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No olviden, hijos, que los amo por sobre todo y hasta aquel lugar que nos inventamos, ¿se acuerdan? Un día quisimos medir el cariño y, como el cielo nos pareció demasiado cerca, dijimos querernos hasta un lugar tan pero tan alto que sólo nuestro amor podía alcanzar. Allí los espero.

Mamá

Elena mira alrededor y le parece que la casa está más limpia que de costumbre. En realidad, nada ha cambiado, todo está puesto en el mismo orden triste de los museos. Hoy no tiene fuerzas para levantar almohadones o limpiar vidrios; hoy tiene plomo en el cuerpo. No es que las palabras que intercambió con Ana sean cosa nueva. Tantas veces han discutido hasta las lágrimas… Pero hoy las miradas acusadoras atravesaron el espacio como dagas y Elena sintió como nunca que su hija quedaba cada vez más lejos. Si ella hubiese podido plantarse así delante de su madre, tal vez la historia habría tomado otro rumbo, pero es imposible predecir los destinos si tal cosa u otra hubiera sucedido o dejado de acontecer.

¿Qué habría pasado de no haber subido al ómnibus donde conoció a Juan? Entonces, la mente se le despega en un vuelo inevitable, e intenta reconstruir algunas horas de ese día. Había despertado temprano y ya desde el primer hola, urbano y mecánico, había comenzado la catarata de agresiones verbales con la que su madre solía darle los buenos días. No eran insultos, más bien observaciones hirientes que tenían un origen en hechos anteriores. Elena no logra recordar la causa de la discusión, mientras riega las begonias que hoy han amanecido hermosas. Es igual, cualquier cosa pudo haber sido, una pregunta, un comentario, qué más da.

Lo cierto es que Elena salió dando un portazo y recorrió más cuadras que de costumbre para que el viento le secara las lágrimas. En el apuro olvidó su abrigo. A medida que la rabia iba cediendo, comenzaba a sentir los aguijonazos de la helada matinal. Fue cuando el ómnibus apareció como un caballo de leyenda y Elena entró por las puertas abiertas sin siquiera haber mirado el número de recorrido. Se quedó parada junto al conductor con la cara roja y las manos entumecidas y sólo cayó en la cuenta de que no llevaba dinero cuando escuchó la voz impertinente del guarda. Como buen predador, Juan captó en seguida su debilidad e inició una seducción inmediata. Le perdonó la falta y hasta tuvo la inmensa delicadeza de regalarle el viaje, pero se aseguró de que Elena se sintiera en deuda.

La deuda fue saldada ese viernes. Juan pasó a buscarla por el liceo y la llevó a un bar de estaño y borrachos consuetudinarios. Se sentaron uno frente al otro; él con su uniforme gris, ella con su pollera azul de colegiala. Juan inclinó todo su cuerpo sobre la mesita, tanto que casi podía rozar la frente de ella, y así se mantuvo susurrándole delicias con su aliento de grasera por encima del humo del café.

Aquella noche, Elena apenas pudo dormir; se sentía halagada y, a la vez, le daba vergüenza la intimidad que se había permitido con aquel desconocido. Él siguió esperándola a la salida de clases, tarde tras tarde; le traía claveles, bizcochos calientes, galletitas; la invitaba a boliches de segunda y le permitía viajar gratis en su ómnibus, de pie, junto a él.

Finalmente, Juan la tuvo donde quiso desde el primer instante en que le perdonó aquel boleto: en la cama. Fue en un cuarto de pensión, sobre un colchón tan delgado que la estructura de metal se clavaba en los huesos, y con un olor a humedad que Elena no ha podido olvidar. Tampoco olvida la brusca impresión que le produjo aquel hombre en celo que se le tiró encima sin más preámbulo que un triste beso y le develó los misterios del sexo con más dolor que placer. Tenía dieciocho años, y creyó que eso era todo, dejarse invadir por otro cuerpo, aguantar el sufrimiento hasta ver que el otro caía desplomado sobre ella, y luego limpiarse, limpiarse, limpiarse con desesperación.

