la angustia de la espera, las noches durmiendo sentada junto al teléfono, la radio prendida, el miedo de ella y el rencor de su madre por no perdonarle el abandono. Y luego, o primero, quién sabe qué llevó a qué, lo vieron con la otra y vinieron con el cuento. Y aquella noche -Elena lo tiene tan fresco que hasta puede oír los gritos-, aquella noche explotó la crisis de años y él se fue con la otra que le regaló envuelto y con moña todo lo que la madre le venía retaceando. Lo hizo sentir importante, único, el mejor, le mintió amor y él necesitó creerlo; lo necesitó tanto, tanto que largó al diablo la casa, la esposa, la hija, los reproches conyugales, el estúpido hastaquelamuertelossepare, los problemas económicos, el apartamento comprado en cuotas, y hasta las cuotas, todo, y se fue tras una ilusión.