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Le ofreció asiento en una incómoda silla mientras él se acomodaba en su sillón frailero. Hablaba un inglés correcto, con fuerte acento griego. Draco expuso su interés por la reliquia el Sanguino. El abad reflexionó unos instantes con el dedo corazón de las manos unidas sobre los labios fruncidos. Después de emitir un breve suspiro dijo:

– Hay poco que decir del Sanguino. La excavación de hace unos años fue un acuerdo privado entre el abad Theorodos, que en paz descanse, y el cardenal romano Luchetti, que en paz descanse también. Enviaron un equipo de arqueólogos que trabajaron durante un mes y pico. Ellos mismos trajeron los obreros, todos extranjeros. Durante el tiempo que duraron los trabajos, el acceso a la basílica estuvo restringido al personal técnico. La comunidad celebraba sus cultos en el refectorio.

– ¿Encontraron la reliquia?

– Levantaron el suelo de la iglesia y encontraron veintitantos cálices de cerámica, vacíos, todos con un poco de sangre seca en el interior, medievales, creo, nada de interés. Volvieron a colocar las losas y se marcharon. Eso es todo lo que sé.

– Es vital que dé con ellos. Se trata de un asunto muy importante.

El abad esbozó una sonrisa cínica.

– ¿Importante? ¿Qué es importante en esta vida? Querido amigo: aquí vivimos muy aislados del mundo y lo que pasa más allá de las montañas no nos interesa demasiado. ¿Lo comprende? Me temo que no le puedo facilitar más información. Le he contado todo lo que sabía. Nadie vio nada. Cuando llegaron nos prohibieron la entrada a la iglesia, y cuando se fueron, las losas estaban de nuevo en su sitio, algunas de ellas rotas.

36

La estación de autobuses de Karditsa era un edificio polvoriento de cemento con una hilera de ventanas con los cristales casi opacos que no se habían limpiado desde la inauguración, en los tiempos de la reina Federica. Había una hilera de bancos de hierro pegadas a la pared que estaba iluminada con antiguos anuncios de caldo de pollo italiano y televisores en color belgas. Petisú, haciendo un esfuerzo por vencer la repugnancia que le producía la cochambre, se sentó en uno de ellos, al lado de un corpulento pope que apestaba a sudor rancio y a tabaco turco. El tobillo le dolía, se le estaba hinchando, aunque no había ningún hueso roto, porque podía caminar, aunque cojeando. Por lo demás, había salido bien librado de su despeño, sin más herida que la de su autoestima. Y el todoterreno, que se había pegado contra las rocas y había quedado para hacer badiles.

El pope se volvió hacia el extranjero y le sonrió mostrando una dentadura firme y amarilla, más equina que humana.

– ¿Turista? -le preguntó amistosamente en inglés.

– Sí, turista -concedió Petisú.

– ¿Grecia bonita? -preguntó el gigante apurando sus conocimientos en el idioma extranjero.

– Grecia bonita -corroboró el viajero.

Después afirmó la maleta entre las piernas y cerró los ojos fingiendo que dormía para evitarse el incordio de conversar con el patán. No habían pasado cinco minutos cuando el gigante le posó su grasienta mano en el hombro.

– ¿Qué pasa? -inquirió Petisú.

El gigante sonreía señalando un destartalado autobús que acababa de entrar en la estación, un Mercedes repintado de rojo que traslucía los rótulos e insignias de las líneas urbanas de Colonia a las que perteneció en una reencarnación anterior.

– El autobús a Meteora -dijo el griego.

Petisú sufrió un sobresalto.

– ¿Cómo sabe que voy a Meteora?

El gigante sonreía como si le hubieran preguntado la mayor bobada.

– ¿Adonde iba a ir si no?: todos los turistas van a Meteora.

