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—Él dice que no tiene nada que ver con el asesinato.

—Tal vez sea cierto. Falta saber a quién quieres creer tú, a él o a ella, y sobre todo a quién deseas salvar. Anielka debe de saber, a no ser que se haya quedado de repente sin luces, que si logras encontrar a ese muchacho no tendrás más remedio que entregarlo.

—Sí, pero con la condición de que sea yo quien lo atrape y no un escuadrón de policías.

—¿Para que no parezca que lo ha denunciado ella? ¡Una idea muy ingeniosa! —gruñó Adalbert—. Pero resulta que ahora, con la entrada en escena de la duquesa, las cosas están yendo demasiado lejos. Piensa que, si guardas silencio, te expones a ser cómplice en un asunto de tráfico de armas que no sabes adonde podrá acabar llevándote. ¿Te gustaría pasar unas decenas de años en Pentonville o en Dartmoor?

Aldo se quedó unos instantes pensativo y luego trató de cambiar de tema de conversación a fin de tomarse un poco más de tiempo para reflexionar.

—Por cierto, ¿y tú? ¿Tu excursión a Whitechapel ha dado algún fruto?

—No intentes dar largas al asunto. Tengo cosas que contarte, pero esperarán hasta la noche. ¿Vas a ir a ver al superintendente o voy a tener que ir yo en tu lugar?

—Sí, voy a ir—dijo Morosini suspirando—. Más vale que lo haga yo, ya que puedo describir al enemigo. Sólo espero poder conseguir que actúe con discreción e incluso que recurra a mí cuando haya una posibilidad de detener al polaco. Podría hacerme este favor; con la información que voy a darle, debería estar contento.

Esto demostraba un gran candor, y una vez en Scotland Yard las esperanzas de Morosini se vinieron abajo más deprisa que las murallas de Jericó al sonar la trompeta de Josué. El pterodáctilo manifestó una moderada alegría por ver de nuevo al príncipe anticuario, pero cuando éste comenzó a contarle su aventura balnearia pasó sin transición de una indiferencia cortés a una especie de trance y emprendió el vuelo por el despacho batiendo furiosamente las alas.

—¿Cómo? —gritó—. ¿Ha obtenido información de tamaña importancia y no ha venido a traérmela hasta ahora, cuando lo ha estropeado todo? ¿Sabe que podría arrestarlo por obstrucción de la acción de la policía?

—¿Qué ganaría con eso? —repuso Aldo sin amilanarse—. ¿Me permite recordarle que la susodicha información me ha sido confiada en el más estricto secreto por lady Ferrals, a fin de que me encargue personalmente de aprehender..., ¿es así como se dice?..., a su antiguo enamorado para que no la puedan acusar a ella de haberlo...?

—... entregado y por lo tanto no acabe siendo víctima de la venganza de sus amigos anarquistas —recitó Warren en un tono indignado—. Ya me conozco la cantinela. ¿Y qué ha pasado ahora? ¿Sus escrúpulos lo han abandonado?

—La verdad es que no, pero al encontrarme ante un asunto de tráfico de armas que quizás afecte a la seguridad del Estado y ponga en entredicho a una personalidad cercana a la Corona, he considerado que no tenía derecho a seguir guardando silencio.

—¡Aún tendremos que dar gracias!

El superintendente volvió a sentarse tras su mesa, tomó un cuaderno y le quitó el capuchón a su estilográfica.

—Bien, si no le importa, volvamos a empezar desde el principio. Y con todo detalle.

—¿No... no llama a su secretario para tomarme declaración?

—Debemos actuar con discreción, ¿no? —repuso, irritado, Warren—. Así que voy a escribir yo mismo y después veré cómo podemos tratar de preservar el estúpido secreto que esa joven idiota le exige.

Aliviado de un enorme peso, Aldo repitió el relato esforzándose en ser lo más preciso posible y sin omitir nada. Durante un buen rato, sólo se oyó su voz amortiguada y el chirrido de la pluma sobre el papel.

Cuando hubo terminado y Warren hubo releído lo que acababa de escribir, Morosini, tras una breve vacilación, preguntó:

—¿Me hará un favor?

—¿Cuál?

—Avisarme cuando sepa dónde está Wosinski para que pueda apresarlo yo. No le pido que no proteja la retaguardia, pero concédame el honor de acabar solo lo que empecé en Eastbourne.

Los ojos redondos y amarillos del pterodáctilo se clavaron en el rostro crispado de su visitante.

