No podría determinar cuándo fue exactamente que comenzó, pero sí recuerdo que llegabas tarde a casa, faltabas a la cena y a veces a dormir, recibías llamadas extrañísimas y hasta alguna amenaza que a mamá casi la lleva al borde de la histeria. Todo eso alteró nuestra vida.
Fue por esos tiempos que descubrí el miedo. No era el de mis noches pobladas de brujas y monstruos que tú calmabas pasándote a mi cama y acariciándome el pelo hasta quedarte dormido y yo, tan segura de que todo estaba bien, dormía serena, flotando en tus brazos. No era ese miedo, no. Era el pánico de no volver a verte, de que sonara el teléfono para avisar "algo malo ", que era el eufemismo que utilizaba para preguntarle a mamá por ti y evitar esa palabra terrible que andaba sobrevolándome como un presagio siniestro.
Y una cosa fue trayendo la otra, y tus ausencias y tu devoción por una causa justa pero no del todo tuya te fueron alejando de las responsabilidades del trabajo y la familia. Mamá también se fue quedando demasiado sola y empezó a reprocharte lo que para ella era un abandono prematuro, anticipo del que vino después y que, seguramente, ella presintió. Te llamaba "ese egoísta", aunque jamás escuché que hablara mal de ti fuera de las paredes de la casa. Pero adentro la situación era muy diferente. Durante el día, y a veces en las noches de largas ausencias, se preguntaba por qué estabas haciendo eso, cuál era la necesidad de perderlo todo, si acaso no pensabas en nosotras. Cuando llegabas, toda esa ira acumulada durante horas de espera explotaba en un volcán de gritos, mientras tu silencio culpable la enfurecía aun más y a mí me hacía sentir pena por los dos.
Cuando, por fin, recibimos la llamada, nos sobresaltamos como si nos hubiera tomado por sorpresa. Recuerdo a mamá corriendo a ponerse lo primero que encontró y cómo salimos las dos desesperadas a buscarte, las cien puertas que golpeamos y las cien veces que nos dijeron que no, o peor, prometieron una mentira que alentó nuestras esperanzas. Te hundiste en la oscuridad donde se pierden los desaparecidos, donde nada se sabe, nadie vio ni oyó y, si algo recuerda, jura que lo olvidará pronto. Así te me fuiste, te extraviaste en una nada inmensa de donde no has vuelto. Si al menos alguien me dijera cómo fue, qué te hicieron, dónde están tus huesos. Entonces, me devolverían algo de paz, un poco de orden a mi desasosiego y, lo más importante, destruirían esas absurdas fantasías de volver a verte. Papá, si supieras cómo envidio a los que pueden ir al cementerio.
Unos años después, vino a casa un hombre al que no habíamos visto. Puedo recordar a mamá espiando a través de la mirilla de la puerta y luego volverse hacia mí y hacer un gesto con el índice sobre los labios. Cuando quedamos solas, desarrollamos una serie de mañas casi neuróticas para preservar la seguridad. Ahora me doy cuenta de lo pueril de esta actitud; si hubiesen querido hacernos daño, nada de eso lo hubiera impedido.
Lo cierto es que nos quedamos inmóviles, y mamá siempre mirando por el pequeño orificio, hasta que escuchamos algo así como "ábrame, por favor, traigo noticias de su marido". Ante nuestra falta de respuesta, la misma voz, "está ahí, puedo ver la sombra de sus pies por debajo de la puerta. ¡…Abra, por favor!". Mamá estaba transpirando, pero no se dejó amedrentar. "Mire, no puedo estar aquí mucho más, yo sé quién se llevó a su marido, yo sé quién lo vendió y por qué. ¿Va a abrirme o no?" Vi vacilar a mamá y luego responder con voz firme: "Yo a usted no lo conozco ni sé qué quiere, diga lo que tiene que decir y váyase". Ante mi estupor, destrabó las cerraduras, quitó el pasador y abrió la puerta los diez o doce centímetros que permitía la cadena, una seguridad tan frágil que el hombre hubiese podido vencerla con una patada. Era un tipo bastante desagradable, alto y con un rictus fiero en los labios. Cuando vio que mamá no cedería ni un paso más, miró hacia adentro de la habitación hasta que sus ojos me encontraron. Luego se dirigió a ella hablándole en voz baja: "Escuche, yo era compañero de su marido en el sindicato. Se lo llevaron junto con otros dos. Pero, no lo buscaban a él, ¿entiende? Su marido estaba por salirse, tenía ciertas discrepancias. No le dieron tiempo". Mamá lo escuchaba sin mover ni un músculo. El hombre le extendió un sobre bastante arrugado que ella tomó mecánicamente. "Acá hay nombres, fechas, lugares, todo lo que usted necesita saber. Cuando esta locura pase, haga que estos hijos de puta paguen. Era un tipo de la planta, demasiado gente para estar metido en esta porquería; de ustedes, sobre todo de la hija, vivía hablando." Después nos deseó buena suerte y desapareció envuelto en el mismo misterio que lo había traído.