37

Había perdido miserablemente el tiempo. El abad había recibido instrucciones para que no le revelara ninguna información. ¿De quién? Quizá de los mismos que habían intentado interceptarlo y evitar que llegara al monasterio. Se preguntaba quién andaba detrás de todo aquello, ¿la mafia rusa?, ¿los antiguos nazis? Quien fuera, se ocultaba detrás de una maraña de compañías y nombres falsos. Una persona u organización muy poderosa movilizaba cuantiosos medios para conseguir dos antiguas reliquias: las piedras templarias y el Sanguino, dos talismanes presuntamente procedentes del Arca de la Alianza y del Grial que contuvo la sangre de Cristo.

Abismado en estas cavilaciones, Simón Draco descendió a tientas la peligrosa escalera del Gran Meteora, débilmente iluminada por la luz de la luna, y se dirigió al cercano pueblo de Kalabaka. Se hospedó en el motel Divani, en las afueras, y después de una ducha caliente preguntó en recepción por un lugar decente para cenar.

– El mejor restaurante del pueblo es la taberna Meteoras. No tiene pérdida. Está en la plaza principal, frente al ayuntamiento.

La taberna Meteoras, a pesar del nombre tan poco imaginativo, era un local espacioso, cálido, lleno de humo, con una larga barra llena de alegres parroquianos, todos hombres, que conversaban a voces y prorrumpían en frecuentes carcajadas. Su comedor, adyacente, estaba ocupado principalmente por turistas anglosajones y nórdicos que censuraban con susurros desaprobadores la tosquedad de los nativos. Todas las mesas individuales estaban ocupadas. Draco se sentó en el banco corrido de una mesa colectiva y solicitó la carta.

– Fuera de temporada sólo tenemos plato del día, señor -informó un joven lleno de granos, que oficiaba de camarero-. Muy bueno: cocina griega auténtica.

– Traiga entonces el plato del día.

Resultó ser media docena de keftedhes, albóndigas de carne de buey con huevo, pan rallado, cebolla, orégano, menta y perejil, ligadas con aceite y vinagre, fritas y posteriormente cocidas a fuego lento en salsa de almendras. El vino local, rojo y rotundo, acompañaba muy bien al sustancioso plato.

A mitad de la comida, un mozancón de aspecto tímido se sentó al otro lado de la mesa, frente a Draco, con su plato de albóndigas y su jarra de cerveza fuerte.

– ¿Señor Draco?

– Sí, soy yo. ¿Y usted quién es?

El mozancón miró alrededor para cerciorarse de que nadie los vigilaba.

– Me llamo Stavros -murmuró inclinándose sobre el tablero en actitud confidencial-. Soy lego en el Gran Meteora. Lo he visto allí esta tarde. Yo soy el que barría el patio.

Draco recordó vagamente a un monje ataviado con un delantal de cuero que barría las losas cansinamente.

– ¿Qué desea?

– Usted pregunta por el Sanguino.

– Cierto.

– El abad le ha mentido.

Draco miró a los ojos a su interlocutor. ¿Qué nuevo truco era aquél? ¿Lo habían enviado para sonsacarlo o era sincero el muchacho?

– Difícilmente puede haberme mentido -respondió cautamente-. En realidad no me ha dicho nada.

– Por eso le ha mentido. Le ha ocultado lo que sabe.

– ¿Y usted me lo va a contar?

Stavros se removió incómodo en su asiento.

– Yo trabajaba en la biblioteca, con el antiguo abad, pero el nuevo me ha rebajado a sirviente. No obstante, si lo traiciono es porque él traiciona al monasterio. No es nada personal. -Draco asintió-. ¿Qué sabe usted del Sanguino?

– Prácticamente nada.

– Es el verdadero Grial, el recipiente que contuvo la sangre de Cristo. -El lego se santiguó a la manera ortodoxa-. El Sanguino llegó a Meteora en 1356. Lo trajo un monje etíope llamado Sansón, que llegó al monasterio viejo y ciego acompañado por un lego joven. El joven pasó una temporada con los monjes, pero la vida monástica le resultó demasiado rigurosa, por lo que regresó a Etiopía. Sansón se quedó y murió en Meteora. Entonces se hizo la primitiva iglesia, en honor a la reliquia de Sansón, por eso la cúpula tiene doce lados, que son los del sello de Salomón que oculta la Divina Palabra, el nombre verdadero de Dios.