—Ahora que lo conoce, sería una gran imprudencia. No vacilará en disparar contra usted. ¿Acaso quiere poner en peligro su vida?

—Sin dudarlo ni un instante. Quiero cumplir la misión que me han encomendado, aunque sea a ese precio. Desde este momento estoy a su entera disposición.

El policía, sin contestar, calibró al hombre que tenía enfrente. Finalmente, tapó la pluma y la dejó entre los papeles.

—Nunca he puesto en duda que sea usted un hombre altruista y comprendo su dilema. Le prometo hacer cuanto esté en mi mano para darle satisfacción, con la condición, por supuesto, de que dejándole actuar no nos arriesguemos a que fracase la operación. Ni que decir tiene que deberá obedecer estrictamente —dijo, subrayando esta última palabra— las órdenes que yo le dé.

—Tiene mi palabra.

Alguien llamó a la puerta y, sin esperar respuesta, el inspector Pointer entró en el despacho de su jefe, se inclinó junto a su oído y le dijo algo en voz baja. Debía de tratarse de una noticia importante, porque el superintendente se sobresaltó. No obstante, hizo un gesto indicando a su subordinado que se retirara.

—Luego nos ocuparemos de eso. Primero voy a acabar con el príncipe.

—No entiendo cómo ha podido suceder una cosa así, sir. La vigilancia era perfecta...

—Déjelo por el momento, Pointer. Ya le llamaré.

El inspector se marchó de mala gana. Morosini se dispuso a imitarlo. En cuanto a Warren, no se movía. Parecía perdido en profundos pensamientos mientras tecleaba con los dedos sobre el brazo del sillón. De pronto, dijo:

—No vamos a poder mantenerlo en secreto mucho tiempo, así que más vale que se lo diga: Yuan Chang se ha ahorcado en la cárcel con un cordón de seda amarillo.

—¿Se ha ahorcado? —susurró Morosini, atónito—. Pero ¿no decía la otra noche que no conseguiría mantenerlo entre rejas mucho tiempo? Entonces, ¿por qué iba a matarse? No corría peligro de que lo condenaran a la pena de muerte.

—Y aun así, lo ha hecho él mismo. Bueno, casi...

—¿Qué quiere decir? ¿Acaso no se ha quitado la vida voluntariamente?

—Algo así. Yo diría que ha sido un suicidio por orden. ¿Conoce usted China, príncipe Morosini?

—No. Conozco su arte, su cultura, pero no he estado nunca allí.

—¿Su cultura? ¿Sabe algo de las antiguas costumbres imperiales, en particular de lo que designaban con el término «regalos preciosos»? ¿No? Entonces voy a explicárselo: cuando el emperador tenía queja de alguno de sus súbditos de alto rango o de sus dignatarios y, en razón de los servicios prestados, no deseaba enviarlo al verdugo, le hacía llegar lo que llamaban «regalos preciosos»: un cordón de seda amarillo, el color imperial, una bolsita de seda llena de veneno y un puñal. Eso significaba que le daba la opción de matarse.

—¿Y si escogía la vida?

—Imposible. Si lo hacía, la ejecución era inmediata. En el caso que nos ocupa, yo creo que Yuan Chang no ha tenido elección. Seguramente sólo han conseguido hacerle llegar el cordón, dentro de un panecillo o de Dios sabe qué. Pero ha sido suficiente para que obedeciera, como debe hacer todo mandarín, cosa que sin el menor género de duda era.

—Espere, espere... —repuso Morosini—. Dice que ha obedecido, pero ¿a quién? Usted habla de una costumbre imperial, pero en China hace unos años que triunfó la revolución. Quien manda ahora es Sun Yat Sen, y no creo que esté interesado en resucitar a los emperadores manchúes.

—Tratándose de China se puede esperar cualquier cosa: lo imposible, lo inconcebible, lo absurdo..., pero sobre todo la existencia de raíces tan profundamente hundidas en la noche de los tiempos que todavía perduran. El país vive su revolución, es verdad. Sin embargo, el joven emperador Pu Yi, actualmente destituido, continúa viviendo en sus palacios de la Ciudad Prohibida. Eso permite suponer que hay cierto número de fieles diseminados por el imperio pulverizado. Yuan Chang debía de ser uno de ellos. Aunque viviera en Londres desde hacía años, no en vano era de Hong Kong, donde las conspiraciones se desarrollan como flores al sol.