El sobre convivió con nosotras por varias semanas. Mamá lo puso sobre el aparador, apoyado en el frutero de cristal. Era lo primero que buscaban nuestros ojos todas las mañanas y era lo último que mirábamos antes de acostamos, pero jamás hablábamos de él y no nos animábamos a abrirlo. Una tarde, cuando volví del liceo, encontré a mamá sentada en el piso de la cocina. En la pileta había una gran mancha negra y el olor volvía casi absurda la pregunta. Lo quemó porque ya no pudo soportar tenerlo a la vista y no encontrar el valor para abrirlo; simplemente lo quemó sin saber el contenido, sin preguntar mi opinión, y con él mi última esperanza de saber. Esa tarde exploté en el llanto que había guardado desde aquella fatídica noche.
Estuvimos días sin hablar. La odié con toda mi alma y la culpé por haberme liquidado la ilusión, por todas y cada una de mis desgracias, hasta que me di cuenta de que ella también estaba destruida. Finalmente, se había dado de cara con la realidad de que no volverías, de que no te habías escapado con la otra, de que aquello era la terrible verdad de la muerte y no un escenario montado para permitir tu huida. No sé por qué yo misma no abrí ese sobre. Supongo que el miedo me paralizó; no pude. Si lo hubiera hecho, me habría ahorrado el dolor de la esperanza. La verdad es una cicatriz, es cierto, pero siempre es mejor que una herida eternamente abierta.
¿Por qué será que me empecino en fantasear con que alguna vez puedas volver? ¿Por qué, si sé que estás muerto? Todavía pienso que quizás haya un tal vez, un "y si no fuera así", una suerte de historia novelesca en la que te me aparecerás al final y me dirás que estuviste escondido todo este tiempo, que seguiste mis pasos a la distancia sin que yo te viera, como una especie de ángel guardián, que ahora has vuelto para quedarte conmigo. ¡Ah! ¡Qué fuerzas brotarían de mí si eso ocurriera! Qué respaldada me sentiría para pararme frente a Daniel y a mis hijos, tus nietos, y tomar mis decisiones contigo a mis espaldas, sosteniendo mi inseguridad.
Si al menos pudiera creer que estás en algún lado, en otra dimensión, con Dios o en todas partes y que puedo contar contigo, en fin, si pudiera, pero hace tiempo que me cuesta creer en esas cosas, así que lo único que me va quedando es el bendito dolor que el recuerdo se empeña en fortalecer con el paso del tiempo.
Es curioso cómo idealizamos a los muertos. Ni siquiera sé cómo nos llevaríamos si estuvieras, cómo verías la vida y, sin embargo, prefiero pensarte como un ser amoldado a mis necesidades, contenedor de todas mis penas, compañero, un padre bueno. Y, después de todo, ¿por qué no? ¿Quién puede prohibirme pensarte como yo quiera? ¿ Quién se meterá en mis sentimientos y me obligará a crearte con la dureza de un realismo que ya bastante me castiga? Que me dejen en paz contigo que así estamos bien.
De todo esto no ha quedado más que la tristeza para siempre de no tenerte y necesitarte a cada paso. También han quedado los buenos momentos magnificados por el amor en algún rincón aún no violentado del alma, ese lugar protegido, último reducto de las cosas bellas. Voy a pensarte cuando era niña y tú mi rey, pero también cuando fui joven y te me volviste desvalido, y de todo eso haré tu memoria para que ya no me dejes nunca, nunca, viejo querido.