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Cuando la decisión de casarse pareció ser tan firme que su madre no tuvo más alternativa que dar el consentimiento, Elena sintió que franquearía una puerta para siempre. Después del casamiento en el viejo registro, con los cuatro testigos de rigor, algunos compañeros del ómnibus que murmuraban groserías y Julieta, una amiga del liceo que había ido a tirarle arroz, Elena no volvió a casa de su madre. Una vez intentó hablar por teléfono, pero la comunicación se cortó en cuanto ella dijo el primer "Hola, ¿mamá?". Trató varias veces hasta que ya no quiso seguir lastimándose. Por eso, ni siquiera pensó en acudir a su madre cuando despertó de la pesadilla y sintió el cuerpo dolorido y una vergüenza tan honda, tan envolvente que le recordó la niñez, cuando le pegaban en plena cara con la mano abierta y la humillación era más fuerte que el dolor, y la certeza de que "algo habré hecho para merecer esto" era una resignación casi sanadora.

Así se sentía ahora, culpable de haber propiciado esta situación, de haber sido incapaz de atenderlo cuando él había vuelto a casa molido después de trabajar todo el día para mantener la casa y ella, torpe, no había sido capaz de cebar un mate decente. Ya había clareado cuando Juan abrió los ojos y la vio. Le acarició el pelo, acaso porque era lo único que parecía sano en ella. "¿Cómo estás? ¿Te duele?" Ella lo miraba con ojos aterrorizados y asentía. Entonces él le pasó una mano por debajo de la nuca y la atrajo hacia su cuerpo sin dejar de acariciarla. "¿Sabes qué pasa? Al hombre le gusta que lo atiendan. Pobrecita, ¡qué bruto! A ver, déjeme ver esos ojitos, no me diga que estuvo llorando. Venga para acá, si usted sabe que yo la quiero, ¿no es cierto que sabe? Bueno no me llore, ¿eh? Hoy se me queda en la cama y mañana va a ver que está mejor." Ella había largado un llanto abundante como una cascada muda. "Ya está, Elenita, no fue para tanto. Te juro que nunca más se me va a ir la mano. No sé qué me pasó, me puse loco, si yo te quiero más que a nada, si por algo te elegí para que fueras mi mujer, ¿no? Nunca más, te lo juro, nunca más, nunca más." Y la llenaba de besos sobre los ojos, sobre los moretones, sobre la nariz lastimada.

A los quince días ya le había dado la segunda paliza, menos fuerte que la anterior, pero que sellaba su destino de mujer golpeada. La tercera fue una mañana en que él quiso hacer el amor a lo bestia y ella suplicó hasta sublimar el deseo en furia y transformar las caricias en golpes, uno y otro y otro más y ella que esquivaba como podía y gritaba de dolor; y verla sufrir fue para él como el alivio del orgasmo, porque después de dejarla extenuada, tendida en la cama, se duchó y se fue a trabajar. Ese día, Elena pensó por primera vez en escapar, pero fue la certeza de la soledad o quizás el no saber cómo pedir ayuda lo que finalmente hizo que desistiera.

Aceptó su suerte como si al nacer la hubieran predestinado a la infelicidad. Seguiría con Juan tratando de complacerlo, sin alterarlo, hablando poco, pensando menos, y así transcurriría su existencia hasta que llegara la muerte. ¡Ah! ¡La muerte! Ser libre y volar, volar, volar tan alto que nadie pudiera alcanzarla, ni gritarle, ni hacerla sentir una porquería. La muerte, la libertad, el descanso, la paz. ¿Morir ahora? No, no tenía valor. ¿Cómo lo haría? ¿Acaso es tan fácil morir? Morir por elección es tan difícil como vivir eligiendo. Sólo eligen morir los cobardes o los muy valientes; y Elena no era ni lo uno ni lo otro.

Sus días transcurrían convertida en un satélite patético, desperdiciando juventud. Se levantaba antes que él, y lo primero era preparar el mate que, desde aquella nefasta tarde, se había vuelto un objeto de culto y su elaboración, un ritual minucioso. Cuando él se levantaba, ella debía calcular sus movimientos para que, al volver a la pieza luego de ir al baño, encontrara el mate pronto. ¡Ay de ella si estaba tibio! Entonces, el miedo podía olerse en el aire, mientras él probaba el agua y ella lo miraba temblando. Algunas veces suspiraba aliviada si él seguía chupando sin levantar la mirada, y otras debía esquivar los tortazos como podía, tapándose con un repasador o metiéndose como un perro debajo de la mesa.