Las citas clandestinas se sucedieron a lo largo de un año más o menos, tiempo en el cual Elena mintió más que en toda su vida. Sabía que Juan no era bueno para ella, pero nunca antes se había sentido tan dueña de sus actos, ni tan única en la vida de otro. La empalagó con sus cursilerías de falso galán, haciéndola sentir reina en su mísero castillo de pensión. Elena faltaba a clase para limpiarle la pieza y esperarlo con comida casera. Cuando él llegaba, ella sabía cuál era su deber: se acostaba boca arriba y se dejaba hacer como si estuviera muerta, fingiendo cada tanto un atisbo de placer mudo y deseando que la urgencia se saciara rápidamente. Entonces, se levantaba, iba al baño y volvía para poner sobre la mesa lo que hubiera podido preparar, y lo miraba engullir con la misma ansiedad con que la había poseído, como si comer fuera el colmo de su satisfacción de macho hambriento.

Poco a poco se fue volviendo un elemento importante en la vida de Juan. Solucionaba como nadie sus asuntos más elementales: comida, limpieza y sexo. Además, nunca se quejaba y era dócil como un cordero. Un día la esperó con una rosa de las que se compran en las esquinas y le pidió que se casara con él porque ya no soportaba tenerla lejos. Elena no supo qué contestar, pero él le tapó la duda con un beso y decidió por los dos.

Los golpes no demoraron mucho. Comenzaron una tardecita cuando él llegó con su camisa celeste manchada en las axilas, entró sin saludar y se metió en el baño. Elena esperaba con el mate pronto. Cuando él salió, ella estaba acodada sobre la única mesita de la habitación y miraba con atención triste la comedia de las seis. Preparó el mate y volcó el agua hirviendo sobre la yerba seca. Elena siguió echando agua y los palitos verdes quedaron flotando en el mate inundado. Cuando estiró el brazo para alcanzárselo, Juan le devolvió un manotazo violento y el mate voló por el aire. Elena se puso de pie y lo miró con una expresión entre asustada y perpleja; era la primera vez que Juan se mostraba así. En una oportunidad había roto un azulejo del baño de un puñetazo, pero Elena, que junto a él se sentía segura, nunca había temido que el próximo golpe aterrizara en su cabeza. No tuvo tiempo de hablar. Juan le volteó la cara de un sopapo tan certero que la nariz comenzó a sangrar. Quedó en el piso, mirándolo muerta de miedo, pero no pudo sacar ninguna palabra.

Tal vez fue su mirada, tal vez el silencio, quizá la sangre, algo provocó que el enojo de Juan se convirtiera en furia. Le reventó el abdomen con una patada y luego siguió con otras en los muslos. Ella ya había comenzado a llorar pidiendo que se detuviera, pero la debilidad parecía excitarlo y, cuanto más desesperadas eran las súplicas, más ensañados se volvían los golpes. Por fin se detuvo, más por cansancio que por piedad.

Elena había quedado tirada debajo de la mesa, justo sobre la yerba derramada que comenzaba a teñirse de rojo. Él se lavó la cara y las manos calientes; tenía los nudillos con moretones, como si hubieran sido un sello entintado. Cargó de nuevo el mate y se sentó a mirar el informativo de las siete. Cada tanto la miraba de reojo, pero ella no se movía. Entonces tuvo miedo de haberla matado. Le echó agua fría sobre la cara, le palmeó las mejillas hinchadas y, como no daba señales de despertar, la llevó hasta la cama.

Elena volvió en sí a media madrugada y vio que él descansaba a su lado, todavía vestido y con zapatos. Le dolía cada centímetro del cuerpo, pero no se movió para no despertarlo. Así se quedó con los ojos abiertos, clavados en la humedad del techo, preguntándose qué había hecho mal, en qué se había equivocado para enojarlo tanto. Buscaba respuestas dentro de ella como si fuera victimaria del otro que se había visto obligado a golpearla. Se sentía miserable, sucia, pero en ningún momento pensó en dejarlo.