Antes de marcharse, él le depositaba un beso limosnero en la frente, le pellizcaba el trasero o le prometía inmundicias para cuando regresara por la noche, tomaba la vianda de plástico y salía. Durante las horas en que estaba sola, jugaba a ser todo lo que soñaba. Limpiaba la pieza varias veces, preparaba algo para la cena y se hacía la torpe ilusión de ser una esposa feliz que esperaba ansiosa la llegada del marido. Las tardes se le hacían eternas y había caído en la fácil tentación de estaquearse frente a la tele y empacharse con las historias huecas de las telenovelas tupidas de hijos prestados, incestos al por mayor y muchachitas pobres que, la mayoría de las veces, se creían el cuento del patrón y terminaban preñadas y sin trabajo. En las desgracias ajenas Elena proyectaba su tristeza y así pasaba horas llorando frente a la pantalla.

Hacía tiempo que no pensaba en volver a estudiar. Había dejado algunas materias pendientes, pero sólo imaginar la reacción de Juan la hacía renunciar a cualquier posibilidad de completar el bachillerato; además, estaban los moretones y las marcas que no tenía ganas de explicar. Hasta se había convencido de que no le interesaba. Así, el embrutecimiento paulatino se le deslizó en el alma sin que ella notara el cambio, ni siquiera cuando daba vuelta su mente de adentro hacia afuera y no lograba encontrar el sustituto para alguna mala palabra. Tanta tele y tanta silla y tanto mate con bizcochos le habían ensanchado todo lo ensanchable, y estaba fea, con más kilos de exceso que los pocos años que tenía, presa de un terrible círculo: cuanto más la humillaba Juan, más se hundía en su universo fofo de telenovela, y más repulsión le causaba a él que más la denigraba, y más se refugiaba ella con sus falsas heroínas; y así hasta el límite mismo de la dignidad.

Como una semilla, había comenzado a germinar en ella el sueño loco de ser madre. Era un poco por instinto, algo por soledad, mucho porque pensaba que Juan se enternecería con un hijo y todo volvería a ser como al principio. Entonces se dejó ir y transformó el sexo en un martirio aceptable. A los dos meses ya había notado la primera falta y decidió esperar otro mes para estar segura. Cuando los días pasaron sin novedad, pidió hora para ver al médico y confirmar lo que ya sabía. Esa tarde esperó a Juan con un poco de maquillaje y se perfumó con la colonia de afeitar. Había servido una mesa especial, con el único mantel y un florerito en el que había puesto dos humildes margaritas robadas de un jardín. Cocinó lo que pudo comprar, y agregó el detalle de un vino barato que se llevó las últimas monedas.

El entró con la misma displicencia de costumbre, pero no pudo ocultar la satisfacción al ver la mesa tan bien puesta y percibir el olorcito dulzón de los tomates y el orégano. Ella esperó a que él terminara el segundo plato y, a falta de postre, decidió que ése era el momento ideal para darle la buena noticia. "Vamos a tener un bebé." Las palabras sonaron como tambores en el espacio húmedo del cuarto, rebotaron en los vidrios y quedaron presas retumbando como un eco que ella se encargó de repetir ante la expresión lívida de él. Cuando Elena estiró los brazos para tomarle las manos, fue como si lo despertaran de un pésimo sueño. Dio vuelta la mesa y se ensañó con ella como nunca mientras le gritaba: "¡Hija de puta! Ya te voy a enseñar yo a hacerte la viva. ¿A mí me vas a pasar? ¿A mí?".

Los golpes venían de todos lados, como si tuviera mil puños y una fuerza incontenible. Las patadas iban al vientre y ella se arrollaba sobre el piso como una oruga y se protegía con las manos, arqueando la espalda, gritando de pánico y dolor. Juan no podía oírla, se había hundido en su furia y estaba ciego; ni siquiera oyó cuando se abrió la puerta y entraron vecinos hartos de compartir la vergüenza de saber y no animarse. Esta vez, pensaron que la mataba y se decidieron a intervenir. Elena fue a parar al hospital y Juan a la comisaría.